15 octubre, 2014

Levantarme todos los días muy temprano, bajar por la escalera, abrir la contrapuerta, recoger el periódico y regresar, despaciosamente, al sillón de siempre. Y así, por semanas, por meses, por años.

Nací con la fascinación del periódico. Ninguna otra actividad me dominó tanto. Sin embargo, nunca fui periodista. Por el periódico aprendí a leer la noticia, el suceso del día anterior. El periódico me informó y, de alguna manera, me formó. Las guerras, las revoluciones, los grandes y pequeños acontecimientos los leí, muy temprano, en las páginas del periódico. No me llamó jamás la atención oír la noticia por la radio o verla, sonora, por la televisión. Para mí, la prensa escrita ha tenido prioridad, el diario de la mañana, el mensaje que recibo silenciosamente del periódico que recojo con ansiedad, que aprecio en sus últimos detalles, para abandonarlo después sin preocupación. Es que un diario tiene pocas horas de vida. Por lo general, a las seis de la tarde comienza a morir. A esa hora, lo que dijo ya casi no tiene valor, pero renacerá, al día siguiente, con una nueva información, con noticias distintas y comentarios diversos.

Entonces, de nuevo, me levanto muy temprano, bajo por la escalera, abro la contrapuerta, recojo el periódico y regreso, despaciosamente, al sillón de siempre. Es un placer especial que tenemos solo las personas de mi edad: los que no fuimos formados por la radio, la televisión y la Internet. Los que nos criamos, desde muy pequeños, ansiando ver la caricatura de primera página, con un zaguatillo levantando la patita como sello de artística autoridad, sin presunción intelectual, nada más la sencillez de un rasgo; los que no recibimos las primeras impresiones intelectuales de Pedro Picapiedra.

Pocas impresiones han permanecido más tiempo en mi mente, en mi espíritu, como la aparición del diario La Nación , el 12 de octubre de 1946. Para esta, fecha estudiaba yo en la Escuela de Derecho y aquel primer ejemplar fue como la apertura de un nuevo mundo. La fotografía de los periodistas e intelectuales que prometían algo distinto, novedoso y retador. Era forma y contenido; revolución y promesa. Ese primer ejemplar lo guardé durante 50 años entre mis papeles más queridos, hasta que un día lo fui a buscar para recoger algún dato y ya no lo encontré; preguntando, la empleada manifestó: “¿No sería un periódico amarillo y viejo que estaba en el estante que limpié? Pues lo tiré a la basura”. Entonces fue cuando me enteré de que don Sergio Carballo y don Joaquín Vargas Coto, los dos mejores periodistas que quizá hemos tenido en Costa Rica durante el siglo XX, fueron lanzados al olvido desde mi oficina hogareña, donde habían permanecido tantos años con religioso respeto. Y, con ellos, desapareció también el periodismo de antes para dar lugar al periodismo de ahora; el periodismo que se forma en el periódico desplazado por el que se aprende en la universidad.

Antes, la opinión del periódico era la de su director, el que daba batalla con su nombre y apellidos, el que marcaba diariamente el rumbo. Ahora, todo es más técnico, más académico, de grupos y asesores. El director, que era casi una institución nacional, desapareció. Surgió el periodista de investigación y denuncia, obligado por el debilitamiento de los partidos políticos. El periódico asume, con mayor protagonismo, su condición de cuarto poder. Informa, opina y adquiere una presencia política que antes no tenía. No obstante, continúo añorando al director combatiente que salía de su casa, mañanero, ciñendo espada virtual para defender las grandes causas nacionales.

Lo mismo el columnista destacado, como Vargas Coto, de lectura obligatoria, tanto para intelectuales como para políticos, sin presunción ni vanidad cultural, y quien llegó a ser, según se expresa acertadamente en la presentación de su libro Crónicas de la época y vida de don Ricardo , “una de las más ilustres personalidades del periodismo costarricense. A ese importante quehacer llevó no solo su fina y despierta inteligencia, sino unas excepcionales condiciones estéticas que le otorgaron a su prosa un estilo inconfundible”. Estética y estilo, cualidades que también desaparecen de la prensa moderna.

Particularmente, siempre he preferido ese periodismo primitivo, consecuencia de la improvisación diaria; el que no proviene de la lección, pero que alecciona; el que está lejos de la academia, pero cerca de los libros. El que polemiza, abrazado con el ágora.

Pero ya me acostumbré a lo actual. Por eso, todas las mañanas, me levanto muy temprano, bajo por la escalera, abro la contrapuerta, recojo el periódico y regreso, despaciosamente, al sillón de siempre. Rutina, costumbre, pero también nostalgia.

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