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El soñador soñado

Actualizado el 08 de marzo de 2015 a las 12:00 am

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El soñador soñado

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Acabo de concluir la lectura del libro Los sueños de los que está hecha la materia, del científico Stephen Hawking. La obra introduce textos fundamentales que dieron origen a la física cuántica.

Lo que ahí explica Hawking, combinándolo con lo dicho por él en otras de sus obras, me recordó la tesis del soñador soñado tan fecunda en literatura, artes, filosofía y ciencia.

¿En qué consiste? En decir que el Universo es soñado por un soñador que a su vez es soñado por otro, y este por otro, y así innumerables veces en un cosmos no de tres ni de cuatro, sino de diez o más dimensiones. No de uno, sino de varios universos paralelos e intercomunicados (multiuniverso).

Se trata, como es evidente, de un planteamiento alucinante por increíble y fantástico, pero que ha inspirado producciones cinematográficas tales como Odisea del espacio 2001 e Interestelar , y ha sido sostenido por estudiosos y creadores de cuyos méritos investigativos e intelectuales no se puede dudar.

Tal cosmovisión, por ejemplo, subyace en la obra literaria y ensayística de Jorge Luis Borges (1899-1986) y se desprende sin dificultad de lo que escriben científicos como Hawking y Mlodinow en El gran diseño, o Paul Davies en Otros mundos y El Universo accidental.

Esta idea del soñador soñado posee raíces antiguas, se la puede rastrear hasta el sabio Platón, para quien todo lo que existe se encuentra en el mundo matemático de las ideas eternas. Pero, pensándolo mejor, ahora que lo recuerdo, se encuentra o puede derivarse de textos como el Poimandres y Asclepio, de los cuales se infiere que todo es mente, que la realidad existe porque es soñada por un soñador que al soñar la produce, y produce a otro soñador – digamos secundario – que no sabe u olvida que es soñado por otro.

La diferencia ontológica. Desde hace siglos, existe un concepto que fundamenta la hipótesis del soñador soñado: es la diferencia ontológica. ¿A qué se refiere esta noción de expresión tan alambicada y retorcida? Boecio, autor de la inolvidable Consolación de la filosofía, explica que en una carrera de caballos el espectador ve toda la competencia en forma sucesiva, pero hay otro espectador que lo ve a él y a la carrera sin sucesión ni yuxtaposición de hechos desde la eternidad.

Este autor piensa que el espectador que ve la carrera de caballos no posee la existencia por sí mismo, sino que esta le es dada por ese otro espectador que lo ve a él, a los caballos y a la carrera.

De este modo, distingue entre un ser que existe por esencia –que Boecio llama dios– y uno que existe por otro o por gracia del primero.

Esta es, según la opinión de Boecio, la diferencia ontológica, pero tal planteamiento no es esgrimido solo por personas que como él son creyentes en sentido tradicional.

Hawking, Mlodinow y Davies, ya mencionados, o Martín Heidegger, en El ser y el tiempo ; Sartre en El ser y la nada; y Carl Sagan, en Cosmos , también aprueban la diferencia ontológica, pero no requieren la hipótesis del dios de Boecio para explicar sus argumentos.

En ellos, tal dios no es necesario porque el universo se explica en virtud de sus propias configuraciones naturales, y estas mismas configuraciones se autoproducen.

La autoproducción del universo es compatible con algo así como Dios, pero un dios muy distinto al que nos enseñan desde la infancia, tan burocrático, opresivo, violento, fanático, hipócrita, obsesionado por el sexo y poseído por el odio, que con seguridad no es ese el Dios verdadero, sino un invento del poder religioso y de la precariedad humana.

Las ruinas circulares y El aleph. No sé cuál sea su opinión sobre lo escrito, sobre si estamos hechos para el eterno olvido o para la eterna perseverancia, pero es importante percatarse de que, en la literatura, la hipótesis del soñador soñado, fundada en la diferencia ontológica, se ha traducido en relatos memorables como Las ruinas circulares y El aleph de Borges.

En Las ruinas circulares , el personaje central descubre que él es un sueño de un soñador eterno e inescrutable, que quizás sea soñado por otro soñador eterno e inescrutable, y así hasta el infinito, según los parámetros del mundo ficcional borgiano.

En El aleph, el personaje creado por el escritor argentino ve sin yuxtaposición ni sucesión todo lo que contiene el cosmos hasta comprender que cada cosa es infinitas cosas, que nada está separado, que todos los tiempos se entrelazan y cruzan en un multiuniverso pluridimensional y autocontenido.

Tesis de Vargas Llosa. Mario Vargas Llosa, en García Márquez: historia de un deicidio, La orgía perpetua, Viaje a la ficción, La verdad de la mentiras y Cartas a un joven novelista, insiste en su idea de que las buenas novelas son aquellas que sueñan un universo narrativo completo, total y autosustentado, que nada tiene que envidiar al universo físico. El buen novelista, piensa Llosa, es un fabulador que, al soñar, crea novelas, se entretiene con ellas y divierte a quienes las leen haciéndoles sentir y creer que aquellas fábulas no son fabulaciones sino completas y duras realidades, tan verosímiles como que ustedes, amigo lector y amiga lectora, leen en este instante estas líneas.

En la hipótesis del soñador soñado, Vargas Llosa debe preguntarse sobre la posibilidad de que él, soñador de personajes novelescos atrapados en letras, fuese a su vez soñado por otro soñador. Si tal fuese el caso, Llosa sería un personaje de una novela soñada por otro, y lo mismo puede decirse de todo creador literario –y de todo ser humano –, lo que sin duda adquiere un especial y angustioso dramatismo en los cuentos de terror. Pongamos por caso los de Stephen King, donde se puede arrancar la sombra de alguien con una estaca de acero, afirmar que hay un mundo invisible a nuestro alrededor o que una moneda de diez centavos puede hacer descarrilar un tren.

Principio antrópico. La hipótesis del soñador soñado no es nada muy diferente a uno de los postulados claves de la física cuántica, que originó no pocas diferencias entre Albert Einsten y Niels Bohr en el memorable V Congreso Solvay, celebrado en Bruselas entre el 24 y el 29 de octubre de 1927. Tal postulado afirma que lo real no es independiente del observador, que la realidad se origina en el acto de observar del observador, con lo cual el universo existe porque existimos nosotros quienes lo soñamos. A esto se le conoce como el principio antrópico. Y recuérdese que, en sintonía con este principio, Berkeley escribe que real es lo que se percibe, lo que se siente y piensa (lo que se sueña o se hace soñar a los otros, dirían literatos, manipuladores políticos y publicistas), y que en la cábala se afirma, mucho antes que Kant lo dijera en la Crítica de la razón pura, que de las cosas solo conocemos lo que nosotros mismos ponemos en ellas, o soñamos de ellas.

Bertrand Russell escribe: creemos que la hierba es verde, que las piedras son duras y que la nieve es fría. Pero la física nos asegura que el verdor de la hierba, la dureza de las piedras y la frialdad de la nieve no son lo que parecen. Hawking anota: son los sueños de los que está hecha la materia.

En definitiva, la hipótesis del soñador soñado, en literatura, artes, filosofía y ciencia es a la realidad que habitamos como la estaca afilada para los vampiros.

www.fernandoaraya.com

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