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La roca del paraíso

Actualizado el 24 de agosto de 2013 a las 12:00 am

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Con el Peñón hemos topado, Sancho. Trescientos años contemplan el litigio sobre 6.8 kilómetros cuadrados que el Londres acomodaticio, matón del colegio europeo, desea mantener como referencia vigente del otrora Imperio. Pérfida Albión…

Gibraltar es de España como las Malvinas son de Argentina, la base de Guantánamo de Cuba y Hong Kong de China. ¡Ah! Pero Madrid no asusta, en volumen humano/bélico, como Pekín. Similares etcéteras acompañan a Argentina y Cuba.

Repetidamente, el Comité de Descolonización de la ONU ha esclarecido el Tratado de Utrecht para especificar que jamás cedió España la soberanía sobre Gibraltar. Imaginar: cuídame el cerro mientras pongo en orden a los revoltosos internos. Y, al volver, el inquilino se hace el remolón, le agrada la parcela y pretende quedarse. De fuera vendrá quien de tu casa te sacará. Los potentes cañoneros de su flota, y anexos, respaldan al usurpador.

A lo largo de tres siglos de debates y gestiones, los ingleses mantienen su cerrada posición: Lo mío es mío y lo tuyo trataremos de discutirlo. Reiteración añeja, sostenida.

Mencionar a Franco degrada un comentario. Es la moda. Señalar a Churchill es pie de ejemplo, en cualquier situación. Pero la historia unió a ambos en un empeño: impedir a Hitler que cruzase el territorio español para adueñarse de Gibraltar. Los alemanes, dominando el Estrecho, llave del Mediterráneo, harían imposible el desembarco aliado en el norte africano.

Promesa. Churchill prometió a Franco –nota escrita, prueba– que le devolvería el Peñón a España si Alemania no se instalaba en la roca, que tan fácil lo tendría con la colaboración española. El Generalísimo fortificó el Ebro, con cansadas tropas sobrevivientes de la guerra civil, para resistir la posible invasión y los “panzers” germanos nunca pisaron la Península. Los voluntarios anticomunistas de la División Azul, para pelear en la URSS, implican un retazo real, asimilable al momento, coincidente con el poderío extraordinario del Berlín de entonces.

Los llanitos, que así se denominan los 26 mil habitantes de Gibraltar, al amparo y apoyo de las garras del león británico, empujaron sin cesar para acrecentar el limitado promontorio aislado. Y corriendo cerca, incluso, construyeron pista aeroportuaria que no podría funcionar sin invadir el espacio aéreo español.

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El más reciente desafío –provocador de la actual pelea dialéctica entre Madrid y Londres– se concentra en un singular sembradío, alrededor del discutido cerro, de bloques de hormigón, con garfios asimilados que engarzan, perjudican y destruyen las redes de los pescadores andaluces que habitualmente faenan próximos, en aguas jurisdiccionales hispanas. El símil aquí: Nicaragua ofrece zonas petroleras en mar patrimonial de Costa Rica.

El canciller español dio un golpe en la mesa: “Se acabó el recreo”, dijo, refiriéndose a los abusos del Peñón. Y ardió Troya. Controles en la verja/frontera con retenciones de hasta dos y tres horas, revisando salidas y entradas de vehículos. Un promedio de 35.000 personas cruzan diariamente el puesto divisorio.

España exige que se retiren del mar los peligrosos objetos del diferendo. Fabián Ricardo, máxima autoridad de la roca, responde ofensivo y burlón: “Antes se congelará el infierno que Gibraltar de marcha atrás”. Pretende, el Peñón, ampliar su superficie, ganando terreno al mar, para levantar un gran hotel y nuevas residencias sobre el calculado relleno.

Juego evidente. Ensoberbecidos y pendencieros, el juego es evidente: humillar a la piel de toro. Dicen que España protesta y alborota para disimular la crisis que sufre, pero, al revés, por la costosa crisis española, con lenta capacidad de reacción, es que los gibraltareños aventuran audaces avances cobijados por el manto protector del Reino Unido.

El aireado problema del Peñón muestra, al correr de los acontecimientos, que la roca es un paraíso fiscal, de contrabando y lavado. Hay asentadas 30 mil sociedades, los llanitos admiten 18 mil registradas. El resto: manejo subterráneo. El año pasado, 2012, valga de ejemplo, Gibraltar registró la importación de 140 millones de cajetillas de cigarrillos, volumen no asumible por su población. La Guardia Civil española califica su trabajo de revisión y control, ingreso y regreso, como la frontera del delito.

¿Es Gibraltar español o británico?, preguntó el londinense DailyTelegraph a sus lectores hace una semana. Lucía previsible que el resultado se decantara hacia los intereses ingleses. Pero, sorprendentemente, la opción hispana fue la más clara con un 93% de los participantes. Llegaron 269.097 votos y, de ellos, 252.562 se mostraron a favor de que el Peñón sea español.

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Inglaterra ha luchado en Bruselas para que la UE considere a Gibraltar “territorio europeo”. Un gol que Madrid ha impedido, de momento. Es más, el Peñón ni siquiera puede acogerse al Tratado de Schengen, que establece la libre circulación de personas y bienes dentro de la Comunidad. Por ello, España puede realizar los registros que se crean oportunos en la verja fronteriza. Y hasta aplicarle cierre de paso, si se lo propone.

Muchos piden y median para aplicar el principio de “hablando se entiende la gente”. Testimonio en el anaquel de la historia: sabemos lo que, por hablar, entienden los ingleses. El ensayista/historiador costarricense Vicente Sáenz lo ilustró con realismo en un texto revelador: la maniobra con la cual Albión obtuvo consentimiento temporal/territorial de Guatemala, tras vanas promesas que escondían el despliegue filibustero. Se terminó por cercenar la integridad maya para dar paso a una nación injertada, contra natura, Belice.

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