Opinión

El sexo delos ángeles

Actualizado el 07 de noviembre de 2014 a las 12:00 am

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El microbiólogo Edgardo Moreno Robles publicó en el suplemento Áncora (28/9/2014) un interesante artículo en el que cuestionó algunos de los resultados del primer Estado de la ciencia, la tecnología y la innovación relacionados con la llamada diáspora científica.

Puesto que ese artículo me pareció importante, hice un comentario en Áncora (12/10/2014) en el que reconocí sus aportes y, en lo esencial, coincidí con sus planteamientos. Sin embargo, indiqué también que era necesario recurrir a otras fuentes para precisar el problema de la importación y exportación de “cerebros” y advertí que tanto el Estado de la ciencia como la crítica de Moreno carecían de una adecuada perspectiva histórica.

Cultura científica. Aunque expuestos respetuosamente, mis comentarios no fueron bien recibidos. En un nuevo artículo publicado en Áncora (19/10/2014), Moreno me equiparó con un policía aduanal, sugirió que no sé distinguir un texto periodístico de un trabajo científico, y me recordó que él habitúa publicar en revistas especializadas con evaluación por pares externos e indexadas en bases de datos (algo que yo también hago, pero no se lo cuento a todo el mundo).

No satisfecho con lo anterior, Moreno implicó que considero como cerebro en fuga al feto “emigrante” que va en el vientre de una futura madre, y que practico la astrología (una confusión común en quienes opinan sobre mi libro La ciencia del momento sin haberlo leído).

Por último, en una decisión que dice mucho de su cultura científica, Moreno declaró que, “conociendo mi vocación”, prefiere “claudicar” antes que responder a lo que yo pudiera manifestar sobre sus observaciones para no involucrarse en debates bizantinos “sobre el sexo de los ángeles”.

Condiciones cambiantes. En mi comentario no consideré a los fetos que van en el vientre de las madres emigrantes como cerebros en fuga. Eso es una invención de Moreno, quien –en especial, por ser de origen mexicano– demuestra poca sensibilidad al recurrir a una hipérbole de ese tipo, con tal de cuestionar mi argumento.

Lo que sí indiqué fue que, antes de la crisis de 1980, la emigración de científicos e intelectuales costarricenses estuvo dominada por experiencias individuales, y cité los casos de Vicente Sáenz Rojas y Franklin Chang Díaz.

Aunque es claro que el contexto en que hago tal afirmación está dominado por el interés de diferenciar la fuga de talentos anterior y posterior a la crisis referida, Moreno aprovechó la oportunidad para señalar que ni Sáenz emigró como intelectual ni Chang Díaz lo hizo como científico, y, de paso, acusarme de cometer “errores comunes de causalidad y de deducción histórica”.

De los casos citados, el que definitivamente no se adecúa a la interpretación de Moreno es el de Sáenz, cuya temprana intelectualización ocurrió en Costa Rica, influida por el círculo de intelectuales radicales de inicios del siglo XX y en el contexto del gobierno reformista de Alfredo González Flores.

Ciertamente, Chang Díaz no era un científico cuando emigró a Estados Unidos, pero fue como estudiante de un colegio costarricense que descubrió –según él mismo lo cuenta– su vocación científica (algo más que las “ambiciones” que Moreno le atribuye).

Al no considerar las cambiantes condiciones históricas asociadas con la formación de talentos, Moreno pierde de vista que, de los costarricenses nacidos a finales del siglo XIX como Sáenz, únicamente el 3,5% se graduaron de secundaria; en el caso de los que, como Chang Díaz, nacieron en la primera mitad de la década de 1950, esa proporción fue de 17%.

En otras palabras: aproximarse a la formación y fuga de talentos en el pasado con los criterios de la Costa Rica actual comporta cierto anacronismo.

Perspectiva. Los casos de Sáenz y de Chang Díaz invitan a investigar el problema de la fuga de cerebros, en el pasado y en el presente, desde una perspectiva que considere, de manera más amplia y flexible, la formación de quienes emigran.

¿Cuántos adolescentes talentosos, graduados de colegios costarricenses, ingresan cada año a universidades en el extranjero? ¿Cuántos retornan? ¿Cuántos no lo hacen? Para la distinguida y apreciada socióloga que llamó mi atención sobre este interesante tema, quienes no regresan deben ser considerados como parte de la fuga de talentos; para Moreno, en contraste, el asunto es irrelevante.

Documentar y analizar debidamente dicho fenómeno (todavía una tarea pendiente) es importante para la historia de la ciencia y para el país, y nada tiene que ver –como bizantinamente lo imagina Moreno– con los supuestos placeres de los ángeles.

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