4 julio, 2014

El 28 de junio el señor Alfredo Pizarro publicó en esta sección un extenso artículo increpando, según se desprende de sus palabras, a los “intelectuales” que no comparten su euforia futbolística y cometen el atrevimiento de criticarla. No me considero intelectual, pues esa voz ha sufrido muchos cambios semánticos en detrimento de su esencia original, pero sí pertenezco al grupo que ve desde otra perspectiva la fiesta mundialista, y me interesa comentar algunos puntos expuestos por don Alfredo.

De acuerdo con el respetable ciudadano, una cuestión medular en este asunto es la tolerancia. Sugiere que aquellas personas que no cuentan el fútbol en su lista de preferencias deben optar por una actitud respetuosa y comprender a quienes sí se desgalillan en el estadio o en la sala de la casa con un “goooool” que les sale de lo más profundo de las entrañas, junto con el almuerzo y las frustraciones, sin importarles la paz de vecinos o familiares “detractores”.

Para ser más convincente, señala que el no disfrutar de este deporte es similar a no leer a Vargas Llosa o rechazar el vodka. Mi querido don Alfredo, nada más lejos de la realidad. Si a usted no le gusta Vargas Llosa, no debe afrontar el ver su cara en cada esquina, en los anuncios de televisión, en los diarios, en Internet, o bien tener que responder veinte veces al día a la pregunta “¿por qué no te gusta?” (cual si de un delito atroz se tratara), además de soportar los calificativos de aguado, nerd o traidor, entre otros.

Sí, la tolerancia es fundamental en una sociedad civilizada, pero aquí hablamos de un conglomerado social que no respeta las ideologías divergentes y trata de absorberlas; esas “voces” de Facebook que usted menciona probablemente son minoría, lo cual sólo pone de manifiesto que, una vez más en la historia, de una u otra forma, Goliat siente la amenaza de David.

Jolgorio. La gente no es estúpida, completamente de acuerdo, pero algunas acciones en verdad rozan las nebulosas fronteras de la estupidez. Nadie pretende, de ninguna manera, privarlo a usted de su birrita, su sillón, sus venenos y gritos terapéuticos, pero llamar frívolo y superficial a alguien porque está más interesado en los problemas sociales o ecológicos que en purgarse con noventa minutos de cabriolas, palabrotas y anarquía me parece a todas luces absurdo.

La reflexión y la discusión no generan, con frecuencia, resultados positivos ni a corto ni a mediano plazo, pero subirse a la nube deportiva para después caer de ella con nuevas deudas, nuevos problemas familiares, laborales y hasta psicológicos ( ad nauseam ), sin olvidar la brega eterna por supuesto, todo en pro de contribuir a la noble labor de levantar el orgullo patrio (nótese la ironía), tampoco parece muy buena opción. El jolgorio del domingo 29 de junio dejó nada menos que ciento cuarenta denuncias por violencia doméstica y seiscientas denuncias por disturbios públicos, sin olvidar los ocho muertos en Colombia debido a las “celebraciones”. Los hechos hablan por sí solos.

El dinero. Y si de cosas absurdas hablamos, basta con repasar el mundial en cifras. Dejando de lado los insultantes ingresos de jugadores y técnicos, la clasificación a octavos de final implica un premio de diez millones de dólares. ¡Diez millones! Si bien es cierto que dicha suma no solucionaría el hambre, la injusticia y la opresión, que según sus planteamientos son preocupaciones exclusivas de ciertas élites, las cuales deben rendirse a la charanga futbolera, ¿cuántas familias brasileñas habrían contado con un techo digno con una inversión de esa envergadura? Sin embargo, el gigante se impuso, entre huelgas y gritos de protesta. Brasil, esa tierra dicotómica que oscila entre la miseria y el éxtasis, llora fútbol y come fútbol, literalmente.

No es el fenómeno, don Alfredo, lo que indigna a esas personas frívolas y superficiales reclinadas en habitaciones en penumbra, consumidas por el spleen y el sturmund drang , que discuten con exquisito pesimismo la insoportable levedad del ser: es la magnitud obscena que ha adquirido el fenómeno.

Mientras la humanidad se extingue lentamente entre guerras cada vez más sofisticadas, entre el hambre, el odio y la soledad, crece el culto al dios balón y sus profetas en pantalones cortos, que promete a sus seguidores la expiación irreflexiva de sus pecados y cargas a cambio de la locura y la indiferencia periódicas. Mientras tanto, prefiero el olor a sepulcro que a cantina y vómito.

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