Opinión

La singularidad tecnológica y la inteligencia humana

Actualizado el 21 de septiembre de 2015 a las 12:00 am

Los humanos formamos una unidad indivisible con una dimensión espiritual verdadera

Opinión

La singularidad tecnológica y la inteligencia humana

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Aceptando como un hecho que existen diferentes formas de conceptualizar la inteligencia humana, tenemos que admitir, necesariamente, que dentro del sistema de medición de esta se verifican resultados paradójicos.

Por ejemplo: una persona con alto coeficiente intelectual (desde el parámetro lógico matemático) puede manifestar una enorme torpeza emocional en la toma de decisiones o incluso en sus relaciones interpersonales. De inmediato se activa el cliché de que ese individuo carece de ese tipo específico de “inteligencia”.

Evidentemente, nuestra naturaleza neuronal no se expresa únicamente a partir de procesos racionales (principalmente gestionados por el lóbulo frontal de nuestro cerebro), sino que estamos impregnados de un marco emocional en nuestro sistema límbico, que en mucho nos define como seres humanos. Tenemos respuestas aparentemente irracionales ante situaciones concretas que solo pueden explicarse desde los sentimientos.

Esa ha constituido una primera frontera entre la inteligencia humana y la llamada inteligencia artificial. Una máquina robótica, en el estado usual de la ciencia en el año 2015, no reacciona emocionalmente ante un estímulo, sino que su desempeño está definido a partir de su programación.

El probable fin de la ley de Moore. Hace cincuenta años, Gordon Moore postuló su ley homónima, la cual se ha utilizado para prever el patrón de comportamiento de los microprocesadores. Según él, cada dieciocho meses, aproximadamente, el número de transistores en un circuito se duplica y su costo se reduce. Para muchos conocedores, esta norma se ha tornado obsoleta y ni siquiera los límites físicos tradicionales detendrán el inexorable avance de la miniaturización mediante la nanotecnología, por ende, el avance exponencial de la tecnología es previsible e inevitable.

La singularidad tecnológica. En 1993, Vernon Vinge acuñó el concepto de singularidad tecnológica, la cual es una hipótesis que sugiere que la velocidad tan acelerada del progreso tecnológico generará que la inteligencia artificial tarde o temprano exceda la capacidad intelectual de los humanos y, por tanto, el control que se tiene sobre ella.

Este concepto se nutre como un símil de la singularidad en astrofísica (singularidad gravitacional), donde el espacio se hace infinitamente elástico y se comprime de la misma manera.

Dicho de una manera más simple: alude a la realidad teórica dentro de un agujero negro superado el horizonte de eventos.

Una singularidad es el punto matemático en el que ciertas cantidades físicas alcanzan un valor infinito, de tal manera que se rompen los patrones establecidos en las reglas físicas ordinarias. De acuerdo con diversos teóricos (entre ellos Raymond Kurzweil, 2005), una de las posibilidades de la ampliación de la inteligencia artificial sería por medio de dispositivos cibernéticos dentro de las propias máquinas, es lo que Vinge supone como la creación de lo que se conoce como la inteligencia artificial dura (IAD).

Si se interactúa mediante una conexión física entre los órganos biológicos humanos con los artefactos cibernéticos, entonces tendríamos una superinteligencia híbrida y estaríamos refiriéndonos a una inteligencia amplificada (IAM). Lo que suscita per se un debate distinto, relativo a la cuestión de quiénes serían los elegidos para las modificaciones tecnológicas y con ello convertirse en seres más desarrollados y en condición de ventaja respecto a los demás gracias a la ingeniería genética y biotecnología (la idea del cyborg no resulta en absoluto descabellada).

El despertar de una conciencia. Dentro del planteamiento teórico de la inteligencia artificial dura, la consecuencia probable es que las máquinas sean capaces de alcanzar niveles exponencialmente insospechados de inteligencia, al punto que generen algoritmos de mejoramiento de su propio funcionamiento y la fabricación de nuevas generaciones de dispositivos (robótica) aún más avanzados.

Una especie de tecnodarwinismo que prescinda de la participación humana y que en algún momento genere autoconciencia, lo que despierta muchas inquietudes, que en esta etapa pueden parecer una trama de ciencia ficción como ya se ha visto reflejada en algunas producciones cinematográficas, pero que sin embargo están presentes en el rango de lo científicamente posible.

Estamos hablando de las llamadas “máquinas espirituales” capaces de tomar decisiones y orientarse hacia fines autónomos. Inevitablemente se roza la metáfora del “algoritmo de Dios”, es decir, la posibilidad de crear la conciencia humana en un sistema computable, dando lugar a una inteligencia artificial dura (sustentada en el dualismo cartesiano que permite escindir la mente del cuerpo).

Esta presunta forma de persistencia existencial se acercaría de alguna manera a lo que mal llamamos eternidad.

Toma de posición. Personalmente, creo que los seres humanos formamos una unidad indivisible con una dimensión espiritual verdadera que no puede reducirse a fórmulas matemáticas depositadas en un hardware para lograr alguna cualidad de continuidad.

Por eso me alejo, en principio del poshumanismo trascendental; sin embargo, tengo la actitud necesaria para que la ciencia demuestre lo contrario y eso en nada demerita mi fe, ni mis convicciones.

Jaime Robleto es abogado.

  • Comparta este artículo
Opinión

La singularidad tecnológica y la inteligencia humana

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota