6 septiembre, 2014

PARÍS – Al principio de la Guerra Fría hubo en Estados Unidos un intenso debate entre los partidarios de contener al comunismo y quienes querían forzarlo a retroceder. ¿Era suficiente limitar las ambiciones de la Unión Soviética, o se necesitaba una postura más agresiva, a veces descrita como “contención reforzada”?

La reciente controversia entre el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y su exsecretaria de Estado (y posible sucesora), Hillary Clinton, parece revivir ese debate. Pero ¿son sus términos de referencia útiles ahora que Occidente se enfrenta a los desafíos simultáneos del Estado Islámico en Medio Oriente y de una Rusia revisionista? ¿Hacen bien los líderes occidentales en suponer que los dos desafíos son distintos, de modo que con Rusia basta la contención, mientras que una política de reversión es imprescindible en el caso del Estado Islámico?

La idea sería que Occidente necesita a Rusia tanto como Rusia necesita a Occidente, mientras que lo último que querría alguien es tener un santuario para fanáticos islamistas en el corazón de Medio Oriente. Por eso, para convencer a Rusia de cambiar de política hay que apelar a una combinación de sanciones económicas, unidad estratégica y compromiso diplomático. En cambio, las ambiciones del Estado Islámico no se pueden contener, de modo que hay que suprimirlas.

Pero Occidente necesita reconsiderar esta estrategia, porque los dos desafíos no están del todo separados. Si hace un año, tras el ataque a un suburbio de Damasco, Obama hubiera hecho valer en Siria la prohibición de cruzar la “línea roja” respecto al uso de armas químicas, es probable que el presidente ruso, Vladimir Putin, no se hubiera atrevido a tanto en Ucrania. Del mismo modo, ayudar a los kurdos a enfrentar al Estado Islámico puede transmitir un mensaje al Kremlin.

Para enfrentar este doble desafío se necesitarán una combinación de pensamiento estratégico coordinado a largo plazo y capacidad pedagógica. Los líderes deben explicar y aclarar. Dada la complejidad, la urgencia y la escala de las amenazas a que se enfrentan Estados Unidos y Occidente, hablar de no hacer tonterías, como hizo Obama hace poco en una entrevista para el New York Times , no es suficiente.

La Guerra Fría era tan simple que no había mucho que explicar. Occidente tenía un único oponente, y ambos lados comprendían las reglas del juego (es decir, la lógica del equilibrio del terror). Sobre todo, era relativamente fácil descifrar la “mentalidad soviética”.

Los desafíos actuales son complejos, no solo porque son más de uno, sino también porque es difícil entender la “mentalidad yihadista”. Claro que uno puede decir que el sueño del Estado Islámico de restaurar un califato sunita es tan anacrónico como la ambición neoimperial de Putin. También se puede decir que tanto Putin como el Estado Islámico extrajeron gran parte de su fuerza de la debilidad de Occidente, particularmente de no haber puesto límites claros y creíbles a sus acciones.

Pero, aunque Putin y el Estado Islámico hayan aprovechado la confusión, la vacilación y la división de Occidente respecto de cómo enfrentarlos, tampoco son tigres de papel. Si lo fueran, a Occidente le bastaría esperar a que sus adversarios se derrumben bajo el peso de sus propias contradicciones: en el caso de Rusia, la sobreestimación de los medios con que cuenta, y, en el del Estado Islámico, las consecuencias de su crueldad espantosa.

Esa hipótesis parece, en el mejor de los casos, optimista. Aunque ofrecer resistencia al Estado Islámico es posible, este supone un desafío mucho mayor que cualquiera que haya planteado Al Qaeda. El Estado Islámico se puso un objetivo territorial concreto y cuenta con amplia financiación, armas sofisticadas y un comando militar competente. Al mismo tiempo, sería tan peligroso sobreestimar hoy sus capacidades como ayer fue subestimarlas.

La misma lógica vale para la Rusia de Putin. La captura de Crimea fue una maniobra rápida y bien ejecutada, pero, en el contexto más complejo y dividido de Ucrania oriental, no sirven las mismas tácticas. Al ganar Crimea como lo hizo, bien puede ser que Rusia haya perdido Ucrania.

En el clásico tratado Estrategia: la aproximación indirecta , B. H. Liddell Hart reflexiona sobre sus experiencias en la Primera Guerra Mundial e insiste en lo temerario que es atacar directamente a un enemigo atrincherado. Según el autor, “en estrategia, el rodeo más largo suele ser el camino más corto”.

Hoy, probablemente Liddell Hart recomendaría a Occidente concentrar sus esfuerzos en ayudar a los combatientes kurdos en Medio Oriente y al Gobierno ucraniano en Europa oriental. Pero hay que hacerlo sin idealizar ni a unos ni a otros. No serán los “buenos” simplemente porque Occidente los respalde, pero, en cualquier caso, son infinitamente mejores que las fuerzas a las que se resisten.

Tanto si el objetivo es contener o revertir, las reglas del juego deben ser claras: ponerles límites a “ellos” es el modo para Occidente de definirse con renovada claridad a sí mismo.

Dominique Moisi es profesor en el Institut d'Études Politiques de París (Sciences Po), asesor superior en el Instituto Francés de Asuntos Internacionales y profesor visitante en el King's College de Londres. © Project Syndicate.