4 julio, 2014

Ingredientes: una base de catolicismo apostólico romano, dos cucharaditas de budismo, una onza de taoísmo, una pizca de hinduismo de cafetín, condimentos al gusto tomados de las religiones amerindias precolombinas. Licúe en batidora durante quince minutos, añada, para enriquecer la salsa, alguna noción exhumada de las ancestrales mitologías etrusca e hitita, ¡y lista para disfrutar, fría o caliente, ligada o en las rocas!

La gente “confecciona” hoy en día su propia religión, tailor made , a la medida, ad líbitum, a piacere . Lo que nos sirve de aquí, lo que nos sirve de allá: ¡acomodaticia, refrescante compota! ¿Por qué habríamos de aceptar un credo religioso impuesto “desde afuera”, en un mundo donde el cliente “siempre tiene la razón”, cada carro fue hecho “especialmente para usted”, nos afanamos en “personalizar” nuestra computadora (¡vaya noción!), y los estilistas y asesores de imagen se devanan los sesos para “individualizarnos”, “singularizarnos”, hacernos sentir “diferentes”, “especiales”? ¿Necesitaríamos con tan desesperada intensidad proclamar nuestra “diferencia”, cantar los loores de nuestra “singularidad”, si en efecto estuviésemos seguros de ser diferentes y singulares?

Con más de 80.000 adeptos, sedes en 60 países y corifeos tan notorios como Riquelme, Ronaldinho y Owen, la religión maradoniana no es, en modo alguno, un fenómeno aislado.

Menú surtido. Cosas más desopilantes se ven hoy en día. La religión Chuck Norris (chucknorismo, con una oración llamada “Chuck nuestro”, a la manière de Maradona, y siete pecados capitales); la religión Bob Esponja (cuya filosofía aspira a gozar de las pequeñas cosas de la vida); la lacrimología (promovida por la banda norteamericana Tool, pretende que el sufrimiento y el llanto nos elevan a formas superiores de la conciencia); el presliterianismo (culto a Elvis Presley: sus seguidores son instados a mirar hacia Las Vegas una vez al día, peregrinar a Graceland y visitar el sacro templo por lo menos una vez en sus vidas); la Primera Iglesia del Monstruo Volador Espagueti, o Pastafarismo (sus acólitos sostienen haber sido tocados por el “apéndice tallarinesco” de su deidad, y utilizan, como Maradona, la imagen de La creación de Adán, de Miguel Ángel: en ella nuestro noble ancestro es entregado al mundo por Monesvol, surrealista criatura constituida por dos albóndigas y un embrollo de tallarines en tremolina); el raelianismo (los seres humanos procederíamos de colonizadores extraterrestres que nos habrían engendrado mediante la ingeniería genética); la religión Jedi (con adeptos en Inglaterra, intenta elaborar una teogonía “a lo Hesíodo” a partir de los personajes de la saga de La guerra de las galaxias); la religión Brahatmanariyú (esta secta propone, de manera astutamente sincrética, que su dios, Brahatmanariyú, es hijo de Yavé, sobrino de Buda, primo de Alá, nieto de Zeus y vecino de Pachacámac: ¡todo el mundo quedó contento!).

El menú es surtido, ecléctico, variopinto. Además, no lo olviden: de conformidad con el moderno concepto de la “fusión”, pueden ustedes elaborar su propia religión según lo que les apetezca o mejor convenga… Modelo para armar , de Cortázar. Después de todo, si un edificio de Las Vegas integra la esfinge de Guiza con la torre Eiffel, un par de gárgolas góticas, un portal barroco, dos columnas del Partenón y una pincelada de Lloyd Wright, ¿por qué abstenernos de análoga operación, al “esculpir” nuestra religión “personal”?

Reír con benevolencia. Es difícil no reír con todo esto. Y acaso sea lo mejor que podamos hacer. Reír con benevolencia (de bene-volere: querer el bien). No juzgo nada: me limito a constatar. Es una reflexión descriptiva, no prescriptiva, la que aquí propongo. ¿“Religiones paródicas”, la de Bob Esponja, Maradona o Chuck Norris? Sospecho que sus adeptos no suscribirían esta noción: ¡ofician bautismos, bodas y sepelios, con la iconografía y los rituales del caso, y muchos son los testimonios de “miracolati” que aseguran haber sido sanados por sus mediáticos mesías!

Luego pienso en las grandes religiones abrahámicas. ¿Es posible –siquiera deseable– invocar el concepto de “pureza religiosa”? ¿No resulta tan quimérico como suspirar por la “pureza étnica” o la “pureza cultural”? ¿Hubo jamás una religión que fuese “pura”? El cristianismo ¿no es, de suyo, sincrético? ¿No cabe rastrear en él elementos de viejo cuño judaico, platónico, egipcio (a través de Pitágoras), arameo y órfico? ¿No dijo Nietzsche que el cristianismo era “el platonismo de los pobres”? ¿No es el topos uranos platónico una prefiguración laica del reino de los cielos cristiano?

Por supuesto que la discusión queda cancelada desde el momento en que se asume el cristianismo como verdad revelada (absoluta, universal, a-histórica). Este tipo de posición –por la que siento profundo respeto– esteriliza cualquier debate posible. Pero en tanto que fenómeno histórico, la ética y escatología cristianas son perfectamente concebibles como un producto más de la hibridez de los pueblos, de la recíproca fecundación de las culturas. El cristianismo no es, ciertamente, una religión “a la carta”, y créanme que me inspira más respeto que el culto a Chuck Norris, pero no escapa al sincretismo propio de toda construcción multicultural.

No afirmo ni niego, no celebro ni sanciono, no catequizo ni des-convierto: soy un “preguntador”, no un “respondedor” profesional. Mi sentir es este: el ser humano está condenado a ser divinamente, gloriosamente, exqui-sitamente impuro, y en ello radica su grandeza.

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