Opinión

Es tiempo de actuar en Oriente Medio

Actualizado el 10 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

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Es tiempo de actuar en Oriente Medio

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LONDRES – El anuncio, luego del uso de armas químicas en Siria, de una cumbre de emergencia de los líderes militares de Estados Unidos, el Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, Canadá, Turquía, Arabia Saudita y Qatar esta semana en Jordania es bienvenido. La política occidental está en una encrucijada: comentario o acción; forjar los acontecimientos o reaccionar cuando suceden.

Después de las largas y dolorosas campañas en Irak y Afganistán, entiendo todo impulso por mantenerse alejado de la tormenta, por observar, pero no intervenir; por subirle el tono al discurso, pero no involucrarse en la tarea dura y hasta hostil de cambiar la realidad en el terreno. Pero tenemos que entender las consecuencias de retorcerse las manos en lugar de ponerlas a trabajar.

La gente hace una mueca de dolor ante la sola idea de una intervención. Pero analizar las consecuencias futuras de la inacción basta para estremecernos: Siria, atrapada en una carnicería entre la brutalidad de Bashar al-Assad y varios socios de Al Qaeda, un caldo de cultivo para un extremismo infinitamente más peligroso que Afganistán en los años 1990; Egipto, sumido en el caos y Occidente, aunque inmerecidamente, dando la impresión de estar ayudando a quienes lo convertirían en una versión sunita de Irán; y el propio Irán, a pesar de su nuevo presidente, siendo todavía una dictadura teocrática, con una bomba nuclear. Occidente se vería confundido, sus aliados estarían consternados y sus enemigos, envalentonados. Es un escenario que roza la pesadilla, pero no es descabellado.

Empecemos por Egipto. Para muchos en Occidente, es evidente que el Ejército egipcio ha destituido a un gobierno elegido democráticamente y ahora reprime a un partido político legítimo, matando a sus seguidores y encarcelando a sus líderes. De modo que vamos camino a condenar al nuevo gobierno al ostracismo. Al hacerlo, pensamos que defendemos nuestros valores. Entiendo absolutamente esta visión. Pero adoptarla sería un grave error estratégico.

La falacia de esta estrategia reside en la naturaleza de la Hermandad Musulmana. Pensamos que es un partido político normal. No lo es. Si queremos afiliarnos al Partido Conservador del Reino Unido o a los demócrata-cristianos alemanes o al Partido Demócrata de Estados Unidos, lo podemos hacer fácilmente, y nos recibirán con los brazos abiertos. En todos estos países, todos los partidos respetan las libertades democráticas básicas.

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La Hermandad Musulmana no es un partido de estas características. Convertirse en miembro implica un proceso de siete años de inducción y adoctrinamiento. La Hermandad es un movimiento dirigido por una jerarquía que es más parecida a los bolcheviques.

Lean sus discursos –no los que pronuncian para los oídos occidentales, sino para los propios–. Lo que hicieron en Egipto no fue “gobernar mal”. Si uno elige un mal gobierno, luego tiene que convivir con él. La Hermandad Musulmana, por el contrario, cambiaba sistemáticamente la constitución y asumía el control de los altos comandos del Estado para que resultara imposible que su régimen se viera amenazado. Y lo hacía en nombre de valores que contradicen todo lo que representa la democracia.

Así las cosas, podemos criticar con justa razón las acciones o sobrerreacciones del nuevo gobierno militar de Egipto, pero es difícil criticar la intervención que lo trajo al poder. Ahora todas las opciones que enfrenta Egipto son desagradables. Hay muchos soldados y policías entre las bajas, así como civiles; y, en parte como consecuencia de la caída de Muammar Khadafi de Libia, Egipto está inundado de armas. Pero condenar simplemente al ejército no hará que un retorno a la democracia se produzca antes.

Egipto no es una creación de juegos de poder globales del siglo XIX o XX. Es una civilización antigua que se remonta a miles de años y que está imbuida de un orgullo nacional feroz. El ejército ocupa un lugar especial en su sociedad. El pueblo efectivamente quiere democracia, pero tendrá una actitud de desdén frente a los críticos occidentales, a quienes consideran absolutamente ingenuos frente a la amenaza a la democracia que planteaba la Hermandad Musulmana.

Deberíamos respaldar al nuevo gobierno en su intento por estabilizar el país; instar a todos, inclusive a la Hermandad Musulmana, a retirarse de las calles; y permitir un proceso apropiado y breve que conduzca a una elección en la que participen observadores independientes. Debería redactarse una nueva constitución que proteja los derechos de las minorías y los valores esenciales del país, y todos los partidos políticos deberían actuar según reglas que aseguren la transparencia y el compromiso con el proceso democrático.

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Es la única manera realista de ayudar a aquellos –probablemente una mayoría– que quieren una democracia genuina, no una elección utilizada como una vía a la dominación.

En Siria, sabemos lo que está pasando –y está mal que permitamos que pase–. Pero dejemos de lado cualquier argumento moral y solo pensemos en los intereses del mundo por un momento. No hacer nada implicaría la desintegración de Siria, dividida por la sangre, mientras que los países que la rodean estarían desestabilizados y olas de terrorismo invadirían la región. Assad permanecería en el poder en la parte más rica del país, a la vez que una furia sectaria amarga se impondría en la zona oriental del país. Irán, con el apoyo de Rusia, ascendería y Occidente se vería impotente.

Oigo a la gente hablar como si no se pudiera hacer nada: los sistemas de defensa sirios son demasiado poderosos, las cuestiones son demasiado complejas y, en cualquier caso, ¿por qué tomar partido cuando el que está hoy es tan malo como el que viene?

Sin embargo, los demás sí están tomando partido. No están aterrados ante la perspectiva de la intervención. Intervienen en respaldo de un régimen que está atacando a los civiles de maneras nunca vistas desde los días oscuros de Saddam Hussein.

Es hora de tomar partido: partido por el pueblo que quiere lo que nosotros queremos; que ve a nuestras sociedades, a pesar de todos sus defectos, como algo a admirar; que sabe que no debería tener que elegir entre tiranía o teocracia. Detesto la noción implícita detrás de nuestros comentarios sobre que los árabes o, peor aún, el pueblo del islam, no pueden entender qué es una sociedad libre, que no se les puede confiar algo tan moderno como un sistema gubernamental donde la religión ocupa el lugar que le corresponde.

No es verdad. Lo que sí es verdad es que hay una lucha de vida o muerte sobre el futuro del islam, en la que los extremistas aspiran a subvertir tanto su tradición de mentalidad abierta como el mundo moderno.

En esta lucha, no deberíamos ser neutrales. Donde este extremismo esté destruyendo las vidas de gente inocente –desde Irán hasta Siria, Egipto, Libia y Túnez, así como en otras partes en África, Asia central y el Lejano Oriente–, deberíamos estar de su lado.

Como uno de los arquitectos de las políticas tras los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001, conozco la controversia, la angustia y el costo de las decisiones tomadas. Entiendo por qué el péndulo ha oscilado tanto hacia el otro lado, pero no es necesario regresar a esa política para marcar una diferencia. Y las fuerzas que hicieron que la intervención en Afganistán e Irak fuera tan difícil son, por supuesto, las mismas fuerzas que están en el corazón de la tormenta hoy.

Tienen que ser derrotadas. Deberíamos derrotarlas, no importa el tiempo que demande, porque de otra manera no desaparecerán. Se volverán más fuertes, hasta que nos encontremos frente a otras encrucijadas; en ese momento, no habrá opción.

Tony Blair fue primer ministro del Reino Unido desde 1997 hasta el 2007. © Project Syndicate.

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