¿Dónde se estudia “figuración pública”? ¿Cuál será el programa de los cursos?

Por: Jacques Sagot 5 diciembre, 2015

Una galaxia. Por tal nos tomamos. Bailamos con las estrellas, cocinamos con las estrellas, cantamos con las estrellas, “taxeamos” con las estrellas, todos los días nace una estrella…

Especie de Big Bang mediático. Somos un remedo de Televisa, ya de suyo calco tropical de Hollywood, condimentados con lo peor de la televisión europea. Vivimos en una Disneylandia de 51.000 kilómetros cuadrados, un Crucero del Amor, una Isla de la Fantasía donde solo nos hace falta Tattoo, que salga gritando “¡El avión, el avión!”.

Mundillo farandulero, de tabloide: minividas, miniaspiraciones, minisueños, miniconciencias. Una estrella es un astro que irradia luz y calor. Pero una cosa es luz, y otra relumbrón. La primera es la savia misma de la vida. El segundo se usa para alumbrar un burdel o el más vulgar escaparate. ¿Qué queremos ser, luz o relumbrón?

La luz –como fenómeno corpuscular u ondulatorio– nos hará prodigarnos: es el cirio que se consume a sí mismo en el puro gozo de su dación. El relumbrón es para los figurones, los residentes de las pasarelas, los ciudadanos con visa debidamente acreditada al reino de Neverland: Peter Panes jóvenes o decrépitos, naturales o siliconados, protagonistas de escandalillos bien ensayados, duquesas de Alba folclóricas.

Su decisión. ¿Quiere usted ser una estrella? ¿Foco primigenio de luz, la auténtica, la pura y diáfana, la que surca el espacio constelado con presteza de centella filosa, certera, y sigue siendo aún después de la extinción del astro que la generara? Pues séalo, entonces, de manera verdadera: una supernova, y no una chillona pancarta de neón. Hay mil maneras de irradiar luz sin encandilar a la gente.

Dé amor, dé ternura, dé cariño. Compártase con el mundo. Acaso este lo necesita más de lo que usted imagina. Prodíguese. Aprenda el gozo de la dación de sí mismo –repartir chunches o dinero solo es significativo en la medida en que estos simbolicen, materialicen el afecto–.

¿Hay alguien a quien no le haya pedido perdón, un beso no ofrendado, una gratitud no expresada, una palabra de aliento que sus labios avaros no hayan regalado?

¡Pues quizás sea hora de oficiar el gesto clave, ese que los demás en secreto esperan de usted, el que lo ennoblecerá y confortará a su prójimo! Su erudición, su cultura –no digo su sabiduría, pues esta, a priori, se asume a sí misma como dación– no valdrán más que el cofre de Harpagon, Shylock o Scrooge, del más roñoso avaro, si usted no las convierte en hontanar para que a él vengan a abrevar todos los seres humanos.

No será usted un sembrador, un hierofante del gozo, sino un onanista del conocimiento. Su fortuna se agostará, su fuente se secará, su piel se tornará sarmentosa y apergaminada, y su alma se encogerá, como La piel de zapa, de Balzac. Gozo compartido es doble gozo. Dolor compartido es medio dolor.

Sí, sea una estrella, amigo, amiga, pero comience entonces por reformular la noción misma de estrellato. ¿Salir en portadas de revistuchas y generar titulares? ¡No es cosa que tenga mayor mérito!

Al día de hoy, basta con pelarse las nalgas, proferir alguna ocurrencia pasablemente ingeniosa, agitar las turbias aguas de la política criolla, fraguar una estafa mediáticamente rentable, hacer muecas en la televisión, o generar una pandemia cibernética infectando las redes sociales con el tanque séptico de un Facebook rebosante de inmundicias. Eso no es una estrella: es un agujero negro.

El poder de succión de estos monstruos egóticos es inmensurable. Son criaturas cuya vanidad tiene tal fuerza gravitacional que no dejará escapar el menor fotón al espacio sideral.

Sistema de valores. Costa Rica está llena de semáforos, escaparates, bombillos de burdel barato, alumbrado de casinos y mil cosas que brillan sin generar calor. ¿Estrellas? Muy, muy pocas.

La buena noticia es que todo eso puede revertirse. La mala es que requerirá una revisión axiológica honesta, severa y sin duda inconfortable de nuestro sistema de valores. El país no está en condiciones para proponer ni exportar una cultura de la farándula. Es un concepto absolutamente ajeno a la Costa Rica de viejo cuño, la simple, la verdadera, la irreductible, la pura, la que hemos olvidado.

La farándula, el tabloide –la “sociedad del espectáculo” (Guy Debord)– ha difuminado la línea limítrofe que deslindaba el espacio privado del espacio público, esa que no existía en la Edad Media, y que Montaigne por vez primera teorizó.

¿“Privado”? Ojalá a eso se limitase todo. Aun el espacio íntimo mucho más recóndito y entrañable que el privado, se ha convertido en vitrina, en pasarela. Pero no nos engañemos al respecto: no estamos siendo violados por un maligno ojo panóptico. ¡La gente no quiere ya privacidad ni intimidad: la rechaza, la execra! ¡Todo el mundo sueña con vivir en un escaparate! ¡Es un acto condicionado, cierto, pero en última instancia volitivo! ¡Nos hemos convertido en pornógrafos por nuestra propia y libérrima voluntad!

¡Queremos exhibirnos, ser vistos, ofrendarnos como espectáculo para el mundo entero! No queremos ese sanctasanctórum en el que todo individuo deposita lo que considera sagrado, íntimo, privado, profundamente entrañable.

Nada de eso. Exigimos focos cenitales sobre nuestras caras y figurar en las carteleras de todos los teatros del mundo. Es el individuo-espectáculo, o individuo espectacular, que se desustancia como ser humano, y vive únicamente para los demás.

Figurones. No entiendo cómo hay gente que sueña con llegar a ser una “figura pública” o –lo que es aún más patético– se describen a sí mismos profesionalmente como “figuras públicas”.

El término debe ser asumido, estrictamente, como un vituperio. Significa que uno será manoseado, calumniado, envidiado, objeto de intrigas y murmuraciones, de sórdidos complots, o bien mal leído, mal entendido, mal interpretado…

Ningún artista o pensador honesto aceptará esta condición si no es como el lamentable e inevitable subproducto de su sed de comunicación, de su gestión como creador y generador de discurso. Una especie de daño colateral que no queda más remedio que digerir.

¿Dónde se estudia “figuración pública”? ¿Cuál será el programa de los cursos, cuáles los libros de texto? Pssst… ¡Qué falta de respeto para con la academia! Y las mujeres que estudian “modelaje”… ¿tendrán que leer las “memorias” de Cindy Crawford, estudiar “fundamentos de golpe de cadera 101”, analizar los “prolegómenos para una ontogénesis trascendental de la deconstrucción fenomenológica de la conciencia en el espacio-tiempo kantiano”… de Heidi Klum? De nuevo: ¡qué irritante, vulgar, barata parodia de Academo, y de todo cuanto de noble hay en él!

Esto no es Costa Rica. Es una neg-Costa Rica, una des-Costa Rica, una anti-Costa Rica, una Costa Rica distópica, orwelliana y huxleyana. No es el país en que crecí, y no pienso hacer el menor esfuerzo por adaptarme al manicomio en que se ha convertido. ¿Por qué? Porque cuando el mundo está podrido, integrarse a él, pactar con él, negociar con él resulta inmoral.

Sean estrellas, amigos, amigas, nada podría ser más bello. Pero busquen, como modelo, a los más fulgentes astros del firmamento, atisben los cometas, constelaciones y nebulosas, no la amarillenta, triste y fugaz lucecilla de los chinchorros.

El autor es pianista y escritor.