Opinión

Las superpotencias migratorias

Actualizado el 27 de abril de 2016 a las 12:00 am

Una “república de los desarraigados” sería el quinto mayor país del mundo

Opinión

Las superpotencias migratorias

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

LONDRES – Hemos entrado a la era de las migraciones. Si todos quienes viven fuera del país donde nacieron se unieran para formar su propia “república de los desarraigados”, sería el quinto mayor país del mundo, con una población de más de 240 millones.

Si bien se ha escrito mucho sobre cómo el movimiento migratorio mundial está cambiando las situaciones políticas internas de los países, se ha prestado poca atención a sus efectos geopolíticos. Pero ya está creando tres tipos de superpotencias migratorias: las neocolonialistas, las integradoras y las intermediarias.

Las neocolonialistas nos recuerdan a los colonos europeos que se diseminaron por el mundo en los siglos XVIII y XIX, beneficiándose no solo a ellos mismos sino a sus países de origen. De manera similar, las poblaciones más móviles del siglo veintiuno están ayudando a sus patrias a lograr acceso a mercados y tecnologías, así como a tener una voz política en el mundo.

El periodista estadounidense Howard W. French describe cómo África se ha convertido en el “segundo continente de China”, con más de un millón de nuevos habitantes chinos en el África subsahariana, y en casi cada continente se vive una situación similar: hay más ciudadanos chinos viviendo fuera de su patria que franceses viviendo en Francia. Cuando esos migrantes regresan a China, sus capacidades se aprovechan al máximo. Conocidos en China como “tortugas de mar”, dominan el sector tecnológico de su país.

También la India posee una gran diáspora de unos 20 millones de ciudadanos altamente exitosos e hiperconectados. Una de cada diez compañías de Silicon Valley ha sido creada por emprendedores de origen indio. El director ejecutivo de Microsoft lo es, así como el inventor del procesador Intel Pentium, el exdirector de tecnología de Motorola y el director ejecutivo de Google.

¿Cómo beneficia esto a la India? Para comenzar, el país recibe más de $70.000 millones en remesas cada año, la mayor cifra mundial, que representa cerca del 4% de su PGB, más de lo que destina a educación. Y si bien tal vez no sea posible establecer una conexión causal, el flujo de entrada de indios a Estados Unidos ha coincidido con un cambio en las orientaciones geopolíticas de ambos países, como lo evidenció el histórico acuerdo nuclear del 2008 por el que EE. UU. abandonaba su política de equidistancia entre la India y Pakistán.

Con tanta gente desplazándose, hasta es posible convertirse en una superpotencia migratoria sin ser reconocida como Estado. Los kurdos, que se estima son unos 35 millones y se ven a sí mismos como una nación sin país, se están convirtiendo en uno de los pueblos migrantes más políticamente activos de Europa. Probablemente no sea una coincidencia el que los gobiernos de Suecia y Alemania, donde hay gran cantidad de habitantes de este origen, presten apoyo militar a los peshmerga kurdos en su lucha contra el Estado Islámico (EI).

El segundo tipo de superpotencia es la integradora. Se pueden llenar bibliotecas enteras con libros sobre cómo se ha beneficiado Estados Unidos de su capacidad de transformar a inmigrantes de todo el mundo en ciudadanos estadounidenses. De manera similar, Angola y Brasil han revertido la fuga de cerebros y reciben hoy un flujo importante de migrantes de Portugal, su antigua potencia colonial. Pero los experimentos que más llaman la atención hoy son Israel y el EI.

La inmigración desde la diáspora es esencial para Israel, lo que se refleja en la palabra hebrea que la designa: aliyah, derivada del verbo “ascender”. De hecho, el gobierno proporciona “consultores de aliyah”, así como vuelos de llegada gratuitos, clases de idioma y apoyo práctico. Como resultado, la población del país se ha multiplicado por nueve desde su fundación en 1948.

En Start-up Nation: La historia del milagro económico de Israel, que escribió en conjunto con Saul Singer, el escritor y asesor político estadounidense Dan Senor plantea una pregunta fundamental. “¿Cómo es posible que Israel, un país de 7,1 millones de habitantes de solo sesenta años de historia y rodeado de enemigos, produzca más start-ups que naciones grandes, pacíficas y estables como Japón, China, la India, Corea, Canadá y el Reino Unido?”. Por supuesto, la respuesta es la inmigración.

Los líderes del EI no estarían muy contentos con la comparación, pero el rápido crecimiento territorial de su grupo recoge algunas lecciones de Israel. Puede que nadie reconozca oficialmente al llamado Estado Islámico, pero está afianzándose gracias a la inmigración. Según el Soufan Group, cerca de 30.000 personas de 86 países han viajado a territorios controlados por el EI en Siria e Irak.

El tercer tipo de superpotencia migratoria es la intermediaria, que usa su posición geográfica para lograr concesiones de vecinos temerosos de la inmigración. El ejemplo más notable es Turquía, que en el pasado se vio obligada a rogar ser miembro de la UE y ahora dicta los términos de su relación con Bruselas. Una transcripción filtrada de un encuentro reciente con los líderes europeos reveló cómo el presidente Recep Tayyip Erdogan amenazó con enviar a los refugiados en buses a Grecia y Bulgaria si no se aceptaban sus exigencias.

Níger es otro ejemplo. Como importante país de paso para un 90% de los migrantes de África occidental en su travesía hacia Italia, logró obtener €600 millones ($680 millones) del último presupuesto de ayuda de la UE. Al hacerlo, siguió el ejemplo de Muamar al Gadafi de Libia, quien advirtiera que Europa “se teñiría de negro” si no le pagaba por retener a los migrantes que intentaban cruzar el Mediterráneo.

Si las potencias desarrolladas que primero se beneficiaron de la globalización del comercio se conocen como el G-7, los países, regiones y organizaciones que se están beneficiando de la migración (China, la India, Kurdistán, Israel, EI, Turquía y Níger) se podrían denominar como el M-7. A medida que el control de los flujos de población se convierte en un tipo de poder, los Estados que imiten al M-7 tendrán la oportunidad de aumentar su peso geopolítico.

Para Occidente, el mayor de los retos será conciliar las presiones internas de sus países para cerrar las fronteras con las ventajas geopolíticas de acoger a los migrantes. Por el momento, parece que el G-7 (para el que, de alguna manera, la entrada de un flujo de refugiados fácilmente financiable se ha convertido en una “crisis”) seguirá contribuyendo al ascenso del M-7.

Mark Leonard es director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores. © Project Syndicate 1995–2016

  • Comparta este artículo
Opinión

Las superpotencias migratorias

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota