Ningún fanatismo debería eclipsar el gran aporte de las religiones a la civilización humana

 14 julio

Esta semana, los judíos observantes de todo el mundo leemos el final de la historia bíblica de Pinjás, hijo de Eleazar, nieto de Aarón el primer sacerdote, y sobrino nieto de Moisés.

El relato nos cuenta de un hombre fanático que hizo justicia por sus propias manos al atravesar con su lanza a un hebreo y a una cananita que estaban teniendo relaciones sexuales en su carpa. (Números 25:7-9).

El texto, que de acuerdo con la crítica bíblica viene de una fuente sacerdotal, pondera a Pinjás por su “acto de valentía”. Pero en el Midrash y el Talmud, que es donde realmente se terminaron de forjar los valores judíos, los rabinos cuestionan este acto de barbarie, hasta el punto de preguntarse si esto es lo que verdaderamente la religión viene a aportar al mundo y a la civilización humana.

El fanatismo es producto de una lectura literal y fundamentalista de los textos sagrados, que muchas veces dejan escapar los valores más importantes y verdaderamente sagrados de las religiones.

La Biblia nos habla del valor de la libertad con que se inició la aventura del pueblo judío al salir de Egipto (éxodo); de la justicia: “Justicia, justicia perseguirás” (Deuteronomio 16:20); del amor: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19:18); y de la paz (Números 6: 22-27).

Ética. En el Talmud, es conocido el relato del prosélito que quiere adoptar el judaísmo y, para ello, pide que le digan de qué se trata, mientras está parado en un solo pie. Después de fracasar con Shamai, va al otro gran maestro de la época, Hilel, y obtiene como respuesta: “No hagas a los demás lo que no querés que te hagan a vos. Esa es toda la Torá. Lo demás es comentario. Andá y estudiá” (Tamud Babilónico, Shabat 31, A).

Lo que Hilel está diciendo es, básicamente, que la religión debe nacer a partir de la ética. Toda religiosidad que deje fuera la conducta ética corre el riesgo de caer en el fanatismo.

El extremismo judío, la intransigencia y la religión por compulsión son expresiones fundamentalistas. Y entre el fundamentalismo idéico y el político hay solo un suspiro, lo que es parecido a decir que de la violencia ideológica a la verbal y física hay solo un suspiro.

La historia nos lo demuestra.

Me pregunto cuál es el verdadero judaísmo: ¿el de Pinjás o el de Isaías? El del asesino de Rabin que se sacó la kipá solo para disparar o el de Hilel el sabio? ¿Cuál es el verdadero judaísmo?

Nuestros hermanos menores, como así llamó al cristianismo su santidad Juan Pablo II, no escapan a este peligro. Las cruzadas que tenían por objeto “liberar Tierra Santa” arrasaron con pueblos enteros en un horroroso mar de sangre y muerte. La Santa Inquisición, con sus humillantes “autos de fe” y las hogueras humanas, no solo no tuvo nada de santa, sino que fueron una profanación del nombre de Dios, paradójicamente, en su nombre.

Hasta el escandaloso silencio de la Iglesia durate la Shoá, donde fueron asesinados sistemáticamente 6 millones de judíos, y cuyo pedido de perdón también fue iniciativa del santo padre Juan Pablo II.

Me pregunto si algo de esto tiene que ver con el maravilloso Sermón de la Montaña que desborda amor y pureza. ¿Cuál es el verdadero cristianismo?

Islam. Sin ser un erudito en la cultura musulmana, lo poco que leí y estudié del Corán no tiene nada que ver con terrorismo, bombas asesinas, kamikazes y matanza indiscriminada de mujeres y niños. Los escritos de Ibn Sina e Ibn Rushd de los que Maimónides mamó, hablan de una búsqueda sincera de la verdad, la virtud y la conciencia humanas. Entonces: ¿Cuál es el verdadero islam?

La respuesta a estas preguntas es obvia. Ningún fanatismo debería eclipsar el gran aporte de las religiones a la civilización humana, ni mucho menos llevarnos a crear estereotipos, creyendo que toda persona religiosa es un fanático o un asesino en potencia.

Las religiones pueden, y a mi entender deben, contribuir a la reparación del mundo. Todas traen un mensaje de sensibilidad, justicia social y paz. Los valores que representan, aun desde la diversidad multicolor de sus diferencias, son cruciales para comprender la vida desde un lugar trascendente, pero no tanto por la trascendencia divina, sino más por la humana: para entender que no podemos ni debemos vivir solo como bestias salvajes, y que si nos lo proponemos podemos intentar ser tan solo un poco más humanos.

Religión no es igual a fanatismo. Los fanáticos, los fundamentalistas y los violentos no son, a mi entender, verdaderamente religiosos, ni pueden ser los representantes legítimos de la vida y de los valores supremos. Más bien son representantes del odio, la violencia y la muerte.

Aquellos que creemos en los valores de nuestras tradiciones religiosas todavía soñamos con transformar la realidad hacia un ideal futuro de amor y de paz, para todos, sin excepción.

El autor es rabino de la congregación B’nei Israel Costa Rica.