Opinión

No serviré

Actualizado el 24 de junio de 2012 a las 12:00 am

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Nos cuentan los científicos que nuestro reloj cósmico inició con la Gran Explosión, que como caldero hirviendo, cocinó los átomos, las moléculas y con ellas todas las formas de materia que encontramos en nuestro universo, así como las leyes de la evolución, la emergencia de cualidades mejores (el progreso), la entropía (el desorden) y la extinción. Otra historia más vieja y contada por poetas, nos dice que fue antes del tiempo de nuestro cosmos, que se libró la primera gran batalla en un reino espiritual. El más bello y encumbrado de los ángeles, teniendo conocimiento del plan que seguía entró en soberbia y dándole la espalda al bien supremo le dijo: “no serviré”. Estas dos historias representan bastante bien la doble naturaleza de la corrupción política.

Recibir poco a un gran costo, así se traduce al final el balance de cuentas de la corrupción, Manuel Villoria, investigador contemporáneo, afirma que la corrupción política, “genera una demanda pública alejada de las verdaderas necesidades sociales” y que la corrupción incrementa la desigualdad de ingresos y la pobreza. El último gran caso de corrupción conocido en el mundo es la crisis financiera de los EE. UU. Rachuram Rajan, quien fuera economista en jefe del FMI, hace el balance, “¿Dónde acabó la pelota? No en los fundadores del New Century, que vendieron sus acciones... No en los operadores, que obtuvieron pingues comisiones', No en las agencias de clasificación crediticia, que no se dieron cuenta o decidieron ignorar el deterioro de la calidad del valor de las hipotecas. No en algunos propietarios de vivienda que gastaron en exceso' Acabó en los jubilados engañados para que asumieran una costosa hipoteca' acabó en los fondos de pensiones y compañías aseguradoras que ahora se encuentran con enormes pérdidas que reducirían la rentabilidad de las inversiones de todas las familias que confiaron en ellos. Y sobre todo acabó en el contribuyente'”. La corrupción no puede ser vista solo como un problema moral o económico de sustracción de dinero. En sentido literal, es la destrucción de cualidades de un sistema hecho para dar un servicio o un bien con calidad y mejor costo posible.

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La corrupción fantasmal, ver la corrupción con argumento moral o ético, es quizás la peor excusa para no medir y palpar el problema de la corrupción y resolverlo. De alguna manera, como si tuviéramos una venda en los ojos, nos hace dar círculos en la búsqueda de personas malas o personas buenas para entender la corrupción. Hasta nos hace buscar fantasmas cuando las cosas salen mejor de lo esperado o, por ejemplo, justificar con fantasmas el deplorable estado de nuestras carreteras, servicios de salud o alto costos en tiempo de transporte. Ya tenemos rato de ver nublado y en forma de fantasmas, la corrupción, algo que no nos permite corregirla, en forma clara, objetiva y por medio de sus consecuencias; Thomas Jefferson, en la época de la independencia, ya observaba: “La América española se encuentra toda en revuelta. Los insurgentes han triunfado en muchos de los estados, y así será en todos. Pero allí el peligro es que las artes crueles de sus opresores hayan encadenado sus mentes, los hayan mantenido en la ignorancia de los niños y como niños, como seres incapaces de autogobernarse”. Por supuesto que la corrupción inicia con las personas, dándole la espalda a sus obligaciones éticas o legales, con un “no serviré”, o con un “me serviré”, pero solo los efectos de sus acciones en las organizaciones, en los proyectos o servicios públicos, o en la formación de políticas públicas pueden ser detectados y medidos en forma objetiva y científica. Debemos romper esas cadenas mentales de ver el problema de corrupción política como solo un problema moral y comenzar a resolver las fallas de nuestro sistema sociopolítico que permiten el desorden, un ambiente sin control y la corrupción.

¿Para qué sirve el sistema político? Es la primera pregunta que debe de hacerse previo a afirmar si el sistema político en un todo o en partes es corrupto. Bernard Crick, pensador político, nos ofrece su ya célebre definición de la política: “La política puede ser definida como la actividad mediante la cual se concilian interés divergentes dentro de una unidad de gobierno determinada, otorgándoles una parcela de poder proporcional a su importancia para el bienestar y la supervivencia del conjunto de la comunidad”. Las formas de corrupción política que nos indica Villoria, como la corrupción parlamentaria, la corrupción judicial, el clientelismo, la financiación corrupta, la captura de políticas, el abuso de poder, el fraude electoral y el crimen organizado, desvían al sistema político de su propósito, acelerando el colapso social. El antropólogo Joseph A. Tainter lo explica: “la inversión en el sistema sociopolítico y en su función problema–solución alcanza el punto donde los beneficios son menores a las inversiones que se deben realizar”. Es decir, el problema no es la política, sino la corrupción de su función creadora y ordenadora. Y, como dice Crick, “renunciar a la política o destruirla es destruir justo lo que pone orden en el pluralismo y la variedad de las sociedades civilizadas”.

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Un nuevo sistema nervioso y una nueva piel es lo que necesita nuestro evidente enfermo y débil sistema político. La nueva tecnología de combate contra la corrupción, creada por los científicos en la Segunda Guerra Mundial, se llama cibernética, que es el diseño de sistemas dotados de dispositivos de control automático que funciona con retroalimentación negativa. Si hay un campo en el que debe progresar la democracia es precisamente en el diseño de dispositivos de control político y administrativos que sean automáticos. Lamentablemente hemos confun-dido los controles políticos tradicionales diseñados para evitar la corrupción del sistema democrático hacia el despotismo, como la temporalidad de los puestos públicos, las elecciones libres periódicas, la división de poderes, o incluso el llamado control político parlamentario. Con aquellos otros dispositivos de control automático todavía más urgentes e innovadores que se requiere para determinar en forma objetiva y visible la dirección y gestión de los asuntos, actividades y recursos públicos. Necesitamos devolverle la sensibilidad a nuestro sistema político, que tenga piel, ojos y oídos, de la misma forma que las terminales nerviosas ayudan al cuerpo a detectar el calor, dolor, y el frío, y mandan señales al cerebro para tomar medidas de corrección, alejarse del fuego, tratar la herida para no morir desangrado o buscar calentarse rápido, así necesitamos que nuestro sistema político suavice su piel o se haga de una nueva, que le devuelva sensibilidad a los problemas de corrupción, pero sobre todo los detecte y corrija.

Una nación, dos caminos: la corrupción o el progreso. El científico norteamericano Norbert Wiener contrapone a la ley que incrementa el desorden (entropía), la ley del progreso, que se logra por medio de los dispositivos de control automático: “Existen islas que temporalmente y localmente disminuyen entropía en un mundo en el que la entropía como un todo tiende a incrementarse, y la existencia de estas islas nos permite afirmar la existencia del progreso”. Esas islas de progreso de Wiener las hemos tenido los costarricenses en nuestra historia, están en nuestra genética y están en nuestra idiosincrasia. Que el tema de la corrupción no nos abrume, nos inmovilice o nos lleve a cacerías de brujas y magos. Lo que sigue es abocarse a la tarea nacional de crear en forma clara el sistema de funcionamiento de la cosa pública y sus dispositivos de control automáticos, para que sirva de nuevo para todos los costarricenses.

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