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Las sillas vacías

Actualizado el 15 de marzo de 2013 a las 12:00 am

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Las sillas vacías

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Una en el Vaticano, otra en Venezuela, otra en nuestra Corte y muchas más sillas, quizá menos grandes pero igualmente deseadas, habrá por el mundo entero. Son puestos de mando, superioridad y honor que algunos se disputan de una forma u otra.

Habrá quien los merezca, otros simplemente los quieren para estar más arriba que el resto de los comunes. Curiosamente, quienes más merecen el poder no lo desean, pero lo aceptan cuando las circunstancias lo exigen.

También están los que desean el poder por sí mismo, el título nobilísimo de quien ocupa determinado cargo. Estos no se detienen a pensar si tienen las capacidades requeridas, el carácter, la formación o la humildad necesaria para que la silla no se vuelva más importante que quien se sienta en ella. Y, si piensan en ello, resulta ser lo menos relevante, quizá les preocupe cuando estén sentados.

En ocasiones, quien finalmente se apropie de la silla –para bien o para mal– será el más astuto de los aspirantes, en otras obedecerá al criterio más o menos formado de algunos grupos cerrados. En esos casos seremos solo espectadores ajenos a la decisión, mas no a las consecuencias.

Pero en determinadas ocasiones seremos nosotros quienes tendremos voto de apoyo o censura cuando quien quiera llegar al sitial de honor utilice como plataforma artimañas o engaños, o bien instrumentalice a sus semejantes para lograr su objetivo. Y, si en estas circunstancias nos quedamos de brazos cruzados, la culpa será también nuestra.

En estos casos debemos estar atentos a las intenciones de los postulantes, no solo a su carisma o popularidad bien o mal lograda. Conviene conocer a la persona –al ser humano– y lo que ha hecho con o por sus semejantes y, más importante aún, por los que las circunstancias sociales, laborales o de cualquier índole, ha puesto debajo de ellos.

Si nos dejamos obnubilar por una colección de contactos, méritos arrebatados, reconocimientos de los que desconocemos su procedencia o una camisa o blusa bien planchada, correremos el riesgo de colocar en un puesto alto a quien solo sabe mirar para arriba y nunca a los que quedaron en el suelo.

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Y si es usted el que aspira llegar a un sitial alto en su empresa, grupo comunal o su nación, piense claramente cuáles son sus intereses, o si le gusta la idea de anteponer un nuevo título a su nombre. A fin de cuentas, quien merezca la silla, difícilmente se quedará sentado.

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