5 enero, 2015

La discusión de una reforma fiscal en Costa Rica difícilmente dejará por fuera al impuesto sobre la renta. Por un lado, lo invocan personas preocupadas por lograr un sistema impositivo con mayor incidencia progresiva. Por otro lado, personas preocupadas por la eficiencia de los mercados valoran que la renta es un impuesto directo que no debería alterar las decisiones de consumo.

Ambas personas deben estar descontentas con nuestro actual impuesto sobre la renta. El 4,09% del PIB que recaudamos en el 2013 no se encuentra lejos del 3,6% que recaudábamos en 1983, con la ley anterior. Esto ha impedido aumentar la carga tributaria del país y reducir la dependencia de los impuestos indirectos.

Tampoco ha mejorado la composición del impuesto sobre la renta, que no es tan

“directo” como desearíamos. Para empezar, su potencial recaudatorio no se encuentra centrado en las personas (cuan más centrado esté en la persona, más directo es), sino en las empresas. Esto trae dos efectos negativos sobre la incidencia progresiva de este impuesto. Primero, las empresas siempre podrán trasladar parte del impuesto a los consumidores. Segundo, la capacidad de poner tasas máximas progresivas será claramente limitada. Una empresa siempre podrá escapar a tasas altas dividiéndose en dos, ¡mientras que una persona difícilmente podrá hacer eso!

Único en el mundo. Para dar un aporte a la pregunta que se hace este artículo, emprendimos un cuasi experimento con datos administrativos de la Administración Tributaria. El cuasi experimento se da gracias a dos cosas que hacen el impuesto sobre la renta en Costa Rica único en el mundo. Por un lado, las tasas se aplican para toda la renta de la empresa y no de forma marginal, como se estila en economías desarrolladas. Por otro lado, las tasas se definen con base en la renta bruta pero se aplican a la renta neta.

En los umbrales del 10% al 20% y del 20% al 30%, se dan en la práctica tasas marginales de más de un 100%. Es totalmente irracional para una empresa ubicarse después del umbral si no es que una significativa producción hace recuperar este salto en el pasivo fiscal.

Lo que se espera en teoría sucede en la práctica. La distribución de las empresas se aglomera en los umbrales y cae significativamente después. Esto genera pérdidas recaudatorias significativas. Sin embargo, se obtuvo un segundo hecho estilizado que no se esperaba. Después de pasada la zona de dominancia (donde la tasa impositiva marginal es más de 100%), las empresas aparecen con costos medios cada vez más altos. Esto se repite del primer umbral al segundo y del segundo al tercero. No importa si la empresa es micro, pequeña, mediana o grande: todas pagarán alrededor de 1,5% de su renta.

Al sumar los efectos en las ventas y en los costos podemos obtener una elasticidad neta de impuestos que permite obtener la tasa de imposición óptima. Para el primer umbral, la tasa marginal óptima andaría por encima de 20%, y la del segundo umbral cerca de 30%. Sin embargo, el costo inframarginal que tendría esto en las empresas grandes fuera de los umbrales traería al traste cualquier mejora recaudatoria. Pero tampoco se mejoraría la recaudación con un flat tax del 30%; ahora sería la excesiva reacción de las pequeñas y medianas empresas a una mayor tasa la que traería pérdidas netas a Hacienda.

El estudio parece zanjar parte de la discusión fiscal. Mejorar la recaudación de la renta en las empresas estaría limitado a mejoras administrativas, mientras que el espacio reformativo debería estar centrado en unificar y universalizar las rentas personales y tasarlas con progresividad. Una reforma que fracasamos de implementar tres décadas atrás, debe volver al tapete.