Opinión

El relato de Abraham Gutreiman

Actualizado el 28 de enero de 2015 a las 12:00 am

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El relato de Abraham Gutreiman

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No imaginaba aquel día de octubre que al traspasar el umbral de la puerta habría de conocer la casa que alberga mi actual oficina y, al mismo tiempo, ingresaría a un mundo que había conocido desde otras vivencias: el del dolor permanente que es la Shoah .

Chana Gutreiman fue artífice del milagro esa tarde en que también me abrió su corazón, me contó sus vivencias y me presentó a su madre, Frieda Goldberg.

Doña Frieda, mujer fuerte y de mirada profunda, había sobrevivido al Holocausto. Por el simple hecho de ser judía, su familia fue llevada a la Unión Soviética para realizar trabajos forzados en los gulags, de donde fueron liberados en 1943; luego, se instalaron en Nikolks y, finalmente, ella, en Berezovka, para continuar sus estudios escolares, acogida por una familia. Sus padres, a quienes visitaba los fines de semana, se establecieron en Vorms.

La guerra terminó en 1945 y, un año después, la familia Goldberg fue repatriada a Polonia. Allí la joven de 17 años conoció a Abraham Gutreiman, de 28, con quien se casó tres meses después del primer encuentro.

Dos sobrevivientes. Gutreiman fue también sobreviviente, pero en otras circunstancias. Con su madre, hermanos y hermana abordaron el tren a Treblinka. La mamá les dio una indicación: si sobrevivían, debían encontrarse en casa de Paliski, un polaco que, generosamente –y pese al riesgo que ello significaba–, les daría posada. Ya en el tren, todos sabían cuál era su destino, pero, en su vagón, alguien logró abrir un boquete y empezaron a lanzar, uno tras otro, a los pasajeros del tren en marcha. Algunos sufrieron fracturas; otros murieron; y varios sobrevivieron en ese intento por huir del destino final. Abraham fue lanzado y sobrevivió, pero la salida del ferrocarril lo atormentó por el resto de su vida: en ese instante fue arrebatado de la muerte, pero también de su familia. Sin dudarlo, se dirigió a casa de Paliski, y allí comenzó su espera. Muchos días después, llegó su hermano Yankel (Jacobo), que había corrido su misma suerte, pero nadie más llegó.

Contradicción. ¡Oy mame!, eterno dolor, queja, exclamación y recriminación sobre esa particular circunstancia que le permitió seguir con vida. ¡Oy mame! ¡Ay mamá!, esa mamá que no sobrevivió a la atrocidad. ¡Oy mame!, parte de ese reclamo interior y constante al Dios que permitió el Holocausto, y la contradicción con ese mismo Dios que lo salvó de Treblinka. Así se llama el título del libro, recientemente publicado, sobre esta desgarradora historia: ¡Oy mame! ¡Oy mame! Abraham Gutreiman. Vivir después del Holocausto.

En el prólogo, Elizabeth Odio dice: Este relato es un vivo testimonio de que no podemos ni debemos olvidar que el odio, la violencia, la discriminación, el desprecio, la humillación, el antisemitismo, engendraron el monstruo del Holocausto. Que la Shoa debe permanecer presente y viva en la memoria de la humanidad para que no se repita. Que el dolor y el sufrimiento de Abraham y Jacobo a través de los años en que sus plegarias no fueron escuchadas, es una historia universal, es la historia del genocidio del pueblo judío. De sus mujeres y sus hombres que por siglos han peregrinado por el planeta en busca de paz. Y también es un espejo para que los judíos y los que no lo somos, todos y todas, nos veamos ahí reflejados y que al igual que lo hicieron Abraham, Jacobo y Frieda, luchemos juntos por la vida y por la paz con amor y coraje .

Frieda, Abraham y Yankel sobrevivieron para testimoniar los horrores en los que se hundió la humanidad; sobrevivieron para que repudiemos la discriminación por toda causa; sobrevivieron para que al oírlos recordemos sus historias y exclamemos, sin dudarlo: ¡Nunca más!

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