23 marzo, 2015

Viejo compañero en mis bancas colegiales, confiaba en la educación. Hasta que lo invitaron a tomar un trago, que no sintió amargo porque estaba preparado hasta para el último trance. Tantas perlas educativas nos ha dejado, hace más de dos mil años, como esta: “El hombre (...) presume saber (...) cuál debe ser el sentido de la vida humana (...). Muy pocos se plantean el problema de la verdad o el de la bondad (…). Por lo general, más que realizar personalmente su existencia, se deja vivir, se deja arrastrar por opiniones hechas, por lo que la gente dice o hace”.

¡Ah! Pensar es una actividad vital; educar a pensar puede ser una actividad mortal y uno no sabe cómo le irá en la siembra.

Hago esas reflexiones a la luz de que en México pescaron a dos peces gordos con las manos en esa masa, blanca, blanquita. Un tal “Z-42”, líder del sanguinario cartel de Los Zetas, vivía en un exclusivo municipio de Monterrey; muestran su alcoba con un impresionante crucifijo. ¿Devoción, despiste, dolor? Nada de eso: disfraz. Unos días antes, por fin habían agarrado a otro, alias la Tuta, dizque maestro rural.

Miserable mezcla mental tiene esa gente en la cabeza, al contaminar con su usurpación del concepto de familia y comparando su deleznable oficio con los caballeros templarios. Semántica subversiva. Ese mediocre, en su práctica “docente”, celebraba ceremonias de iniciación de corte religioso, envuelto en ropaje de “fraternidad”, vistiendo a sus pupilos con batas blancas. ¿Pureza? ¡Pura patraña!

Pobre el mexicano. Sí, tan cerca de los consumidores letales en el norte, pero no basta cantar “sigo siendo el rey” para salir del túnel del vacío existencial. Pese a gigantescos esfuerzos, desde el glorioso Pedro de Gante hasta el gran Vasconcelos, perdura la deficiencia de bases sólidas.

Sigue el péndulo entre un sentido de la muerte profundamente arraigado, con un acervado culto a la Virgen, y por otro lado la ausencia de raigambre profunda, vivencia auténtica.

En El laberinto de la soledad , Octavio Paz se pregunta cómo es posible vivir en esta constante dicotomía, entre ilusiones de grandeza interior y la abyecta realidad que no miente. Por cierto, la misma dicotomía se planteaba García Márquez, casualmente en torno al paralelo tópico ( Cien años de soledad ): encima de géneros distintos, ambos preclaros nobeles concuerdan en diagnosticar idéntico activismo externo, mampara para un patológico vacío de valores internos.

¡Ah!, amigo Sócrates, en lo que sí estaba equivocado usted es en su confianza en que saber del bien iba a implicar que la gente actuara en el mismo sentido. Los ejemplos recién evocados desmienten esa ilusión idealista.

Ampliemos el círculo en lo universal y comprobemos tantas veces que no basta con haber estudiado: el muy cristianamente educado Heinrich Himmler se volvió experto en el mal; también el inmisericorde Manson tenía su “familia”.

Así, los de la mafia italiana, con su culto a la Virgen y, recientemente entre nos, aquel funcionario del Organismo de Investigación Judicial que pasó a ser delincuente.

Pero Sócrates no se equivocó ni en su diagnóstico ni en el remedio: una educación-para-las-notas, por favor no; ella sí, pero más allá de la cáscara, para el corazón. Sigamos remando mar adentro, practicando un sentido profundo de trascendencia espiritual.

El autor es educador.

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