Vivimos un momento histórico que nos ofrece la oportunidad de reinventarnos

 3 noviembre, 2015

En el hemisferio se extiende un zeitgeist cívico caracterizado por una propicia indignación social. Movimientos ciudadanos tuvieron un notorio papel en la renuncia de Otto Pérez Molina en Guatemala y sacuden con fuerza la administración de Dilma Rousseff, en Brasil.

La tragedia de Ayotzinapa, en México, ha colmado la ya agotada paciencia de la población con la impune infiltración del narco en su gobierno. Y en Estados Unidos se vocaliza un profundo descontento no solo con el desgaste del statu quo político, sino también con graves abusos policiales y la discriminación perpetuada por su inflado sistema penitenciario.

En las democracias del continente, estamos percatándonos de que nuestra continua evolución social está más amarrada de lo que creíamos, malograda por obsolescencia política y gobernanza esclerótica.

Nuestras aspiraciones son como baterías frescas en una máquina herrumbrada, desarrolladas con ansias, pero sometidas a una intensa frustración con los esquemas existentes. Y sin ser excepción en esta tendencia, los costarricenses también nos damos cuenta de una actitud cambiante frente al desafío de nuestra obstinada mediocridad institucional.

Con el agudo malestar que se despliega en el país, el peligro radica en sucumbir ante un pesimismo tangible. La lista de desdichas es larga, pero en ella sobresalen la rigidez legalista, la infraestructura vergonzosa, un persistente 20% de pobreza y la competitividad mermada, aunado a la maraña del descalabro fiscal.

Sobra decir que la fantasía de la Suiza Centroamericana está muerta y enterrada bajo el preocupante escenario de convertirnos en la Grecia del Istmo.

La buena noticia es que la identidad interna del país ya no es la de 5 o 10 años atrás: al haber hecho la transición de un bipartidismo añejo a un multipartidismo caótico y decepcionante, nuestra tensión está trascendiendo la cotidiana narrativa electoral y concentrándose en conspicuos problemas estructurales. Esto ha coincidido con la revolución de las redes sociales, que nos brindan la capacidad de evaluarnos con mayor afán e identificar dificultades prioritarias.

Pequeñas victorias. Sí, hay indicios alentadores en los últimos meses. La sufrida, pero exitosa entrada de Uber al mercado nacional demuestra un genuino deseo por estimular alternativas viables a los feudos.

La participación de miles de ciudadanos en la marcha contra Recope, así como el creciente rechazo al solipsismo trasnochado de Patria Justa y la intransigencia de sus allegados, marcan un verdadero hito en nuestra idiosincrasia: gestado no por alguna ideología o afiliación partidaria, sino por lo indefendible del despilfarro insostenible y la explotación desmedida de nuestras ya obscenas cargas impositivas. Adicionalmente, es importante destacar el contundente apoyo a la valentía de Gerardo Cruz, un paso importante en afrontar el machismo endémico, altanero e hipócrita, arraigado en la ignorancia que también nos acostumbra al conformismo y la apatía.

Son pequeñas victorias que reflejan un patrón contencioso necesario. No somos indiferentes al despotismo de privilegios ilegítimos y la atrofia interminable del aparato estatal. Parte de este proceso es, por supuesto, una mayor conciencia individual para cuestionar y proponer, que evidencia una apertura irreversible.

Para muchos en nuestro país, semejante grado de autocrítica será nuevo, atrevido e incómodo, pero innegable e imprescindible. Solo así se forjará un protagonismo más decisivo de parte de la educación superior, asociaciones profesionales y demás organizaciones de la sociedad civil y el sector empresarial, que, asimismo, deben impulsar su responsabilidad legítima y esencial en esta coyuntura.

Vivimos un momento histórico que nos ofrece la oportunidad de reinventarnos como ciudadanos y efectuar una presión vigilante y constructiva ante las quimeras que nos aquejan. En un entorno complejo que tienta a la mezquindad y al cinismo, sería aún más dañino perder esto de vista.

El autor es consultor en administración pública.