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Del sobrepeso a la obesidad

Actualizado el 18 de octubre de 2012 a las 12:00 am

Nos cuesta concebir la obesidad como una enfermedad

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Un día nos vemos al espejo y vemos cómo con los años hemos ido guardando todas esas calorías extra alrededor de la cintura, en los brazos, las piernas o la papada. Perdemos la batalla contra el despertador para poder robarle al día laboral una horita para ir al gimnasio. El arroz con leche nos gana el pulso y terminamos cediendo ante las deliciosas tentaciones que alguien nos ofrece, sin duda con buenas intenciones. Ese es el camino al sobrepeso, que inequívocamente nos llevará a la obesidad.

Ya nada nos queda bien. Los pantalones deben estarse encogiendo en la lavadora, y nos negamos a comprar una talla más grande. Vamos postergando el cambio a un estilo de vida saludable, que probablemente esté siempre en los propósitos de año nuevo, o el lunes de la semana que sigue porque esta que comienza está un poco complicada, por lo menos damos gracias al cielo de que no padecemos ninguna enfermedad. ¿Pero acaso no es este el mayor problema? Nos cuesta concebir la obesidad como una enfermedad y por eso le restamos importancia, o nos importa solo desde el punto de vista estético.

Nuestro organismo está diseñado para almacenar energía, lo que en un principio nos permitiría sobrevivir un periodo de ayuno prolongado. Para esto tenemos el tejido adiposo, especializado en almacenar grasa, formado por células denominadas adipocitos. Toda esa energía extra que comemos durante el día y no gastamos en actividad física, la guardamos en forma de grasa en el adipocito.

Un adipocito “normal”; es decir, aquel que acumula una cantidad moderada de grasa, produce y libera una serie de sustancias que llevan señales a otros órganos. La leptina, por ejemplo, una proteína descubierta en 1995, lleva al cerebro la señal de cuánta grasa tenemos almacenada, y de esta manera regula la ingesta de más calorías: Ya tenemos suficiente reserva de energía, no hace falta que sigamos comiendo tanto. Se ha visto que en algunos pacientes obesos esta señal no está funcionando de manera adecuada. De igual manera, el adipocito libera otras sustancias como la adiponectina que favorece la acción de la insulina, facilita la entrada de glucosa a las células y la utilización de las grasas como fuente de energía. Esto nos indica que mientras nuestros adipocitos tengan una cantidad de grasa moderada, nos ayudan a evitar el sobrepeso, impidiendo la acumulación de más grasa y controlando los niveles elevados de azúcar en la sangre.

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Desde hace varios años, los científicos han venido estudiando el comportamiento de estas células adiposas y cómo varían su producción de moléculas, dependiendo de la cantidad de grasa que almacenan. Si comemos más de lo que necesitamos, no importa si son más carbohidratos o más proteínas, todos los excesos el hígado los convierte en grasa, porque para nuestro cuerpo, la grasa es la mejor manera de almacenar energía.

Si comer en exceso es parte de nuestra rutina diaria, toda esta grasa extrava directamente a los adipocitos, lo que provoca que estas células se llenen completamente de grasa. Este adipocito gigante, lleno de grasa, envía señales diferentes a las del adipocito “normal”, las cuales se cree que promueven la resistencia a la insulina, la diabetes tipos 2, la enfermedad cardiovascular y aumentan el riesgo de algunos tipos de cáncer.

Entre esas señales que producidas por el adipocito “gordo”, están el factor de necrosis tumoral alfa, y otras citoquinas ampliamente relacionadas con los procesos inflamatorios y autoinmunes, así como los ácidos grasos libres, entre otros. Según los científicos, estas sustancias estarían inhibiendo la acción normal de insulina, lo que provoca que se aumenten las concentraciones sanguíneas de glucosa, lo que tarde o temprano conlleva la aparición de los síntomas característicos de la diabetes tipo 2.

Este estado de inflamación crónica está directamente relacionado con todas las enfermedades que se han asociado a la obesidad, incluido el hígado graso y las enfermedades cardiovasculares, neurodegenerativas y el cáncer.

Ahora bien, no toda la grasa que acumulamos se comporta de la misma manera. La indeseada grasa visceral, la que acumulamos alrededor de los órganos y la mostramos en la cintura como un neumático, es capaz de producir una mayor cantidad de moléculas que favorecen la enfermedad. Vaya, traiga el centímetro, su cintura no debería medir más de 102cm si es hombre, ni más de 88 cm si es mujer.

Por otro lado, la grasa subcutánea, la que se acumula bajo la piel, en las nalgas y en las piernas, esa fea “celulitis” que detestamos las mujeres, parece ser menos activa metabólicamente y produce una menor cantidad de estas señales.

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En fin, lo importante es no dejar que nuestros adipocitos acumulen mayor cantidad de grasa de la que son capaces de manejar. Esa grasa que estamos acumulando nos enferma; no es necesario esperar que suba el azúcar en sangre o que se presenten síntomas de una enfermedad grave.

¿ Y cuál es el secreto para mantener nuestros adipocitos delgados? Coma menos y ejercítese más. Ningún secreto, ¿verdad? Lo único que tenemos que hacer es ponernos en acción. Hoy. No mañana, ni el próximo lunes, ni el primero de enero.

Haga algo hoy, busque ayuda de un profesional en nutrición, busque apoyo familiar, en su grupo de trabajo, póngase una meta, ¡amárrese los pantalones y adelgace sus adipocitos!

Georgina Gómez Nutricionista, Subdirectora de la Escuela de Medicina de la Universidad de Costa Rica

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