Opinión

Más que nunca, solos

Actualizado el 04 de febrero de 2014 a las 12:00 am

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Más que nunca, solos

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La tecnología de la comunicación se propone como un agente de socialización ideal. ¿Lo es de verdad? ¡Gente que nos incluye constantemente en su lista de amigos –que implora, aún más: extorsiona nuestra amistad–! ¡Personas que dicen tener diez mil “amigos” en Facebook! Tal parece que se impone una redefinición del concepto de amistad.

Nada, jamás, podrá reemplazar eso que llamamos “presencia”. La presencia, sí, real y efectiva de un ser humano a nuestro lado. Sería el último en negar cuán grato resulta tener sobre una pantalla el rostro de mis padres, con no más que apretar un par de botoncitos. Ahí, en el mágico, luminoso rectángulo, aparecen de pronto los dos seres más próximos a mi corazón. Pero la tecnología debe ser un coadyuvante, no un sucedáneo –un sustituto– de la presencia. La amistad es un acto presencial. Como la música, la danza o el teatro transmitidos en la pantalla, pierde su inmediatez, su electricidad, su tangibilidad. Somos seres sensoriales: necesitamos ver, tocar, oler, acariciar al ser amado. La tecnología nos está de-sensualizando.

La tecnología se ha constituido en un poderosísimo agente al servicio de la difamación, la agresión, la circulación de infamias, el espacio ideal para los cobardes, esos que mandan sus coces cibernéticas al amparo de un anónimo: ¡pobres: el nombre es lo primero que el mundo nos da, es lo último que una piedra sepulcral o una urna consignará: aquello de lo que nadie carece! ¡Quien no tiene nombre, no tiene nada! Nemo et nihil .

Fantasmagoría. La tecnología de la comunicación ¿ha contribuido a la integración social? Sin duda. Pero también ha creado una ilusión de comunicación, de diálogo, de intimidad. Una mera fantasmagoría. El mundo está lleno de lunáticos que viven en el más tenebroso aislamiento, atenazados por sus terrores, agorafóbicos, paranoicos, que solo pueden vincularse a la sociedad desde la “seguridad” de sus pantallas, donde se creen invulnerables, exentos de la siempre peligrosa faena del comercio directo con lo humano. Su lema: atisbar sin ser vistos. Asomarse al mundo, ver todo cuanto sea posible (el panoptismo de Bentham-Foucault) y no dejarse ver. El que más ve y menos se deja ver, gana. ¡Esto no es socialidad! Ubicarse en la “perspectiva del rey” (Bachelard): tener al mundo entero bajo su mirada: ¡también esa es una estructura de poder, la sorda voluntad de Vigilar y castigar (Foucault)!

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Nomofobia. Y, por supuesto, sucedió lo inevitable. Una nueva psicopatología para enriquecer la ya variopinta galería de nuestras afecciones psíquicas. Se llama “nomofobia”: el miedo irracional a salir de casa sin el teléfono móvil. El término, abreviatura de la expresión inglesa “no-mobile-phone phobia”, fue acuñado por el instituto demoscópico YouGov, después de un estudio destinado a estimar la ansiedad que sufren los usuarios de teléfonos móviles. Se llevó a cabo en el 2011 y reveló que el 53% de los portadores de estas mágicas cajitas son presas de una incontrolable ansiedad cuando descubren no tener a mano el juguetito. Un quantum de ansiedad –óigase bien– comparable al que genera una mudanza, una boda o un accidente en la carretera.

Pero la nomofobia se extiende también a todos los otros cacharros que crean en nosotros el espejismo –porque no de otra cosa se trata– de estar en íntima comunicación con el mundo: la dependencia patológica de Internet, chat, what´s up , Facebook, Skype, toda suerte de cámaras y micrófonos. Todos estos adminículos ya han devenido parte de la anatomía humana: sin ellos, nos sentimos mutilados. El inexpresable pavor al aislamiento, la soledad, la incapacidad para comunicarnos con quien queramos en el momento en que queramos. Un miedo cerval, de esos que vienen desde la raíz del alma. Sudores fríos, hiperventilación, mareos… Los celulares deberían ser vendidos, hoy en día, junto a estañones de Rivotril, Valium, Stilnox y toda una farmacopea de benzodiacepinas. El síndrome de Robinson Crusoe, del hombre perdido en una isla desierta. El pavor que el pobre náufrago ha de haber experimentado al descubrirse solo.

Islote existencial. Todos estos medios nos venden la ilusión de que no estamos solos. ¡Falso! ¡Nunca había estado el ser humano tan solo como lo está en nuestros días! Un islote existencial, un recluso en una celda de máxima seguridad, todos, en mayor o menor medida, náufragos. La tecnología nos ha alejado, no nos ha acercado. Del pánico indecible que se apodera de los nomofóbicos que han olvidado sus celulares en casa, se infieren dos cosas. Primera: ¿cómo podría yo vivir sin el mundo? Segunda: ¿cómo podría el mundo vivir sin mí? ¡Soy tan pero tan importante que necesito ser consultado a cada instante, ser disponibilidad irrestricta a toda hora; de lo contrario, podría dislocarse la Vía Láctea! Nos hemos “importantizado”.

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El celular nos sustrae permanentemente a nuestra realidad circundante e inmediata, nos roba el aquí y el ahora (el hic et nunc ), nos exilia de nuestro presente y del lugar que ocupamos a cada momento. Nomofobia… un grillete más, nueva cadena que nos colgamos del pescuezo… ¡cómo nos gusta, amigos, la esclavitud! La manera desesperada, compulsiva, en que necesitamos hacer uso del teléfono celular a cada instante, saber que en la lista de cifras que el aparatito almacena para nosotros está la totalidad del mundo, que en ese microcosmos llevamos encerrado al universo, y que podemos lanzar nuestro S.O.S. en cualquier lugar y momento, demuestra, precisa-mente, que no estamos integrados socialmente. Si lo estuviésemos, no experimentaríamos con zozobra la necesidad de verificar con cada pálpito que el mundo está ahí, que nada se ha movido, que la Tierra sigue girando sobre su eje rotacional, aun cuando por algunos minutos estemos incomunicados.

Nadie ha menester de cerciorarse, minuto tras minuto, del amor de sus seres queridos… si, en efecto, ese amor goza de buena salud.

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