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Los salvavidas humanitariosde Siria

Actualizado el 26 de junio de 2014 a las 12:00 am

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Los salvavidas humanitariosde Siria

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NUEVA YORK – Tras más de mil días de muerte y sufrimiento, dos importantes declaraciones públicas recientes muestran por qué la política para con Siria debe entrar en una nueva fase de intensidad y centrarse más. El mes pasado, el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, al exponer su posición más amplia en materia de política exterior, habló de los tres males de Siria: tácticas militares brutales, la amenaza terrorista de la oposición y la necesidad de apoyar a los refugiados. Una semana antes, la Oficina de las Naciones Unidas de Coordinación de Asuntos Humanitarios comunicó detalles espantosos de la crisis de Siria en materia de asuntos humanitarios, incluidos ciudadanos víctimas del fuego de los dos bandos, continuos ataques gubernamentales con bombas de barril y escasez de alimentos y medicinas.

En los tres últimos años, al menos 160.000 personas han resultado muertas, nueve millones han quedado desplazadas y tres millones de refugiados han salido en masa a los países vecinos. Muchos han sufrido horrores indecibles: desde repetidos ataques con armas químicas hasta bombardeos de hospitales y de personas que hacían cola para recibir comida.

El presidente de Siria, Bashar Al Assad, que cada vez está más fuerte, está actuando con impunidad. La oposición está fragmentada, pues comprende más de mil grupos armados, y los vecinos de Siria apenas pueden hacer frente a la extensión del conflicto.

Hace tres años, pocos habrían creído que el mundo haría tan poco para prevenir semejante situación, pero las gestiones diplomáticas durante ese tiempo han sido lamentables. De hecho, las Naciones Unidas (NN.UU.) aún no han sustituido a Lajdar Brahimi, quien dimitió recientemente como su enviado de paz a Siria.

En vista de las escasas esperanzas de que haya una solución política, debemos centrarnos en mitigar la crisis en materia de asuntos humanitarios. El Consejo Noruego para los Refugiados y el Comité Internacional de Rescate, por ejemplo, están llevando a cabo una labor importante, entregando suministros humanitarios en Siria y ayudando a las comunidades de refugiados y anfitriones de cuatro países. Ya han ayudado a 1,5 millones de refugiados sirios, incluido medio millón de desplazados internos, traumatizados, airados y desconcertados por la falta de asistencia exterior.

Se puede y se debe hacer más. En primer lugar, debemos centrarnos en los cuatro millones de civiles atrapados dentro de Siria y hasta los cuales no puede llegar la ayuda. A algunos se los está sometiendo por hambre, mientras que otros son objeto de atrocidades indecibles. Alepo es nuestra “Srebrenica”, el lugar en el que las fuerzas servias cometieron en 1995 la matanza genocida de musulmanes bosnios, con la diferencia de que en Alepo hay más vidas en juego y no hay testigos internacionales para informar sobre lo que está ocurriendo. Pese al infausto desenlace de la misión de observadores de las NN. UU., el Consejo de Seguridad debe buscar formas de aumentar la presencia de la comunidad internacional en el terreno.

En segundo lugar, debemos abordar la insuficiente atención prestada por el Consejo de Seguridad a la situación en materia de asuntos humanitarios y, concretamente, a su incapacidad para imponer el cumplimiento de la Resolución 2139. Proponemos que los miembros permanentes del Consejo, junto con Estados decisivos de Oriente Medio, nombren a enviados humanitarios cuya única misión sería la de garantizar el acceso hasta quienes necesitan ayuda. Los enviados serían diplomáticos y políticos veteranos que podrían tener acceso a los niveles gubernamentales más altos para denunciar las violaciones del derecho internacional, reducir el papeleo burocrático y ejercer presiones sobre las partes combatientes a fin de que se acuerden ceses del fuego locales.

En tercer lugar, debemos intensificar las operaciones transfronterizas. Naturalmente, no será fácil porque afectarán a la soberanía y requerirán el consentimiento de las autoridades, pero es que, a unas horas de esas fronteras, hay millones de personas desesperadas. Medidas sencillas –entre ellas, una mayor facilidad para la confección de registros, procedimientos más rápidos de concesión de visados, una mejor comunicación mutua de la información con los agentes de la ayuda que se encuentran en Damasco y mecanismos de financiación previsibles– permitirían a los colegas que se encuentran en el terreno centrarse en la tarea de llegar hasta los más necesitados. Así la situación cambiaría en gran medida, sobre todo si hubiera coordinación con las entregas de la ayuda en los cruces de fronteras.

Por último, debemos reconocer que la crisis de los refugiados es una responsabilidad internacional colectiva. Jordania tiene más de 600.000 refugiados registrados y un número similar de no registrados, y espera que haya medio millón más este año. El Líbano tiene más de un millón, la mayor población de refugiados por habitante del mundo, equivalente a las poblaciones de Alemania y Francia que migran a los EE. UU. combinadas. Turquía, Egipto e Irak están también gravemente afectados.

Sin embargo, solo se ha comprometido el 26% de los fondos necesarios para apoyar a los vecinos de Siria, lo cual compone un mosaico de ayuda solo a corto plazo. Al menguar los recursos y aumentar las tensiones, esos países necesitan ayuda para velar por que la asistencia a los refugiados esté coordinada con los planes nacionales de desarrollo a largo plazo, como, por ejemplo, el Plan Nacional de Resistencia de Jordania y el Plan de Estabilización del Líbano. Las reacciones internacionales de financiación, coordinación y compromisos a medias no solo amenazan la estabilidad regional, sino que, además, ponen en peligro millones de vidas.

La guerra civil, aparentemente inacabable, de Siria, reñida sin tener en cuenta el derecho internacional, ha dejado incontables víctimas civiles a merced del destino. Deberíamos haber hecho más para prevenir este desastre y ahora ha llegado a ser el mayor imperativo humanitario de esta generación.

Jan Egeland, ex secretario general adjunto de las Naciones Unidas para Asuntos Humanitarios, es director gerente del Consejo Noruego para los Refugiados.

David Miliband, exministro de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña, es presidente y director gerente del Comité Internacional de Rescate. © Project Syndicate.

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