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El sistema sí funciona

Actualizado el 21 de septiembre de 2014 a las 12:00 am

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MEDFORD, MASSACHUSETTS – Ahora, con motivo de la Cumbre de Ministros de Finanzas del G-20 en Cairns, Australia, los agoreros de la catástrofe vociferan de nuevo. Sus ideas preconcebidas es que “el sistema” –estructuras de gobernanza global como la Organización Mundial del Comercio (OMC) y el G-20 o los principales bancos centrales– tiene serias fallas y hay que corregirlas con urgencia. De hecho, el orden económico mundial ha funcionado extraordinariamente bien desde el 2008.

Es cierto que el primer año de la gran recesión fue más grave que el primer año de la Gran Depresión. Sin embargo, pese a la sacudida inicial, el sistema respondió de forma sorprendentemente bien. Si se le compara con recesiones mundiales previas desencadenadas por una crisis financiera, la economía global tuvo una recuperación sólida. Los niveles de comercio y producción excedieron los anteriores a la crisis en gran parte de los países hace algunos años, y la pobreza mundial continúa disminuyendo rápidamente.

Un factor clave de esta recuperación es que, a diferencia de los años treinta, la economía global mantuvo su funcionamiento corriente: las barreras comerciales permanecieron bajas, al igual que las restricciones a la inversión extranjera directa, y los intercambios fronterizos siguieron expandiéndose mediante Internet.

Como ha señalado el Instituto Global McKinsey, salvo las finanzas transfronterizas, los flujos globales son igual de sólidos que antes de la crisis. Ha habido, incluso, una modernización de las principales instituciones mundiales: por ejemplo, la aparición del G-20 o la reforma al Fondo Monetario Internacional. En efecto, la resistencia de los mercados a las tensiones geopolíticas en Ucrania o en el mar de China Meridional ha empezado a inquietar a algunos de los funcionarios de la Reserva Federal.

Como se le quiera evaluar, las instituciones multilaterales y Gobiernos de grandes potencias hicieron lo necesario para preservar la apertura de la economía global. ¿Por qué, entonces, la percepción generalizada errónea de que el sistema falló?

En este punto debemos hablar de un secreto un poco oscuro de la política mundial: muchos comentaristas de política internacional no saben mucho de economía o de política económica. Los profesionales de las relaciones internacionales a menudo hablan de la “alta política” y de la “baja política”, y frecuentemente relegan los asuntos económicos a la última categoría.

Esta ignorancia importa cuando comentaristas políticos tratan de escribir sobre economía global. Naturalmente, se guiarán por los datos más accesibles.

Hay que aceptar que algunos de los datos más obvios sugieren, en efecto, una fragmentación del orden económico global. El letargo de las negociaciones de la Ronda de Doha de la OMC, el estancamiento de algunas cumbres del G-20 y la parálisis en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas parecen pruebas suficientes para declarar que el statu quo está en peligro, aunque los hechos que van más allá de los titulares de los periódicos contradigan ese consenso.

Consideremos el alboroto relacionado con las “guerras de divisas”. En el 2010, la Reserva Federal empezó a insinuar que habría una segunda ronda de facilitación cuantitativa o QE2. Una de las externalidades de política de la QE –la compra por la Reserva Federal de activos financieros de largo plazo– era la depreciación del dólar. Temiendo que una entrada precipitada de capital creara burbujas en los precios de los activos internos y una presión ascendente sobre sus monedas, muchos líderes de economías emergentes se quejaron ruidosamente de lo que el ministro de Finanzas de Brasil, Guido Mantega, llamó una “guerra internacional de divisas”.

En realidad, ni los mercados ni los analistas financieros estaban demasiado preocupados por la excesiva volatilidad de los tipos de cambio o la posibilidad de una verdadera guerra de divisas. Después del otoño del 2008, la volatilidad de los tipos de cambio volvió lentamente a los niveles anteriores a la crisis.

Otra causa común de la percepción errónea colectiva es la nostalgia injustificada. En el 2012, el exasesor de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, Brent Scowcroft, resumió la sabiduría popular posterior a la crisis: “Los líderes de la posguerra establecieron el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio para elaborar normas. El nuevo G-20 es apenas un pálido reflejo de lo que fue ese brillante esfuerzo de creación de instituciones”.

Tal vez la explicación más contundente del éxito de los agoreros de la catástrofe es la que se refiere al dónde y cómo. De acuerdo con la Unidad de Inteligencia de The Economist (Economist Intelligence Unit), las economías de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) tuvieron un crecimiento promedio del PIB de 0,5% del 2008 al 2012, mientras que para las economías que no están en la OCDE fue de 5,2%.

Esto importa porque el análisis del orden internacional sigue anclado en Occidente. Es una regla general de la ciencia política que una economía tambaleante provoque una mayor desconfianza en las instituciones. Una economía sin dinamismo crea la idea de que el sistema no funciona, y que no se puede confiar en aquellos que dirigen. Así, pues, no sorprende que haya más escepticismo en todos los niveles de gobernanza de las economías de la OCDE.

Puede ser que los analistas consideren primero las circunstancias locales y después extrapolen las observaciones a sus conclusiones sobre las instituciones globales. El pesimismo en torno a la lenta recuperación en países del mundo desarrollado provoca que los analistas vinculen una gobernanza nacional y regional deficiente con una gobernanza mundial pobre.

Sin embargo, las causas principales de economías sin dinamismo en Japón, los Estados Unidos, Reino Unido y la eurozona no tienen un origen mundial. Cuando estalló la crisis deL 2008, la economía de Japón había estado estancándose desde hacía casi dos décadas. Del mismo modo, la parálisis de políticas internas y la incertidumbre política constituyeron en conjunto un obstáculo como para permitir a los Estados Unidos recuperarse de la gran recesión.

¿La extraordinaria resistencia del sistema observada desde el 2008 significa que puede aguantar una siguiente crisis? En teoría, sí. Muchas de las reformas posteriores al 2008 han sido diseñadas para incluir amortiguadores de choque a sacudidas en la economía mundial. No obstante, en las relaciones internacionales, las concepciones erróneas colectivas pueden crear su propia realidad. Si los analistas siguen diciendo que el sistema falló, los expertos dedicarán tiempo y esfuerzo a tratar de concebir una forma de corregir algo que no está fallando.

Además, es realmente difícil corregir estas ideas equívocas una vez que se afianzan, sobre todo si el asunto no es parte de los conocimientos especializados del analista. Irónicamente, la única manera de frenar el funcionamiento del sistema es la poca confianza de sus principales partidarios.

Daniel W. Drezner, profesor de Política Internacional de la Fletcher School de la Universidad de Tufts, es autor de la reciente publicación The System Worked: How The World Stopped Another Great Depression. © Project Syndicate.

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