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El tiempo esperado ha llegado

Actualizado el 04 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

Ha llegado la hora de que este pueblo paciente diga: ¡Hasta aquí!

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Con la sangre y el sacrificio de varias generaciones y bajo la sabia conducción de hombres y mujeres probos, los costarricenses lograron construir y sostener una sociedad democrática y un modelo de desarrollo solidario. El que ningún ser humano debe estar por encima de otro ser humano es el sentimiento que ha prevalecido en el ser nacional y es lo que explica en gran medida la paz social y la libertad, en un país que lamentablemente va perdiendo la admiración en el mundo como emblemático.

Existen situaciones que pueden arruinar la vida escogida por un pueblo. Esa concepción, vía, modelo costarricense o como quiera llamársele, atraviesa uno de los momentos más críticos de una historia democrática y republicana. A raíz de los últimos bochornosos acontecimientos, se han venido multiplicando los señalamientos de que el país afronta un problema de ingobernabilidad. Para enfrentarla proliferan recetas sobre cambios institucionales, leyes, estrategias y reformas en el aparato estatal. Nada nuevo. Casi todas parecieran ser parte de lo que fluye, por un mismo vaso comunicante que elude referirse al mal principal y eximen de culpa a quienes gobiernan. Sus autores, presurosos, lanzan a los cuatro vientos propuestas que sabemos no tendrán ningún efecto, no porque sus contenidos son inválidos, sino por la sencilla razón de que el orden jurídico institucional democrático, fuere este cual fuere, jamás será respetado desde el poder por quienes simplemente no quieren o no les sirve respetarlo.

Por más reformas que se propongan y algunas torcidas interpretaciones que se intenten vender, muchas de ellas formuladas con la clara intención de desviar la atención del verdadero centro del problema y desactivar el justo malestar ciudadano, no cambiará absolutamente nada.

Los verdaderos cambios tienen que pasar necesariamente por la remoción de quienes en el ejercicio público privilegian espurios intereses por encima del bien común al costo de acabar con todo, incluso con la credibilidad de un pueblo en su futuro. La perversidad humana, cuando va unida a la codicia por el poder y la riqueza, no conoce de valores ni de principios ni de límites; enceguece, comienza a imponer genuflexiones y conduce a estultas pero a la vez peligrosas justificaciones para aplicar la tan mentada “tiranía en democracia”.

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Costa Rica cuenta con una reserva moral e intelectual a la cual el sistema le ha tendido un férreo cerco para impedir que ingrese a la política. Tal vez porque se le teme a la militancia de base, a la participación efectiva y crítica, a la deliberación y a esa autonomía que hace peligrar el poder autoritario de oligarquías partidistas que han logrado apoderarse de las estructuras hasta convertirlas en simples latifundios al servicio de unos pocos.

Ha llegado la hora de romper ese cerco y que este pueblo paciente diga: ¡Hasta aquí! Ha llegado la hora de autoconvocarse y hacer sentir el poder de cada ciudadano y ciudadana, sin más subordinaciones a las directrices, órdenes o “bendiciones” de nadie, menos de quienes por pusilanimidad o vergonzosas connivencias, han venido tolerando o disimulando las continuas arbitrariedades y los atropellos a la dignidad de todo un pueblo; “eruditos” y sabelotodo, especialistas en encubrir responsables, que hoy se arrogan representatividad y derechos que nadie les ha otorgado.

Las verdaderas soluciones nacerán de la participación de todas las fuerzas patrióticas que deseen recobrar esa senda costarricense perdida para volver a ser faro de esperanza, y de la inmediata incorporación de la juventud pensante y aguerrida que tendrá que cargar sobre sus hombros la principal tarea de resurgir el Ave Fénix de la Patria Nueva. El tiempo esperado ha llegado. Los miembros de la actual nomenclatura política, los del Estado formal y el paralelo, junto a sus mandaderos malos aprendices de dictadores, tendrán que marcharse.

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