Dilma debió afrontar irrealidad tras irrealidad durante el proceso de destitución

 23 septiembre, 2016

Usted habrá observado, en estos días, cómo renació el folletín en los periódicos. Basta con leer un par de titulares: “Brasilia: tras112 días de farsa destituyen a Rousseff”; o “Dilma destituida: ¿y ahora qué?”, y lo que sigue es una descripción folclórica o una consigna para recordar: “Fora Temer”.

Pero el folletín tuvo su guion y su final. Se trataba, nada más, que de un golpe de Estado que, en lugar de tanques y armas, usó votos: de los 81 senadores presentes –47 de ellos bajo proceso judicial de corrupción y 15 condenados por lo mismo– 61 sufragaron contra la mandataria brasileña en la hora decisiva (Rousseff, le informo, no tiene ningún cargo por corrupción).

Extraño, ¿verdad? ¿Y qué pasó? Hubo que inventar algo, un atajo cualquiera; y los parlamentarios acudieron al pedaleo, una figura de carácter administrativo con el que se cierran los ejercicios fiscales, práctica administrativa “blanca” digamos, ya empleada por gobiernos anteriores. Sin embargo, Dilma no incurrió directamente en pedaleo, aunque sí se mencionó tanto la palabra maldita junto a su nombre que cundió el equívoco.

Lo gracioso y trágico viene después porque, con la velocidad de un guepardo golpista, el Congreso sancionó la ley 13.332/16 que legitimó, en forma expresa, que pedalear es constitucional; y lo hizo sin pudor ni rubores apenas concluido el último debate del impeachment.

Quiere decir que el bicicleteo de cuentas que, desde siempre se juzgó normal, empezó a resultar sospechoso de pecados antirrepublicanos a mediados de mayo y acabó siendo la causa de todos los males precisamente el 31 de agosto, pero… ¡el 1.° de setiembre pasó a ser una conducta admitida!: “La conducta no era ilícita ni lo será después –dijo el profesor de derecho Ricardo Iodi, uno de los testigos de la defensa–. Solo fue considerada delictiva para aprobar el juicio político”.

Pretexto y después. El motivo que se invoca para apoyar una acción no es lo único importante. Más aún: suele constituir un mero pretexto. A través de dicha coartada, irrisoria en sí, pueden anudarse los acontecimientos efectivos.

Llamaré a este fenómeno el pretexto MacGuffin, lo que indica ausencia de motivo, insignificancia del móvil que proclamamos, una especie de cero andante; y el pedaleo es un amaño oficinesco, un orden de presentación de cuentas, de golpe magnificado y puesto a rodar igual que un dado acusador.

Cuenta el director de cine Alfred Hitchcock –especialista en el tema– que sus mejores películas no tienen que ver con el fundamento de la trama: el robo de un código nuclear, el descubrimiento de una célula de terroristas infiltrados en el gobierno, los planos de una fortaleza enemiga, la complicidad del héroe y el traidor, todo esto es el MacGuffin.

El público toma nota y se olvida porque desde la pantalla es bombardeado de continuo entre actos de arrojo, cobardía, desesperación, humor, peligro…

Vértigo (1958), uno de sus clásicos filmes, por ejemplo, es la historia de amor de un hombre que busca recrear a su amada Madeleine, una bella suicida, en la persona de Judy, hasta que descubre que aquella no ha muerto como él creía y que las dos mujeres son una sola. A partir de este reconocimiento, el giro de la cinta es agudo, errático y sutil, idéntico al despertar de un sueño que quiere seguir.

Agredida por una cosa poco esperada –un maquillaje de ciertos registros contables–, Dilma debió afrontar irrealidad tras irrealidad, una atmósfera que disfrutaban sus adversarios de la derecha y que tenía un destino previsto: el golpe que, aunque se vista de institucional, no puede disimular una ideología racista, misógina, propia de señores feudales equivocados de época y a quienes la historia absorberá.

El autor es escritor.