Opinión

El saludable filo de las palabras

Actualizado el 23 de noviembre de 2014 a las 12:00 am

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El saludable filo de las palabras

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Se dice que nuestro cerebro simplifica su trabajo por medio de dos opuestos: así, en lo moral, se encuentra lo bueno y lo malo; en el arte, lo bello y lo feo. En lo que respecta a la historia de la humanidad también se puede encontrar dos opuestos.

Ya lo expresaba con profundidad y claridad el gran escritor Giovanni Papini: “La historia del hombre es la historia de una enseñanza. Historia de una guerra entre los menos, fuertes de espíritu, y los más, fuertes en número”. Y dice sobre los fuertes de espíritu: “Con la palabra hablada y esculpida domaron a los hombres lobo, devastaron a los salvajes, refrenaron a los bárbaros... suavizaron a los feroces, doblegaron a los violentos, a los vengadores, a los inhumanos”.

La palabra es la clave para cambiar y transformar, para construir o destruir, para unir o separar. La palabra y su significado es el gran poder de nuestro tiempo. No son las computadoras, no son las bombas atómicas, no es la comunicación celular. El gran maestro de nuestra civilización es, simplemente, el uso apropiado de las palabras.

Acierto magistral. Muy pocas personas conozco y he conocido con esa sabiduría de la palabra probada; dentro de ese selecto grupo se encuentra don Julio Rodríguez. De su persona se ha hablado mucho en sus aspectos personales o profesionales. Quizás muy poco o nada de su rara maestría de encontrar, develar y compartir ese raro secreto de la palabra, que es la capacidad de encontrar el límite entre los opuestos, entre lo malo y lo bueno, entre lo bello y lo feo, entre lo verdadero y lo falso.

Don Julio nos mostró, con acierto magistral, que las palabras tienen filo. Como la espada de acero sobre la tela o el diamante sobre el vidrio. Las palabras se pueden usar para cortar, separar, marcar fronteras. Su filo es la capacidad de expresar la diferencia de las cosas, lo que es bueno de lo que es malo. Lo que es conveniente de lo inconveniente. Lo verdadero de lo falso. El filo de las palabras es esa característica que nos permite orientarnos claramente y no perder el norte. Usar el filo en la palabra es precisamente encontrar aquella frase o aquella oración que clarifica lo oscuro. El uso de ese filo es un acto potente de sanación de la mente humana; es salir del marasmo de nuestro pensamientos confusos, ordenar la forma en que vemos las cosas para tomar conciencia de que nos encontrábamos en un error o sumidos en la ignorancia.

Don Julio fue maestro y médico, y ejerció y desarrolló con el instrumento del filo de las palabras el poder liberador de la esclavitud de la mente. Pero dejemos que sea su voz sutil y potente la que nos aleccione en algunos temas seleccionados.

Preocupaciones. La dirección de los asuntos que afectan a los demás, a los otros, al bien común es una de sus constantes preocupaciones. También le inquietaba la falta de sustento y base sólida de liderazgo positivo “cuando nos hemos atrevido a derrotar la cultura del desacuerdo”. Esta es una decisión difícil en la vida, pues requiere grandeza de espíritu y dirigentes capaces de anteponer los “valores esenciales”. O con motivo de los estilos de mando en la función pública: “Si el candidato presidencial no tiene un carácter diamantino, capaz de guiarse por sus convicciones y por el interés nacional, y si cede en la selección de sus colaboradores, diputados, ministros o presidentes ejecutivos, puede perderlo todo”.

Por otra parte, sorprende su capacidad de anticipar las consecuencias de los hechos políticos y sociales, con motivo de la reciente elección: “Y en una campaña, como esta, donde el triunfo final puede depender de la fortuna de quedar en un puesto segundón, si ningún candidato sobrepasa el 40% en la primera vuelta, el papel de estos podría provocar un gran desorden en la conducción de la política nacional. En fin, pueden sobrevenir días políticos aciagos”.

Tema obligado para sus ojos profundos y críticos era el tema de la incompetencia y la corrupción. Y, como médico experimentado, encuentra el nombre del agente cancerígeno más activo: “El cinismo, más que la corrupción, es nuestro adversario nacional más temible, pues usa y administra el mal entre los velos sutiles del bien. Deporte tenebroso y demoníaco”.

Contra ese potente y venenoso somnífero de la mediocridad en el manejo de los asuntos públicos, que nos duerme ante lo obvio, ante lo urgente, esta es su sentencia: “La página 8A de La Nación de anteayer se intitula: ‘Aunque se inicie la obra, ni la platina se podría terminar’. Este título puede repetirse en diversas obras, pues somos un país de sinfonías y de charangas inconclusas”. Y nos muestra la cruda realidad de nuestra falta de capacidad: “Pareciera que esta es una ley de la historia. Cuando los problemas se acumulan, la voluntad de corrección disminuye y llega un momento en que, ante el cúmulo de calamidades sociales, el Estado, que es parte del problema, no sabe por dónde empezar, y si acomete la solución, se pierde en la maraña burocrática”. Sin embargo, como generoso sanador, nos ofrece la cura: “Temo que este va siendo, poco a poco, el epílogo de la democracia en manos de un grupo de bribones. ¿Qué hacer? Luchar sin tregua ni temor para que no triunfe la mentira”.

Asuntos sociales. En nuestros tiempos, es casi equivalente decir que nuestro destino como individuos es lo que la sociedad nos permita o limite. Tomar a la ligera los asuntos sociales es tomar a ligera la dignidad del ser humano: “Juventud, valores, familia. Desde tiempos inmemoriales, se habla de estos temas. El problema hoy es que se ha perdido su sentido real y no sabemos adónde vamos”. Hay que llamar a las cosas por su nombre: “Se está trabajando a marchas forzadas para reconquistar el tiempo perdido, pero los años malgastados en educación siguen siendo ‘un crimen’. Un crimen horroroso contra los niños. ¡Pobre Costa Rica!”.

Es tarea de los maestros insignes enseñarnos a ser sociedad, no con gastadas respuestas, sino con desafiantes preguntas: “¿Por qué nuestros mayores problemas han surgido en el campo social, esto es, en la vida de las personas? ¿Por qué nos ha importado tan poco la gente pobre? Esta es la pregunta brutal que la historia y la política nos plantean”. Y el camino de sanación para la sociedad: “¡Cuán difícil resulta escribir sobre la sencillez y humildad de las personas buenas, que pasan por la vida haciendo el bien! ¡Qué fácil, por el contrario, escribir sobre lo contrario!”.

Y es que el problema central que vivimos en Costa Rica es el uso mentiroso y manipulador de las palabras. Es la falta de compromiso con su valor y su significado.

Por eso, don Julio es faro y consuelo para aquellas personas que creen en lo bueno, en lo bello y verdadero. Eso es parte de su legado.

Tomar posición. Nos corresponde a todos nosotros tomar posición en esta guerra buena, en esta lucha por lo mejor del espíritu humano. Don Julio nos da una pista: “Nuestros países tienen una oportunidad histórica, pues van a crecer más que los desarrollados. Esta transformación requiere innovación productiva, urgida de un nuevo liderazgo, que se define por la calidad de la conversación que la gente tiene. Debemos diseñar conversaciones inspiradoras”.

Debemos sanarnos y en el camino sanar nuestra sociedad. Ante la mentira, contestemos con la verdad, frente a lo malo, demostremos que existe lo bueno, y ante lo feo, mostremos que lo bello es mejor. Lo resume don Julio: “En síntesis, nuestra potencia innovadora –y santificadora– está en la palabra y en la conversación. ¿Quién lo creyera en un mundo que ha prostituido la palabra?”.

¡Muchas gracias, don Julio!

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