Opinión

Mi religión

Actualizado el 09 de marzo de 2015 a las 12:00 am

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La práctica solitaria es, al concierto público, lo que una plegaria matutina a una misa solemne.

Pero hay algo más: esa liturgia privada a ritmo de metrónomo, esas secuencias de escalas y arpegios, amoroso forcejeo con los pasajes difíciles de cualquier pieza, vencidos –¿o seducidos?– a punta de repetición y método, tienen para mí el carácter de una ablución ritual.

Es lo que me limpia de la maledicencia y las inanidades proferidas durante el día. No es mera gimnasia. Las horas de intimidad con mi instrumento constituyen un espacio mágico y sacro; asumen una dimensión ética y religiosa.

Como músico, mi más caro anhelo sería producir un día una interpretación tan pura, tan serena y hondamente contemplativa, que el auditorio se abstuviese de aplaudir, y yo, como un sacerdote que ha oficiado su misa, pudiese levantarme y abandonar el escenario en silencio. Hasta el momento, nunca me ha sucedido, pero no pierdo la esperanza.

“Toca en fe mayor” –solía decirme un amigo, hombre noble y bondadoso–. Siempre lo hago. Y en efecto: es preciso transponer a “fe mayor” aun aquellas piezas que sean atonales o dodecafónicas.

Es la tonalidad de mi alma. Si alguna vez me he sentido cerca de Dios, ello ha sido asomándome al trasmundo que la música oculta. Entre sus pliegues duerme, arrebujado, el Deus absconditus de Pascal. El piano ha hecho por mi fe más que todas las homilías del mundo. Ahí les dejo mi testimonio. Es sincero, es puro, y ahora también les pertenece.

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