24 junio, 2015

El 23 de junio del 2014, tras un prolongado y riguroso proceso, cuatro sitios arqueológicos de la zona sur, crisol y hábitat de un impresionante conjunto de esferas precolombinas, fueron declarados por la Unesco patrimonio universal de la humanidad.

El reconocimiento y las múltiples investigaciones en que se sustenta no solo revelan la importancia del legado; también destacan la trascendencia de nuestro patrimonio cultural –tangible e intangible– como rica fuente de identidad compartida.

Los costarricenses alimentamos esa identidad con múltiples y poderosos símbolos. Entre ellos están nuestro acendrado apego a la democracia y a la paz, la defensa y promoción de los derechos humanos y el respeto y orgullo por nuestra rica biodiversidad.

A estos factores debe unirse, como nuevo estandarte, la protección y la comprensión del patrimonio cultural, una tarea de larga data que ahora ha recibido un impulso internacional clave.

Con su declaratoria, la Unesco reconoció que a lo largo de casi mil años nuestros antepasados desarrollaron en el gran delta del Diquís una organización social altamente sofisticada, capaz de crear objetos tan singulares como las monumentales esferas de piedra.

Durante el corto tiempo transcurrido desde la declaratoria, el Estado costarricense se ha esforzado por asumir el compromiso internacional que ella implica; también se ha preocupado por acercar a todos a este patrimonio para su investigación, entendimiento y disfrute.

El Ministerio de Cultura y Juventud, el Museo Nacional, el Ministerio de la Presidencia y la Municipalidad de Osa nos hemos comprometido con la construcción de una red de cooperación que nos permita cumplir con esas responsabilidades. Además, tenemos gran interés en llenar las expectativas que la designación ha creado en las comunidades aledañas.

Nuestro propósito de trabajar juntos en la región Brunca se asienta en una estrategia. La cultura es un motor para la creación de capacidades, y el patrimonio arqueológico, más allá de su importancia intrínseca, puede ser fuente de gestión comunitaria innovadora y creativa.

En Osa confluimos muchos actores con la obligación de atender las solicitudes del Centro de Patrimonio Mundial. La tarea es ardua; el reto, vivificante; sus resultados comienzan a verse.

Tareas realizadas. En el 2015, hemos hecho énfasis en la organización y conservación de este patrimonio, en un mayor uso de alta tecnología en las investigaciones y en la incorporación a nuestras gestiones de un equipo multidisciplinario e interinstitucional. Así podremos avanzar con solidez hacia otras etapas.

En nuestra época es pertinente y obligatorio el trabajo en equipo. Por esto queremos amarrar nudos estratégicos con especialistas del Servicio Nacional de Riego y Avenamiento (Senara), del Instituto de Desarrollo Rural, del Instituto Meteorológico, de la Universidad de Costa Rica, del Conavi y de la Comisión Nacional de Emergencias, entre otros.

La sensibilización de los actores locales también es clave. De la mano de la Municipalidad de Osa aspiramos a establecer zonas de amortiguamiento para los sitios. Con la visión financiera de la Judesur y turística del ICT aspiramos a ampliar nuestras instalaciones en Finca 6, uno de los sitios, y abrir la visitación en los otros tres: El Silencio, Batambal y Grijalba.

Tenemos pendiente una evaluación de impacto patrimonial solicitada por la Unesco, que emprenderemos con la cooperación del Gobierno de México. Esperamos, en los próximos meses, un experto designado por este país amigo, con el que aprenderemos a medir las acciones que pongan en riesgo la condición de valor excepcional de nuestros sitios, y a buscar opciones para afrontarlas adecuadamente.

Disponemos de un plan de gestión que renovaremos sucesivamente con los aportes de un comité de especialistas que la Unesco ha convocado para acompañar al Museo Nacional de Costa Rica en el desarrollo de una estrategia cada vez más integral e inclusiva desde el punto de vista científico y tecnológico.

El aporte de todos. Ha sido un buen año para la confluencia de conocimientos sobre cómo conservar y gestionar el patrimonio arqueológico en el sur. Sin embargo, la red de cuido de nuestro patrimonio cultural demanda mayores y constantes aportes del Gobierno y la sociedad civil.

Confiamos en un segundo año pleno de avances en la investigación, la conservación y la divulgación de los cuatro sitios arqueológicos de valor universal, que también deberán transformarse en polos de desarrollo local.

Nuestros antepasados hicieron de la esfera un símbolo de identidad. Nos corresponde mantener su vitalidad como metáfora de vida cotidiana ancestral. Bien lo dijo Jorge Luis Borges: “Dios es una esfera inteligible, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna”.

Costa Rica no solo es un país de paz, democracia, solidaridad y biodiversidad; es, también, el país de las esferas. Debemos reconocerlo con orgullo y asumirlo con responsabilidad.

(*) La autora es directora del Museo Nacional