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Cómo sobreviviren Navidad sin morir en el intento

Actualizado el 24 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

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No soy avaro y, menos, usurero, a lo sumo un poquito misántropo en contadas ocasiones, pero tengo en común con Ebenezer Scrooge, el protagonista de la novela de Charles Dickens Cuento de Navidad (1843), precisamente que no me gustan estas fechas. Tampoco tengo el menor interés en que me visiten los tres fantasmas navideños (el de las Navidades Pasadas, el de las Navidades Presentes y el de las Navidades Futuras). Es más: que mejor no se me aparezca espanto alguno, pues algunos pocos seres vivos me asustan lo suficiente y puedo prescindir de entidades sobrenaturales.

Siendo indulgente ante el espejo, diré que no soy tan feo como el Grinch, personaje creado por el Dr. Seuss en 1957, y no pretendo robarle a nadie la alegría navideña. Ni voy a repetir constantemente que esta estación es una adaptación metafórica del nacimiento de nuestro Señor, que en realidad nació en verano del hemisferio norte y no en diciembre, pero que Dionisio el Exiguo (siglo VI) hizo coincidir con una fiesta pagana de culto al Sol para una mejor difusión del cristianismo.

La idea de desear paz, armonía y felicidad a las personas me parece válida y es un convencionalismo social que abrazo con entusiasmo. El sentarme a la mesa con parientes que casi nunca veo, o que no necesariamente me agradan, y viceversa, no despierta en mí el mismo nivel de fervor. Si le sumamos a la ecuación la visita de conocidos no anunciados, la paciencia se torna franciscana. Me ha sucedido que, de tanto fingir que la estoy pasando bien, literalmente me duelen los músculos del rostro, cuando preferiría estar en otro sitio mejor acompañado o simplemente en una soledad bien llevada. Asumo que a estas alturas he caído en desgracia… Sin embargo, a mi edad me doy el gusto de asistir únicamente a las reuniones con las gentes con las que realmente quiero estar. Así que no dejen de invitarme, por favor, ya que llegaré porque quiero.

Lo del intercambio de regalos materiales es otra historia: en mi caso concreto (no sé ustedes), se ha caracterizado por la falta de reciprocidad. Me esmero en obsequiar detalles personalizados sin reparar a veces en el costo; en cambio, recibo objetos comprados a menudo para salir del paso o que se nota que son un claro reciclaje de otros presentes. Esto me da mucha risa, pero me permite recordar lo que dijo el sabio Aristóteles acerca de que la gratitud envejece rápidamente. Esto lo pude comprobar recientemente en una reunión laboral: pocos agradecen lo que se hace por ellos.

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En fin, diga lo que diga, comeré en exceso en estas fiestas, no tomo licor, leeré los libros postergados, llamaré a mis seres queridos y seré feliz… porque ese es el único deber al que estamos llamados realmente. Nos vemos en enero, si Dios lo permite y, si no, que nadie nos quite lo vivido.

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