Opinión

Un teatro para todos los sentidos

Actualizado el 06 de noviembre de 2014 a las 12:00 am

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De lunes a viernes, desde hace 30 años, paso frente al Teatro Nacional, que se encuentra ahí desde 1891. Sin embargo, el recorrido desde mi casa fue especial el domingo 26 de octubre, porque entré a conocerlo por primera vez. Había ido a espectáculos, había disfrutado estar en él, pero la diferencia de la invitación esta vez fue muy grande: el objetivo era conocer a plenitud ese templo del arte.

Como parte de las actividades de aniversario, alguien tuvo la buena idea de hacer una visita guiada. Se hicieron grupos entre los interesados. A mi cita también asistieron Francisco Rodríguez y Manuel Mejía. Éramos tres personas dispuestas a disfrutar del recorrido diseñado para nosotros. Raquel Barrantes, historiadora del arte, nos mostró el camino del redescubrimiento con sabiduría de palabras y con estímulos a varios sentidos que completaron nuestra experiencia.

En una sala especialmente dispuesta, junto a la cafetería, Raquel y un colega hicieron desfilar bajo nuestras manos reproducciones a escala en madera. Así pude disfrutar de la fachada del teatro, de las ventanas, del logotipo –muy hermoso, por cierto–, de diversas obras que hablan con su forma, como la Danza, la Fama y la Música, de la evocación al teatro, con la escultura de Pedro Calderón de la Barca, y de la música, con la de Ludwig Van Beethoven, cuyo genio escuchábamos mientras recorríamos su escultura.

Panderetas, castañuelas y más modelos en madera nos dispusieron para tener una imagen mental más completa de las esculturas reales que, por sus dimensiones, solo podríamos abarcar con nuestras manos enguantadas en forma parcial.

Visita total. “Roberto –me dijo la historiadora Barrantes–, ponga las manos aquí”. Era un pequeño canasto con dos sacos llenos de café. “Disfrute su aroma, sienta el trabajo detrás de la siembra, porque este grano hizo posible que tuviéramos un teatro de lujo que, contrario a lo que piensan muchas personas, fue construido por manos costarricenses y decorado por europeos”.

Iniciamos el recorrido en el primer vestíbulo, con la escultura la Danza, del artista Adriático Froli. Nuestras manos abarcaron las sandalias de la bailarina, su atuendo con un gracioso lazo y, como tenía castañuelas y una pandereta, nos recordó al arte español.

Todo estaba dispuesto para apreciarlo. Los ángeles, las flores griegas, los grandes espejos y los muebles de mármol cuyos fondos eran más grandes que nuestros brazos; las lámparas francesas y las escalinatas de mármol mostraban sus diseños a nuestros dedos deseosos, que enviaban al cerebro alegres reportes intelectuales llenos de placer.

Las puertas estrechas de los palcos o las salas de descanso de antaño contrastaban con las lujosas, relucientes y espaciosas puertas del palco presidencial, con los mullidos muebles donde en la actualidad no recomiendan sentarse para su preservación, y con pisos cubiertos parcialmente por alfombras para evitar su deterioro. Aún así, todos los espacios eran el testimonio del buen gusto costarricense de los abuelos del siglo XIX.

Nos detuvimos frente a una ventana abierta en el segundo piso para recibir el aire de la tarde, acompañado por los ruidos y los onidos de la Plaza de la Cultura.

Mientras artistas cantaban, tocaban o declamaban en vivo, nosotros nos enfrentábamos a la miseria humana encarnada en forma magistral por la escultura de un costarricense que colocaba a una madre y su hijo implorando algunas monedas.

La cabeza de la mujer cubierta por un pañuelo y su mano suplicante hacia arriba a la espera de una limosna, más la cabeza del niño, menos triste, pero más conmovedora, dejaron en las yemas de nuestros dedos la sensibilidad del escultor para pedirnos que recordáramos que hay personas que necesitan de nosotros.

La impresión fue tan grande que salí convencido de que debíamos invitar a otras personas ciegas a disfrutar de esta visita guiada y gratuita por el Teatro Nacional.

Gracias a mi esposa, Ada; a mi hija, Tania; mi yerno Andrés y a Bella, mi perra guía, por complementar mi satisfacción al acompañarme por los pasillos del arte y la cultura del país. Gracias al teatro por acercarme a su esplendor en todos los sentidos. Como costarricense, celebro el triunfo de los abuelos, quienes nos recuerdan que el arte debe inspirarnos para ver el futuro con optimismo y belleza con esta obra monumental para su época. En adelante, creo que voy a saludarlo cada día en mi recorrido al trabajo. Mi Teatro Nacional, el teatro de todos.

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