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Lo que sucede cuando un país toca fondo

Actualizado el 16 de septiembre de 2015 a las 12:00 am

Para cerca de tres millones de griegos, su precaria existencia se ha convertido en la norma

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La tragedia de la Grecia europea es producto de un sistema político que surgió de un macabro trueque: la creación de más y más empleos públicos y más y más servicios de un Estado cada vez más grande a cambio de votos.

Nos deja también un espejo en el cual podemos mirarnos. Vamos por el mismo camino o ya estamos allí.

Nikos Konstandares, editor del prominente diario griego Kathimeri, nos habla sobre las consecuencias del colapso de un modelo de desarrollo económico, de un Estado grande, como el nuestro, que desde sus inicios en el siglo XIX siempre puso la política por encima del mercado.

Como en Costa Rica, el principio básico organizacional de la sociedad griega ha sido el clientelismo político como la principal doctrina de gobernabilidad.

Un sistema en el cual cada vez que se acercaban elecciones, el partido en el poder agregaba miles de trabajadores a las arcas del Estado, aumentaba salarios, pensiones y beneficios sociales de todo tipo.

Y después de la elección, cuando el ministro de Hacienda trataba de cortar un poco los ruinosos beneficios, olas furiosas de manifestantes salían a las calles para bloquear el Parlamento, las vías y los puertos hasta que los políticos se rendían y retiraban el proyecto o, para salvar su reputación, aprobaban algunas reformas insignificantes.

El gasto y los abusos de poder entre los burócratas griegos son notorios. Una investigación por parte de la prensa demostró que la mano de obra en el Parlamento griego estaba tan inflada que algunos empleados ni se preocupaban por ir al trabajo porque no había donde sentarlos.

Los funcionarios del Gobierno prometieron una amplia revisión de la burocracia para terminar con el favoritismo que ha prevalecido. Pero nadie en Grecia creía que los empleados del Parlamento iban a perder sus puestos. Al contrario. Cuando llegaba el momento de las próximas elecciones, se producía el esperado ciclo: una multitud de nuevos empleos y un creciente déficit presupuestario.

Responsabilidad. Repetidamente se pregunta Konstandares: “¿Cómo le diremos a nuestros hijos que nosotros tuvimos la culpa de que esto ocurriera por nuestra apatía, nuestra desidia, nuestro desinterés en lo que estaba ocurriendo en el país? Perdimos la autodisciplina, la moderación en el gasto y sucumbimos a la conveniencia política y a un sentido fatal de demandar derechos y crecientes demandas de los servicios ‘gratis’ del Estado grande.

”Lo que recordaré de Grecia cuando toquemos fondo son los años de vagabundería, de falta de rigor analítico, de permitirles a nuestros líderes engañarnos y no haber encontrado a nadie que nos guiara, nadie que, por lo menos, estuviera a la par de nosotros en las trincheras de la pobreza”.

“Hemos vivido de la inseguridad”, dice Konstandares “y, todavía peor, acompañados por la desesperanza. Los suicidios, antes infrecuentes, ahora están de moda conforme vemos con mayor claridad lo que está sucediendo. Las familias, casi todas, no pueden ‘arreglárselas’ para vivir. Ya el sistema de los seguros sociales no funciona. Todos los que todavía cuentan con un empleo viven atemorizados que pronto estarán en la lista de desempleados”.

Lo de Grecia puede haber sido causado por la irresponsabilidad de la clase política, pero para Konstandares la culpa está en los griegos que a estas alturas no han comprendido que fue el monstruo del Estado grande el que se los tragó.

Al borde del precipicio económico e institucional, Grecia tuvo que aceptar un rescate financiero más duro que el que el primer ministro comunista Alexis Tsipras y su partido prometieron rechazar.

Es la tercera vez que Grecia negocia un plan de rescate. No habrá una cuarta vez. Momentos más duros le esperan al sufrido pueblo griego. Y también al pueblo costarricense si su gobierno no actúa ya para impedir el prolongado infierno que ocurre cuando un país toca fondo.

Miseria real. El miércoles 29 de julio por la tarde, en la plaza Monastiraki de Atenas una larga fila de personas esperaba una comida gratis. La única del día para la mayoría ellas.

En una olla descomunal, Konstantinos Polychronopolus, de 50 años, elaboraba un estofado y lo repartía entre quienes se acercaban.

Después de perder su trabajo en marketing turístico hace cuatro años, Konstantinos se dedicó a promover la iniciativa Society Kitchen (cocina de la sociedad). Esta tarde tenía para alimentar a unos 300 menesterosos.

Así lo relató a los medios: “Cuando perdí mi trabajo no sabía qué hacer. Durante un tiempo intenté conseguir otro, pero fue inútil. Un día fui al mercado y vi a dos niños pequeños peleándose por una pieza de fruta. Decidí que abriría un puesto de comida para los que no pudieran permitirse comer y cocinaría yo mismo”.

Hace cuatro años se dirigió al mercado y se acercó a cada puesto. Tenía tres euros y un plan muy simple. Pidió a cada vendedor una patata y les explicó que su objetivo era preparar una comida para los necesitados.

El primero le dio 30 patatas y el segundo, 20 calabacines. Ese día preparó su primer guiso y empezó a repartirlo a los hambrientos.

“Para muchas de estas personas”, dijo, “es extremadamente duro admitir que uno no tiene dinero para comprar comida. Sufren de un profundo sentimiento de vergüenza. Yo también. Durante un largo tiempo nuestra pobreza era una especie de tabú. Ahora ya no lo podemos fingir. Nuestra miseria se ha convertido en nuestra única realidad”.

Efectos en la calle. Este cocinero está en una posición perfecta para medir los efectos de la austeridad que golpea al pueblo griego y la destrucción de vidas que conlleva. Algo más de un cuarto de los hombres y mujeres griegos viven por debajo del umbral de pobreza. En muchos barrios prósperos de la capital, la pobreza se ha convertido en algo parecido a una epidemia.

“Cada mes, distribuimos comida a alrededor de unas 5.000 personas”, explica Konstantinos. “Al principio, la mayoría de las colas estaban formadas por un 80% de inmigrantes y un 20% de griegos. Ahora, el 80% son griegos. La larga fila de personas esta formada por exhaustos pensionistas, personas con discapacidad, mujeres embarazadas, niños callejeros y el mayor número de ellos son desempleados griegos que hasta hace poco vivían vidas respetables e incluso acomodadas”, publicaron varios medios internacionales.

“¡Estoy muy agradecido con Konstas!”, expresó Mihalos, de 67 años. Durante varios años, este elegante y todavía razonablemente bien cuidado hombre ha sido uno de los indigentes de la capital y se mueve de una solución temporal a otra”. “He estado viviendo así durante unos cuantos años. Es una existencia miserable. Sabes, estoy a menudo agradecido de que no tenga ningún niño. Odiaría que me vieran así. Es mejor sufrir solo”, contó a la prensa.

Para cerca de tres millones de griegos, su precaria existencia se ha convertido en la norma. Desde el inicio de la crisis, además de la epidemia del hambre, Grecia ha visto incrementarse en seis veces el número de personas sin un hogar. Todo indica que pronto nos tocará a nosotros los ticos vivir esta experiencia porque esto es lo que siempre sucede cuando un país toca fondo.

Jaime Gutiérrez Góngora es médico.

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