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Mi tiempo y el suyo

Actualizado el 09 de mayo de 2013 a las 12:00 am

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Mi tiempo y el suyo

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Me ocurrió hace cuatro años: estaba citado a las 10:30 a. m. en una oficina para firmar la hipoteca de la compra de mi casa y, acto seguido, entregar un cheque de gerencia a la vendedora.

Pues, bueno, llegó 45 minutos tarde. Si hasta para recibir varios millones de colones no hay puntualidad, ¡entonces cuándo?

La notaria se vio obligada a coordinar varios cambios en su agenda, que ya tenía pautada con otros clientes.

La impuntualidad es uno de los problemas más graves que se vive en el país, tan grave que nadie lo considera así. Por el contrario, la llamada “hora tica” es una actitud socialmente aceptada, normal. La gran mayoría de la gente ni siquiera se la cuestiona.

Entonces, llegar tarde es regla común y estar a tiempo constituye una rareza (las excepciones son los controles con reloj en empresas, por el riesgo de una sanción).

Mas, en general, el costarricense parte de la premisa de que los otros están obligados a esperarlo y, como la mayoría de los otros también piensan igual, nadie se siente obligado a ser puntual... Una bola de nieve.

Soy de la minoría que no acepta tal conducta por una simple razón: el tiempo es muy valioso y nadie tiene derecho de disponer del mío; asimismo, estoy obligado a respetar el suyo.

En el caso en mención, la irresponsabilidad de una persona puso en apuros a la notaria, que se vio obligada a hacer cambios, sobre la marcha, en la programación de su agenda.

Ese desparpajo está enquistado en todos los estratos de nuestra sociedad, y urge combatirlo tan fuertemente como, por ejemplo, se ha luchado contra actitudes que antes eran vitas como normales y aceptables (el fumado, la agresión familiar, los prejuicios machistas...).

El primer paso es la concienciación sobre el valor del tiempo. El no tenerlo interiorizado explica por qué en Costa Rica es tan frecuente que ciudadanos e instituciones anden corriendo al límite de un plazo y pidiendo ampliaciones para cumplir.

También es la razón por la cual la inmensa mayoría no siente culpa ni pena por llegar tarde, pero sí siempre se tiene a flor de labios una excusa (caso diferente es cuando hay un motivo de fuerza mayor).

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El segundo paso es educar sobre el tiempo. Debería ser parte de la temprana formación en la escuela y el hogar.

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Víctor Hugo Murillo S.

vhmurillo@nacion.com

Editor de El Mundo

Editor en la sección Mundo de La Nación. Periodista graduado por la Universidad de Costa Rica. Además realizó estudios de Historia. Escribe sobre temas relacionados con el acontecer internacional.

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