El dirigente así como el ciudadano común deben aprender a escuchar al que opina diferente

 16 septiembre, 2015

Estamos viviendo momentos de alta tensión política y de crispación social. El debate político y la confrontación social están permeados de actitudes a veces virulentas, iracundas e irreflexivas. Ciudadanos y gremios manifiestan su irritación y exasperación con inusitada agresividad.

La entusiasta esperanza de un cambio en la gestión de los asuntos públicos, surgida en el pasado proceso electoral, pero muy pronto convertida en frustrada ilusión, ha gestado un estado de ánimo colectivo de desencanto, pesimismo y arrebato y un ciudadano irascible, intolerante y violento, consecuencias que afectan, por un lado, la credibilidad de toda la clase política y la gobernabilidad, y por otro, la convivencia social.

Este estado de ánimo colectivo y esa actitud individual se deben igualmente a la dificultad de llegar a acuerdos y aprobar los proyectos de ley que requiere el país, debido a la pluralidad de la representación partidista en el Parlamento y al comportamiento destructivo y agresivo de las fracciones legislativas, que a la vez generan una alta tensión política.

El desánimo colectivo y la furia individual también han sido alentados y exacerbados por hechos puntuales como el “destape” de los privilegios en las prestaciones salariales de los funcionarios públicos y la torpe defensa de tales gollerías por parte de los dirigentes sindicales, con sus llamados a huelgas y amenazas a la prensa, que han soliviantado al resto de los trabajadores del país y a la mayoría de los ciudadanos, quienes reaccionan con similar y peligrosa belicosidad.

También ha provocado enorme indignación las ya conocidas “pensiones de lujo” a cargo del presupuesto nacional, que benefician a cientos de exfuncionarios, exdiputados, exprofesores de las universidades y hasta a familiares de estos, y que se constituyen en una ofensa para quienes, con el pago de impuestos, contribuimos a solventarlas.

El programado aumento de la asignación presupuestaria destinada a las universidades públicas para el próximo año, que excede en mucho la tasa de inflación, siendo público el abuso existente en materia de retribuciones salariales en esas casas de enseñanza, es otra cuestión que ha agitado los ánimos de los costarricenses y genera una alta tensión política, sobre todo, en momentos en los que el gobierno impulsa proyectos de ley para aumentar los impuestos.

Prever para evitar. Por otra parte, temas como los derechos de las parejas del mismo sexo o el de la fertilización in vitro (FIV) enfrentan acremente a sectores de la sociedad con dirigentes y fieles de diversas entidades religiosas, predominando –en la actitud de ambos lados– el dogmatismo, la intransigencia y la descalificación del adversario.

Los proyectos de ley para definir la posición del país sobre estos aspectos encuentran enormes dificultades en la Asamblea, en la que el debate también es agrio.

Las confrontaciones que estos hechos producen, por su intensidad y por el encono con que se abordan en los medios de comunicación y –especialmente– en las redes sociales, pueden degenerar en insospechadas e inconvenientes situaciones de violencia, que es urgente prever y evitar.

Y es que el problema no está en el hecho de que existan estos desencuentros sobre asuntos tan controvertidos, sino en que cada quien –al defender criterios o intereses, personales o de grupo– presume de absolutos sus puntos de vista y descalifica e insulta al que tiene una opinión diferente, de tal forma que el diálogo, la negociación y la concertación se tornan imposibles.

Es lamentable que algunos dirigentes, ya sean políticos, sindicales, patronales o religiosos, traten estas cuestiones de forma irresponsable, y critiquen, estigmaticen o infamen las posiciones contrarias y a quienes las sustentan, contribuyendo así a aumentar la tensión existente.

El clima de tensión política que estos temas ha creado dificultará la toma de decisiones sobre aspectos de urgente necesidad, como la solución al problema fiscal.

Es conveniente, para bajarles el tono a la tensión política y a la crispación social existentes, que el dirigente así como el ciudadano común aprendan a escuchar al que opina diferente, a aceptar la parte de verdad de sus argumentos, a ceder, a conciliar, porque el país debe abordar, discutir y decidir sobre estos y otros asuntos en un ambiente de tranquilidad y paz, de respeto y tolerancia, con madurez y apego a los principios democráticos.

Luis París Chaverri fue embajador en el Vaticano.