5 mayo, 2016

En realidad no es un chiste que el sentido común es el menos común de los sentidos: se trata de un hecho, y la culpa no es de la sandez humana.

Lo que pasa es que el sentido común abarca, dentro de un espacio y tiempo limitados, a grupos dispersos que se sienten dueños de lo universal.

Mientras que la hospitalidad para un nativo de Laponia, en el corazón mismo del Ártico, consiste en ofrecer a su propia esposa a cualquier visitante, tamaña oferta sería escandalosa en Europa, digamos, y ambas actitudes obedecen a un valor cultural, no son locuras.

Tampoco fue una locura que algunos científicos atacaran la teoría geocéntrica. “La Tierra es el centro del universo y la Tierra es plana”, predicaban los Hombres de Gris, que de modo invariable rechazaron cada nuevo descubrimiento y empuje del saber.

Esta clase de hombres que se autojuzgan prudentes, cuerdos (y listos, claro) veneran el realismo ingenuo, es decir, el dictado de los ojos, la mano, el olfato, la boca y el oído; y cuando se les anuncia una novedad que desafía sus creencias pelean –bravos– a favor de su mentira o de su error. El sol, la redondez del planeta, individuos como Pasteur, Dostoievski, Mozart, los viajes astrales, la radiotelefonía, los sueros, el espacio-tiempo, el cine, la televisión, Internet y un largo etcétera pasan a la categoría de monstruos irreales aunque ciertos, temibles a la hora de la verdad. He aquí el escenario de una larga historia, donde cambian los personajes y se repite la mítica lucha.

De la ecúmene a Colón. Las peripecias de Colón brindan un ejemplo de lo que venimos diciendo. Allá por 1492, el mundo habitado y habitable era la ecúmene.

Tres continentes –Asia, África y Europa– ocupaban la extensión conocida; y existía también una leyenda sobre el más allá de Europa, detrás de aquella infinitud de agua sombría, aterradora e invitante.

Colón respondió a un llamado de lo fantástico, y cuando el sentido común decía que la Santa María, la Pinta y la Niña resbalarían de modo inquietante una vez que la parte menos riesgosa del viaje se hubiera llevado a cabo, las tres naves llegaron a nuestro continente después de cinco semanas. ¿Qué estaba ocurriendo?

No lo que el Almirante buscaba. Habían dado la vuelta al mundo, navegado en redondo y los antípodas –indígenas amables y curiosos– mantenían, como ellos, la cabeza arriba y los pies abajo, lo contrario de lo que decían los cuentistas en sus cuentos sobre los absurdos habitantes de ese lugar imposible al revés de todo.

No había nacido Newton, claro, y su ley de gravedad que explica este fenómeno. Pero sí nacía América, una suerte de milagro aun más grande que el deseo.

Quiero añadir, ya en el estribo, que es probable que muchos de los problemas actuales de la filosofía y de la ciencia tengan solución en un futuro liberado de la sensatez y el buen criterio del sentido común. Y que la imaginación sea con nosotros.

El autor es escritor.