Opinión

Las tazas de mi abuela

Actualizado el 10 de abril de 2015 a las 12:00 am

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Las tazas de mi abuela

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El olor a tortilla soasada en la cocina de leña de mi abuela se nos quedaba en el pelo a los chiquillos. Eran días de ensueño durante la época vacacional: la casa de madera con corredores en medio de una finca de café.

Nuestras horas se escurrían entre el exterior –con terneros, vástagos, gallos, gallinas y huevos, maíz desgranado para las chorreadas, un jeep rojo con cabina trasera abierta y otro color miel, clásico– y el interior, repleto de muebles de la época, un trinchante, un armario oscuro de dos cuerpos, mecedoras rechinantes de madera y cuero, una coquetera con espejo central de cuerpo entero y una mesa de comer más bien pequeña, sin lujo alguno.

En la mesa, las cenas de olla de carne eran coronadas por mi abuelo, siempre con pantalón caqui de ruedo doblado, botas de acordonar al tobillo, camisa de mangas cortas. Comerse casi toda la cena era recompensado con aguadulce humeante en tazas tornasol, de agarradera ancha.

Desde mi infantil perspectiva, eran tazas pantagruélicas, con un mar adentro que me tomaba una eternidad acabar. El calor del aguadulce permitía al tornasol expresar sus más íntimos rasgos fulgurantes, desde un amarillo ojo de tigre, pasando por un naranja puesta de sol, hasta un lila santalucía.

Ayer y hoy. El mundo y la época de las tazas de mi abuela no están tan lejos en tiempo y espacio del mundo que algunos tachan hoy, con incredulidad y desesperanza, de hogar de rufianes. “Para muestra un botón”, reza el dicho bien entendido popularmente. Desde la perspectiva de un ama de casa, madre y esposa, así de cliché suene, la entrada al colegio es nuestro sincero voto de confianza no solo en nuestros hijos, sino aún más en el sistema educativo.

En Naranjo, allí en donde estaba la finca de mi abuela y sus tazas tornasol, los niños, muchos descalzos, con cuadernos forrados con el papel de la compra del pan matutino, asistían a la escuela más cercana, algunos agarrados de la mano de su madre, quien soltaba a su güila en las puertas de lo que ella sabía era el umbral de una vida con mejores oportunidades.

Esa misma esperanza es también la que llevan en nuestros días los chiquillos en las mochilas cargadas en sus espaldas. Hay que ver el cuidado con que alistan a esta población, nuestro pequeño ejército, en el buen sentido de la palabra: gomina fiel, zapatos y uniformes bastantes más grandes que su propia talla para que rindan, ¡ojalá!, todo el año.

El mundo puesto en escena momentos antes del toque de la campana de entrada escolar es muchísimo más complicado que el que vemos en las aceras, cuando las hay.

Sin embargo, esta realidad de niños y jóvenes estudiantes es, a pesar de los baches del sistema –deserciones, huelgas, matoneo, bajas notas en pruebas académicas, etc.–, la que nos hace a los padres de familia trabajar carpe diem , madrugando, haciendo sánguches más con una pizca de amor que otra cosa, implementando muchas veces una sofisticada red de ayuda y cuidado para los chicos después del colegio, sacrificando –o mejor dicho, invirtiendo– tiempo de ocio para ayudar a los chiquillos en sus deberes, dando seguimiento no solo a los resultados académicos sino, aún más, al desarrollo formativo integral.

Las disonancias en los quehaceres humanos no deben desalentarnos, y, menos aún, alejarnos de una siempre posible catarsis de nuestra propia naturaleza, entorno y sistemas.

La autora es licenciada en literatura francesa.

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