Opinión

El sátiro

Actualizado el 08 de mayo de 2014 a las 12:00 am

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Tenía yo ocho años de edad. Me dejaron solo mis papás, un sábado por la tarde, para que me entretuviera en la tienda de música, mientras ellos iban de compras. Así que ahí me quedé, contemplando, tocando, oliendo discos, ponderando la belleza de sus carátulas con la música que ofrecían. Escoger era siempre difícil… mis papás hacían un sacrificio sustancial comprándome uno, a lo sumo, dos discos: ¡jamás salí con una docena bajo el brazo! Pero cada disco era atesorado y se convertía en algo así como un nuevo amigo.

Así que ahí estaba, hurgando entre mis tesoros. Cerca merodeaba un hombre, buscando los suyos. Me miraba de reojo. No sentí inquietud. Era moreno, pelo crespo corto, anteojos espesísimos, ojos llamativamente pequeños, gordezuelo, el labio inferior carnoso y abultado. Sudaba copiosamente. Parecía nervioso. Quizás unos cuarenta años de edad. Por fin, se acercó a mí.

Peligro y miedo. “¿Te gusta la música clásica?”, “Sí”. “¿Estás estudiando algún instrumento?”, “Piano”. “¿Quién te gusta más: Beethoven o Chopin?”, “Igual”. Se enjugó la frente. Su voz adquirió un tono sibilante, el bisbiseo de una serpiente. Miró en derredor y se inclinó hacia mí. “Y decime una cosa: ¿ya se te para la cosita?”, “¿Qué?”. “Que si ya se te para la cosita”. Me sentí amenazado desde la raíz del ser. Miedo, mucho miedo. No le contesté. Me alejé de él. Persistió. “Si venís conmigo, te compro todos los discos que querás”. Me distancié aún más. Traje gris, camisa blanca, nudo de la corbata desaliñado, panza que desbordaba la faja. Sí, recuerdo, en particular, sus ojos diminutos, sus anteojos, y su sudoración profusa. Lo estoy viendo. Aun más: sé que todavía podría reconocerlo.

Me persigue entre las hileras de discos. “Todos los que querás: Beethoven, Mozart, Liszt… si venís conmigo”. Perplejo, sintiendo el peligro desde el epicentro del instinto, usé los discos a modo de barricada, como si la música pudiese parapetarme mágicamente. El acosador escarbó un rato más entre los estantes y, por fin, se fue sin comprar nada.

Me acerqué a la muchacha del mostrador: “Estoy asustado”. “¿Te dijo algo ese viejo?”, “Sí”. “No tengás miedo, aquí ya lo conocemos: viene a menudo. Nosotros sabemos que es medio raro. ¿Pasan ahora tus papás por vos?”, “Sí”. “Pues tranquilo, simplemente quedate aquí esperándolos y les contás lo que pasó”. Efectivamente, mis papás no tardaron en llegar. Venían sonrientes: “¿Escogiste algo?”. Me vieron temblando. Les referí lo acontecido. “¿Se fue hace mucho, el h... de p...?” –preguntó mi papá–, “No: se acaba de ir”. Su frente enrojeció. “Dejalo, total, al chiquito no le pasó nada” –imploró mi mamá–. Mi papá la ignoró, y volviéndose a mí: “Vamos a salir y me vas a decir si lo ves”. Se sacó la faja del cinto. No era el gesto de quien va a darle a alguien una paliza: era la expresión de un estrangulador. “Abrí bien los ojos, y, apenas lo veás, lo señalás”. Salimos a la calle. Respiraba pesadamente. Le temblaba la barbilla. No recuerdo haberlo nunca visto tan iracundo. Caminamos unos cuantos metros… y lo vi. Estaba desaprensivamente sentado en una soda, y ya se iba a llevar a la boca un sándwich. “¿Lo ves por algún lado?”, “No, no, ya se debe de haber ido”. No lo denuncié. La víctima, en estos casos, suele quedar a tal punto paralizada, que no reacciona adecuadamente. Volvimos a la tienda por mamá y regresamos a casa.

¿Vive aún el miserable? No lo sé, pero, si tal es el caso, espero que lea este texto y sepa que lo recuerdo con precisión satelital. Aquel labio baboso y caído, el torvo mirar de animal carroñero. Su voz, insidiosa cantilena, quedó reverberando por siempre en el dédalo de mis oídos.

¡Qué sentimiento de agresión! El depredador. Su expresión aviesa. Su “oferta” de comprarme todos los discos que yo quisiese. Rostro grasiento, pesados anteojos, voz a un tiempo insinuante y medrosa… Una imagen para siempre. Era yo un niño, y nada sabía del mundo. Bien pude haber caído en el cepo… Habría visitado el infierno, de la mano de aquel viscoso Virgilio. Acaso para residir por siempre en él.

Sucede todos los días. Esto sucede todos los días en el seno mismo de algunas familias, que, más que locus amoenus, son laboratorios del horror en los que se ensaya, in vitro, toda la agresión que en el mundo padeceremos e infligiremos. Y las víctimas –tal mi caso– a menudo no cuentan su historia. Violados, justamente, por aquellos que hubieran debido protegerlos. La traición de las traiciones. ¡Ah, mundo-inmundo, sociedad-suciedad, qué comarca peligrosa, la vida!

Ya la tienda no existe. Existe, en cambio, el recuerdo imborrable de aquella emboscada, y, hasta el fin de mis días, el rostro del pedófilo, balbuciente, nervioso al tiempo que tenaz. Si una mera insinuación bastó para marcar a fuego mi alma, ¿qué habría sido si el acoso hubiese llegado a más? “Cualquiera que haga tropezar a un pequeño, mejor haría en atarse al cuello una piedra de molino de las que mueve un asno, y tirarse al mar” –dice Jesucristo–. Pero los miserables no se tiran al mar… Ahí siguen, sembrando la devastación. En iglesias, escuelas, hospitales, cárceles, casas de lenocinio… Aun en aquella tienda disquera que era mi parque de diversiones infantil. Como toparse una víbora en el jardín de la casa: mi ámbito mágico.

Y vuelvo a preguntarme: ¿vivirá todavía el infeliz? Si tal es el caso, con seguridad recordará el hecho. Espero que lea este testimonio y lo tome por lo que es: una implacable y eterna impugnación.

La reacción típica de la víctima infantil: callar. Urge hacer entender al niño que la primera de sus armas es la palabra: denunciar, siempre denunciar.

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