Opinión

El resistible regreso de Nicolas Sarkozy

Actualizado el 17 de noviembre de 2014 a las 12:00 am

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El resistible regreso de Nicolas Sarkozy

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PARÍS – El ex primer ministro de Gran Bretaña Harold Wilson dijo en cierta ocasión que una semana es mucho tiempo en política. Si es así, para las elecciones presidenciales de Francia que se celebrarán en el 2017 falta una eternidad y cualquier elucubración en este momento es prematura e, incluso, imprudente. Aun así, algunos acontecimientos preliminares son dignos de consideración: en particular, los relativos a las impresiones públicas sobre el presidente Hollande y su predecesor, Nicolas Sarkozy, ninguno de los cuales ganaría probablemente en unas elecciones hoy en día.

La desaprobación del electorado francés es una de las pocas cosas que Hollande y Sarkozy, hombres con personalidades y actitudes sorprendentemente diferentes, tienen en común. En realidad, Hollande fue elegido en el 2012 precisamente porque se presentó como el “anti-Sarkozy”. Hoy día, una mayoría importante de los votantes franceses no puede soportar la perspectiva de ver a ninguno de esos dos dirigentes en las pantallas de sus televisores durante cinco años más (esta es la duración de un mandado presidencial francés). Tanto Hollande como Sarkozy han quedado relegados a la categoría de “titular en ejercicio, pero no deseado”.

Algunos podrían achacar el rechazo de Hollande y Sarkozy por parte de Francia a los problemas que afronta la Europa actual. Dada la galopante desconfianza respecto de los políticos y la generalizada frustración que inspira el estado de la economía, es difícil que algún dirigente –excepto, tal vez, en Alemania– pueda hacer campaña con éxito, con miras a su reelección.

Pero esa explicación no aclara por qué figuras políticas como el predecesor de Sarkozy, Jacques Chirac, y el ex primer ministro Alain Juppé son populares precisamente por su experiencia. De hecho, mientras que solo el 20% del electorado francés tiene una opinión favorable de Hollande y casi dos tercios no quieren ver el regreso de Sarkozy al Palacio del Elíseo, más de dos tercios esperan que Juppé desempeñe un papel político importante en los próximos años. Así, Juppé, que cuenta 69 años de edad y ha anunciado su intención de presentar su candidatura en el 2017, es la figura política más popular del país.

Aun así, Sarkozy parece convencido de que, pese a su deshonrosa salida de la presidencia (por no hablar de la investigación en marcha contra él por corrupción), puede recuperar el nivel de aprobación de que disfruta Juppé, quien, como Sarkozy, está afiliado a la Unión para un Movimiento Popular (UMP). Sarkozy, quien nunca ha dejado de considerarse el salvador que Francia necesita urgentemente, parece creer que la popularidad por los suelos de Hollande ha de significar que sus conciudadanos están preparados para su regreso al centro del escenario.

Lo que Sarkozy no ha entendido es que las razones para su derrota frente a Hollande en el 2012 –como, por ejemplo, su extremado nerviosismo y su aparente falta de fiabilidad– no solo son pertinentes, sino que, además, se han agravado por su deseo evidente de revancha. Y poco es lo que puede hacer para disminuir la relevancia de esos datos. A pocos votantes parece importarles la rápida y decidida reacción de Sarkozy ante la crisis financiera mundial del 2007. En política, lo que haces importa menos que la impresión que inspiras.

Así como las impresiones públicas están socavando las perspectivas políticas de Sarkozy, así también están propiciando el irresistible ascenso de Juppé. Aunque Juppé, como Sarkozy, no es ajeno a los escándalos (fue apartado temporalmente de los cargos públicos por un uso indebido de fondos públicos durante el mandato de Chirac como alcalde de París), su edad resulta tranquilizante para los votantes franceses, que lo consideran más prudente y sosegado ahora (también se le considera, de forma generalizada, el chivo expiatorio de Chirac).

De hecho, como alcalde muy apreciado de Burdeos que es, Juppé –a diferencia de Hollande y Sarkozy– parece satisfecho de sí mismo, tanto personal como políticamente. Además, si Juppé cumple su promesa de aspirar solo a un mandato, podría centrarse en las reformas urgentemente necesarias, pero no necesariamente populares, sin miedo a perder las próximas elecciones.

Pero hay otro factor más que contribuye a la popularidad de Juppé: el espectro del Frente Nacional, socialmente conservador y económicamente proteccionista, que está intentando capitalizar el generalizado rechazo de la clase política francesa para consolidar su situación política. La firme posición de centro-derecha de Juppé brinda una opción sustitutiva fiable, aun cuando sea profundamente partidario de Europa.

Sobre ese telón de fondo, mientras que Sarkozy podría perfectamente pasar a ser el presidente de la UMP el próximo noviembre, cuando se dispute ese cargo en un congreso especial del partido, su selección como candidato presidencial de la UMP dista de estar garantizada, dada la resurrección de Juppé. En este momento, el desfase en la opinión pública entre Sarkozy y Juppé no cesa de ampliarse.

Es demasiado pronto para decir quién será el próximo presidente de Francia, pero la intensa y repentina popularidad de Juppé es una señal tranquilizadora de que los franceses no han perdido la razón ni la esperanza.

Dominique Moisi, profesor en L’Institut d’Études Politiques de Paris (Sciencies Po), es asesor superior en el Instituto Francés de Asuntos Internacionales y profesor visitante en el King’s College de Londres. © Project Syndicate.

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