No más planespequeños: Costa Rica debe empezar a pensar en grande

 24 junio, 2015

El embajador de Corea en Costa Rica dice que “vale la pena impulsar el desarrollo de un aeropuerto internacional y de nuevos puertos a gran escala en el Atlántico y en el Pacífico para posicionarlos como pilares del desarrollo de la economía costarricense”, dado el “gran potencial del país y su posición geográfica estratégica” (Opinión , 11/6/2015).

El diplomático invoca la experiencia de Hong Kong y Singapur, naciones que apostaron por un modelo de grandes proyectos de infraestructura que les permitieron convertirse en hubs regionales de comercio exterior, inversión, transporte, almacenamiento y logística.

Por modestia no menciona también a su país, Corea. Añade que “Costa Rica ostenta las características necesarias para ser un hub regional que la conecte con Estados Unidos, América del Sur, Europa y los países de Asia-Pacífico”.

Sustentadas por visionarios del desarrollo como Jorge Manuel Dengo, Carlos Espinach Escalante, Rogelio Pardo Jochs, Ricardo Echandi Zürcher y otros, estas tesis llevaron en los años setenta a tomar decisiones como la construcción del rompeolas, el muelle Alemán y el puerto de Moín en el Caribe, y el puerto de Caldera y Punta Morales en el Pacífico.

Los diseñó la Dirección de Obras Portuarias del Ministerio de Obras Públicas y Transportes, fueron financiados con recursos propios (el rompeolas), por el banco alemán KfW de Fráncfort (muelle Alemán y Moín), por el Eximbank de Japón (Caldera) y por un convenio de concesión entre el Ministerio de Obras Públicas y Transportes (MOPT) y la Liga Agrícola Industrial de la Caña de Azúcar (Laica), en el caso de Punta Morales. La construcción estuvo a cargo de las empresas Zublin y Carrez, alemana y nacional respectivamente. Un arranque promisorio.

Así surgieron el Muelle Alemán, con tres nuevos atracaderos protegidos; la etapa inicial del puerto de Moín; Caldera, con tres nuevos atracaderos y un rompeolas de 300 metros; y el muelle azucarero de Punta Morales. Y hasta ahí llegamos, pues las siguientes etapas de Moín y Caldera se quedaron en el papel por más de 25 años.

Trabas en el desarrollo. En 1996 se obtuvo un préstamo de Taiwán por $15 millones para ampliar en 250 metros el muelle de Moín y adquirir equipo de grúa, pórtico y montacargas. Listo el cartel, el Ministerio de Hacienda vetó la licitación, pues “excedía el límite de gasto” acordado con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Lamentable, pues era una inversión prioritaria con una tasa de retorno del 30% anual.

Un “sabio” descubrió que la Junta de Administración Portuaria y de Desarrollo Económico de la Vertiente Atlántica (Japdeva) no estaba incluida en el límite de gasto –como sí lo estaba el MOPT–, y propuso trasladarle el proyecto, lo que requería modificar el convenio de préstamo ya aprobado por el Congreso. Los amigos de Taiwán pensaron que estábamos locos. ¿No es el mismo país?, preguntaron.

Así hubo de hacerse, y terminó la administración sin que el proyecto pudiera licitarse. Cuando el Congreso finalmente autorizó el cambio que designaba a Japdeva como ente ejecutor, el Ministerio de Hacienda y el FMI decidieron incluirla también en el límite de gasto. ¡Una historia de horror!

El proyecto tuvo que ser postergado para el siglo XXI. Cuando por fin se ejecutó, ya no ofrecía la capacidad requerida. En Caldera se había previsto construir dos atracaderos adicionales –uno para graneles– y la extensión del rompeolas en 180 metros.

El muelle de graneles recién estuvo listo a principios del 2015, treinta años después de lo planeado. La extensión del rompeolas sigue esperando, pues la sección actual se dañó y no ha habido presupuesto para repararla, aunque debería haber sido responsabilidad de la empresa a la cual se adjudicó la operación de puerto Caldera. Hemos estado “jugando a la casita”.

Nuevas oportunidades. La buena noticia es la decisión del Gobierno de promover un plan regional para un Centro de Desarrollo Logístico del Caribe. Este incluye un nuevo aeropuerto, la terminal de contenedores (APM), la terminal de trasbordo de contenedores (Amega), ampliar y equipar el muelle nacional (Japdeva), modernizar y ampliar la carretera Moín-Río Sucio, parques industriales, desarrollo inmobiliario, promoción del empleo y el turismo, educación técnica, etc. Todo después del increíble fiasco de los gobiernos anteriores con el proyecto de Limón Ciudad Puerto, que desperdició un préstamo multiuso del Banco Mundial por $80 millones. Se perdieron por no utilizarlos.

Por otra parte, se estaría considerando un proyecto similar para la región del Pacífico central: el polo de desarrollo y centro logístico, con el nuevo aeropuerto internacional propuesto en Orotina para el 2026 –que bien podría tener el carácter de hub que menciona el artículo del embajador de Corea–, la rehabilitación del ferrocarril, la ampliación y modernización de puerto Caldera para el comercio con países de la cuenca del Pacífico. Además se le une la ubicación y construcción de una nueva carretera al Pacífico, posiblemente por la margen izquierda del Virilla, de 4 a 6 carriles, que sirva también al nuevo aeropuerto en el 2026, sin la cual no sería viable.

La carretera inaugurada en enero del 2010 como “de primer mundo” tiene serias deficiencias de diseño y construcción, además de que ya está saturada. De igual manera, la que va por Cambronero ya cumplió cerca de 60 años de servicio. Esta infraestructura se complementaría, al igual que en el Caribe, por parques industriales, desarrollo agropecuario, promoción de empleo y del turismo, programas de educación técnica, de salud.

Ambas propuestas podrían constituirse en modelos para promover alianzas público-privadas, tema en el que Costa Rica ha quedado rezagada en comparación con otros países.

Hay que pensar en grande. “Make no small plans (no hagas planes pequeños)”, dijo Lewis Mumford, filósofo del desarrollo. Si seguimos pensando en chiquitico, nos va a dejar el tren.

(*) El autor es exministro de Transportes