Opinión

La socialdemocracia de Liberación Nacional

Actualizado el 20 de octubre de 2014 a las 12:00 am

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La fundación del Partido Liberación Nacional, en octubre de 1951, respondió a la aspiración y al propósito de contar con una agrupación política de carácter ideológico y permanente.

Ese anhelo ya había sido planteado, en 1904, por Roberto Brenes Mesén, al expresar la necesidad de “un partido de ideas que fuese permanente y no de oportunidad”, y por Jorge Volio, en 1923, cuando declaró que la “idea es fundar un partido doctrinario que dure muchos años”.

También Rodrigo Facio, a principios de los años cuarenta del siglo pasado, abogaba por “acabar con los partidos políticos personalistas… sustituyéndolos por partidos ideológicos de acción permanente”. En igual sentido, refiriéndose a Liberación Nacional y al primer gobierno de ese partido, José Figueres afirmaba, en Cartas a un ciudadano , en 1955, que “se necesita una determinación nueva; un plan de gobierno; una doctrina orientadora, que ligue a un grupo de dirigentes políticos, por el vínculo de una común aspiración… En resumen, se necesita un movimiento ideológico…”.

Constituido con esas características, el PLN adoptó como doctrina orientadora el conjunto de ideas que sustenta la corriente política internacional de la socialdemocracia, pero formulando un proyecto acorde con las realidades económicas, sociales y políticas costarricenses.

Debate interno. Hoy, en su aniversario 63 y a seis meses de su peor derrota electoral, en ese partido político se ha reabierto el debate sobre la necesidad de clarificar sus postulados ideológicos, ya que, para unos, los principios originales siguen siendo los mismos aunque se hayan hecho ajustes a los instrumentos, pero, para otros, esos planteamientos primigenios fueron abandonados y traicionados en el ejercicio del poder.

Los primeros alegan que el PLN no es un partido dogmático, sino un partido reformista, revisionista, evolutivo, con una concepción pragmática, que ha sabido ajustar los medios y los mecanismos a las nuevas realidades, pero que continúa favoreciendo e implementando un proyecto con un profundo sentido social.

Coinciden con el concepto de Figueres de que “el pensamiento social-democrático nunca ha sido un código o un dogma…”, sino que es “…una corriente pensante… que continuamente se reforma…”.

Esta posición se apoya también en la noción moderna de socialismo democrático, que asumiendo la economía de libre mercado y la competencia como motor de riqueza, ha sabido encontrar áreas diferenciadoras, como el énfasis en lo social o en la defensa de los derechos humanos, que da sentido a lo que, en la actualidad, debe entenderse como “ser de izquierdas”.

Los otros consideran que esa agrupación política ha perdido el rumbo ideológico, que el accionar en el ejercicio del poder ha tenido un giro hacia la derecha conservadora, y, además, que el proyecto actual no se diferencia de las ideas neoliberales.

Afirman que la desviación ideológica que denuncian es la causa del sonado y vergonzoso fracaso de los últimos comicios y la razón del evidente declive del PLN.

Esta corriente propugna por “volver a las raíces”, sosteniendo que los instrumentos utilizados en el pasado, de corte estatista, son válidos aún, ya que fueron importantes para la modernización y el progreso del país, así como para el mejoramiento del nivel de vida de los costarricenses.

La confrontación de estas dos corrientes no es nueva. En el año 2005, un congreso ideológico, dedicado a la memoria de Daniel Oduber y convocado por las mismas inquietudes y discrepancias de hoy, debatió sobre estos temas, llegando a la conclusión de que el PLN “nunca se ha salido de su norte socialdemócrata”, como lo afirmó Leonardo Garnier, uno de los principales gestores del documento aprobado con el regocijo de todos los participantes y cuyos lineamientos pretendían vigencia hasta el 2020.

Conscientes de que se enfrentaba un escenario muy distinto al que existía cuando se fundó el partido, ese evento fue aprovechado para hacer una revisión crítica de los instrumentos que marcaron grandes logros para el país y para plasmar una visión moderna de la socialdemocracia.

Óscar Arias, entonces candidato presidencial, en el discurso de clausura del congreso, concluyó que “nuestra identidad es la de un partido moderado y progresista, tan lejano del populismo retrógrado de la vieja izquierda como del fundamentalismo neoliberal de la extrema derecha”.

Si el mismo desacuerdo que hoy agita las filas liberacionistas ya fue zanjado en esa oportunidad, cabe preguntarse, entonces, si un nuevo debate producirá conclusiones diferentes o si más bien será una discusión bizantina que no aportará nada a la solución de la crisis que enfrentan.

Pareciera que la confusión mental en la cúpula verdiblanca no les permite discernir que el castigo de los electores en las recientes elecciones tuvo que ver más con problemas de desconfianza que con aspectos de orden ideológico; es decir, que no hay tal crisis de identidad, sino una de credibilidad.

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