Opinión

La subversión como acto del pensar

Actualizado el 17 de febrero de 2013 a las 12:00 am

La subversión humanizadora aparece breve en el tiempo, como un soplo de vida nueva

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La subversión como acto del pensar

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“Pensar subversivamente” no puede ser categorizado como una forma permanente del pensamiento, sino como una consecuencia del razonar praxiológico en una situación determinada. La distinción es importante, porque de lo contrario caeríamos en una cíclica paradoja: la relativización inmediata de toda realidad por la necesidad fortuita (o bien apodíctica, axiomática o irremediable: posición ideológica sin más) de reinventarla, sin reconocer en ella lo que es positivo y humano. La subversión es importante solo cuando se hace necesaria, es decir, cuando es motivada y dirigida hacia la consecución de lo que se considera auténtico y valioso. Se trata de un acto del pensar que termina por concluir que el statu quo es alienante y necesita ser transformado de raíz. Cuando el consenso sobre la necesidad de un cambio en una situación crítica se hace mayoritario, el pensamiento subversivo adquiere la forma de consigna movilizadora y de fuerza social. Pero claro, es solo la fuerza de la colectividad la que puede originar el acto subversivo (violento, pacífico o dialógico), el inicio de un proceso de transformación.

Subvertir implica transformar en otra cosa, construir otra cosmovisión y cambiar la manera con la que incidimos en la realidad. Como acto del pensar, empero, la subversión tiene un horizonte de valores asumido conscientemente, desde el cual se juzga todo. Basta tener presente el Himno al 15 de Setiembre, cuyo carácter subversivo es evidente. En este bello canto se describe el horizonte praxiológico negativo como ocio, inicua opresión, gregarismo, abyección, despotismo; mientras que la subversión se define como trabajo, libertad, derecho, construcción libre de la patria y de la ley. La manera como se construye el nuevo horizonte de valores, según ese himno, es el sacrificio por la creación de un nuevo orden moral, la superación del servilismo, la construcción del bien, la guerra contra todo intento de opresión. Es típico de la subversión la expresión dicotómica en la descripción de lo que se vive y lo que se quiere para el futuro.

La dualidad conceptual del pensamiento subversivo se entiende cuando bulle en el alma, imbuida por la consciencia de la necesidad de una alternativa existencial, la pasión por reconstruir lo humano, por garantizar la total independencia del individuo y del colectivo para orientar su futuro y construir su presente. Sin embargo, el pensamiento subversivo, cuando es exitoso en sus pretensiones de cambio, tiene como consecuencia lógica la creación de una nueva institucionalidad, que si bien quiere crear un orden alternativo de cosas termina por constituirse en un modo de ser, en una tarea–situación social que expresa un horizonte de valores compartidos. Es decir, la influencia del acto subversivo del pensar mantiene su comprensión dicotómica de la realidad por breve tiempo, el que baste para empujar la reestructuración de la realidad. Luego, por razón de su misma pretensión, comienza a estructurar la vida social dentro de un nuevo sistema institucional que, tarde o temprano, debe ser superado y reformado para ajustarse a lo que se concibe como verdaderamente humano. La subversión humanizadora aparece brevemente en el tiempo, como un soplo de vida nueva, como una esperanza candente, como una fuerza inspiradora.

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Hay, empero, otra forma de entender el vocablo subversión, no haciéndolo derivar de su raíz latina, sino más bien de su forma española actual: “sub-versión”, es decir, una versión secundaria, dependiente de otra mayor. En este sentido, podríamos hablar de una especie de engaño conceptual-ideológico, porque se quiere hacer pasar una versión “modificada” del discurso modelador del statu quo como una verdadera alternativa praxiológica, sin que en realidad lo sea. Más concretamente, no toda pretendida “subversión” trastoca el orden establecido, sobre todo cuando no se plantea una concepción dicotómica de la realidad en miras a su transformación. Cuando una descripción de la realidad consiente básicamente con el statu quo, pero se presenta a sí misma como un modelo alternativo, solo sirve de sustento ideológico a la conservación de los paradigmas sociales existentes. Muchas veces un discurso de este tipo caracteriza las visiones realmente alternativas a lo dado como el enemigo adversario dicotómico. En ese caso estaríamos delante de un modelo del pensar no dinámico, ni reactivo, ni desestructurador, sino una especie de negación de la libertad del pensar para cobijarse en la convencionalidad de un sistema que no se quiere cuestionar. ¿Por qué entonces se llama a sí mismo “subversivo”?

No hay duda que llamarse a sí mismo “subversivo” puede ser un ardid publicitario, una forma de autojustificación o un mero engaño autoasumido. La subversión real presenta siempre una alternativa, un horizonte incómodo para quienes viven en las esferas del poder, porque cuestiona de manera directa el ejercicio de la autoridad y sus programas, así como la pasividad de los individuos frente a problemas reales. Por eso, las grandes subversiones humanistas rescatan valores esenciales que se fueron limando por el peso del tiempo o de la conveniencia egoísta. La subversión, como acto del pensar, es siempre una oportunidad para algo nuevo que se pretende siempre menos superficial, para nada engañoso, que se sueña a sí misma como una propuesta a ser superada en la entrega generosa a la causa de la humanidad. En otras palabras, si una subversión es aplaudida por el statu quo es falaz en cuanto incongruente con el sentido semántico de su propia nominación. La subversión real no es “vendible” dentro de un sistema hegemónico, siempre se intenta sofocar en miras a la salvaguardia del poder y de la influencia social.

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Como acto del pensar, la subversión nace de un agudo análisis de los valores/antivalores que implican la acción de los individuos y las instituciones. La sabiduría en el distinguir quirúrgicamente lo humano de su negación, lleva al pensamiento subversivo a ser humilde, si bien pasional; nunca pretensioso de conocer la esencia de lo real, sino dispuesto a aprender de la experiencia. Pero si un subversivo vive su deseo de transformación de manera diversa, si se extralimita en su pretensión de ser el intérprete único de la realidad, se convierte en caudillo y, por eso, en la negación misma del acto subversivo. No pocas revoluciones, que se creían utópicamente lúcidas, han caído en esa terrible contradicción. La bondad de una subversión social no se encuentra en la unicidad conceptual de un idealista revolucionario inspirado, sino en la convergencia de la buena voluntad colectiva, que sirve de filtro a la tentación demagógica. Por eso, nuestro Himno al 15 de setiembre invita a “los hijos del pueblo” a ser ellos, ciudadanos pensantes y críticos, los que procuren la libertad. ¡Cuánto bien haría nuestro sistema educativo si el profundo respeto por la humanidad y por aquellos que la quieren construir, reinara como norte orientativo de su finalidad curricular!

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