Opinión

Los sagrados derechos del pueblo

Actualizado el 04 de julio de 2013 a las 12:00 am

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Los sagrados derechos del pueblo

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En teoría, en buena teoría, la democracia representa y defiende el gobierno de los pobres y para los pobres. Nadie dijo nunca, con buen fundamento doctrinario, que era el gobierno de los ricos y para los ricos. Yo pertenezco a un movimiento político histórico en este país que nació, y creció, adherido a estos principios que dan sentido moral a la democracia. Su objetivo fue un gobierno abrazado a los necesitados, rescatando sus derechos y consolidando sus libertades.

Todo lo que justificó la guerra civil de 1948 tiene por base esa razón moral que permite afirmar con autoridad que solo el gobierno de los pueblos y para los pueblos es el que se puede considerar como democrático. Cuando José Figueres expropió a los banqueros particulares y nacionalizó el negocio de la banca, lo hizo en nombre de ese principio: el crédito ha de estar al alcance de los necesitados. Así funcionó la banca estatal durante veinticinco años, creando y fortaleciendo una clase media que dio sentido y solidez a nuestra democracia.

Al expropiar, el Estado pagó a los banqueros privados la correspondiente indemnización. Después de Figueres, vino lo que todos hemos presenciado. Le regalaron –en ocasiones, sus más cercanos partidarios– el negocio de la banca a los banqueros privados y permitieron que los bancos estatales se transformaran en organismos comerciales, funcionando bajo el criterio del negocio, la competencia y la explotación. Se destruyó la clase media, desapareciendo el Estado de bienestar que Figueres fundó patrióticamente.

Cuando en estos días leo en la prensa la lista de las propiedades que nuestros bancos estatales venden, y que se han adjudicado por incapacidad de pago de los pobres, lloro de vergüenza democrática.

Pérdida de rumbo. Hoy, nuestra democracia ya no lo es, porque perdimos el sentido moral de gobierno de los pueblos y para los pueblos. Lo que Figueres duró veinticinco años construyendo, sus herederos lo han desmantelado. Obedecieron al financista, al especulador, y olvidaron la enérgica voz del patriota. Hemos perdido el rumbo ideológico y moral.

No lanzo anatemas generales, afirmando que todos somos culpables, aunque así lo sea. Señalo a mi propio partido porque olvidó su fuerza combativa y su obligación de defender siempre los derechos del pueblo. Era Liberación Nacional la única fuerza política con capacidad para enfrentarse a poderosas imposiciones, tanto nacionales como internacionales, pero no lo hizo. Permitió así que destruyeran la estructura institucional creada para defender la democracia.

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Hoy, la cuarta parte de nuestra población padece hambre, producto de la desocupación obligatoria; el resto se mantiene haciendo equilibrio y dudando seriamente de su futuro. La juventud no tiene esperanzas ni guías políticos que marquen el camino a seguir. En contraste, una pequeña y poderosa clase emergente disfruta de amplio bienestar.

Mientras el Partido Liberación Nacional no tome las riendas de la orientación ideológica y moral, denunciando, combatiendo y proponiendo, estará unido, por acción y por omisión, al liberalismo mercantil y no a la democracia social.

Para las próximas elecciones, nuestros dirigentes están obligados a proponerle al pueblo un cambio radical: retornar firmemente al camino socialdemocrático, denunciando con decisión el materialismo rampante que nos ha robado el alma solidaria y fraternal que nos heredaron los pocos hombres justos que hemos tenido al frente de nuestros gobiernos.

Esto es lo que pide y cree un ciudadano de casi noventa años, que ha sostenido siempre que solo tiene razón de ser el gobierno que aprendió a gobernar hacia abajo, defendiendo los sagrados derechos del pueblo.

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