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La rebelión de un maestro universal

Actualizado el 01 de junio de 2014 a las 12:00 am

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La rebelión de un maestro universal

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Bastaron pocos meses para sopesar la valía de un maestro que sobrevivió cien años en este mundo, cuarenta de los cuales lo hizo en Costa Rica. Cada semana, por las tardes, lo visité en su casa. Él acostumbraba leer en voz alta algunos de sus artículos, capítulos enteros de libros, contar historias y hacer muchas preguntas. Amaba la enseñanza, amaba enseñar. Así pasaban las horas –una, dos, tres, cuatro– en conversaciones que para mí, aprendiz de brujo y mozalbete, eran un despliegue de sabiduría inolvidable. Me refiero a Francisco Álvarez González, mago en el arte de pensar y de vivir, y de sentir. Cuando transcurrieron los años, al leer su mayor obra – Reflexiones sobre la vida humana –, caí en la cuenta de que, en las tardes de aquellos días, él explicó, sin saberlo el aprendiz, la madurez de su aventura.

El mayor acto de rebelión. ¿Cuál es la raíz donde se origina la ofrenda generosa del itinerario intelectual de Francisco Álvarez? Permítaseme identificar-la: es la rebelión existencial. Sí, la rebelión frente a lo rutinario e inerte de los lugares comunes, los mitos intelectuales, las tecno-burocracias organizacionales, los “-ismos” ideológicos y políticos que impiden el despliegue de la imaginación y la creatividad; en suma, rebelión como acto de irreverencia respecto a una época de medianías (mediocridades) y demasías (excesos en la superficialidad del vivir de prisa, enceguecidos por lo impersonal del “hombre-masa” y la publicidad), como él acostumbraba llamarla. En esto, Francisco Álvarez pertenece a la estirpe de personas como José Ingenieros y Chesterton, quienes también se distanciaron de los convencionalismos sociales y modas intelectuales para, así, mostrar que pensar con excelencia –como amar con libertad– es el mayor acto de rebelión, y que, frente a esta antropología esencial, cualquier sistema constituye una prisión.

La fuerza de la nobleza. Esta rebelión se desliza en la profundidad de las obras de Francisco Álvarez y deja ver su rostro en líneas y entre líneas. Sea que tomemos Historia de la filosofía –en dos volúmenes–, Introducción a la filosofía, Historia del pensamiento antiguo, Reflexiones sobre la vida humana, La herencia filosófica, El pensamiento moderno y la idea del hombre, Fenomenología y existencialismo, Supuestos metafísicos en las ciencias, Cinco lecciones sobre el humanismo, o sus breves escritos sobre Fichte, Spinoza, Nicolai Hartmann y Kant, lo cierto es que, en el fondo de todo este portento de entrega intelectual y rebelde, anida la fuerza de la nobleza, que, al decir de Francisco Álvarez, es hacer con excelencia lo que se sabe y se debe hacer.

Renacentista. Abogado y filósofo, discípulo de José Ortega y Gasset, Manuel García Morente y José Gaos, condiscípulo de Julián Marías y Manuel Granell, su formación universitaria transcurrió en un momento de lucidez en la cultura de España, estancia del espíritu anterior a la Guerra Civil, la República y el franquismo.

Bien lo explica el filósofo Santiago Manzanal Bercedo cuando escribe, refiriéndose a los años de estudiante de Francisco Álvarez, que él bebió, “sorbo a sorbo, el venero especulativo que a raudales dio ese extraordinario momento de las letras españolas… forjado por la acción de tres generaciones sucesivas, separadas, más o menos, por intervalos de diez años: la primera, que agrupa a los poetas modernistas y a los prosistas del 98, cuya figura principal es Unamuno; la segunda, comandada por Ortega y Gasset; y la última, con García Lorca a la cabeza” ( La Nación , 5/2/2013: “Francisco Álvarez González, un pensador inmortal”).

Sobrevino luego la España rasgada y desgarrada de la Guerra Civil y la inmediata posguerra, de la que también Álvarez es hijo, protagonista y testigo. Si alguien quiere acercarse a las fibras íntimas de aquellos años y del proceso que condujo a la división de España, que lea la tetralogía de José María Gironella: Los cipreses creen en Dios , Un millón de muertos , Haestallado la paz y Los hombres lloran solos , y las novelas Por quién doblan las campanas , de Ernest Hemingway, y La voz dormida , de Dulce Chacón.

Francisco Álvarez es español de aquellos tiempos, pero también, como renacentista indomable, hombre universal. Su obra –que él califica de orteguiana por los cuatro costados y, por lo tanto, enraizada en la influencia de Fichte– no le pertenece a ninguna capilla, sea política, religiosa o intelectual, porque el origen que la hace ser es la autónoma humildad de su espíritu. Cuando a principios de la década de los cincuenta del siglo XX se le ve en Ecuador, y luego en Chile, y después en Costa Rica, y por acá y por allá en la extensa geografía de Latinoamérica, era claro que su paso por estas tierras sería fecundo.

Medianías y demasías. Lo fundamental respecto a las medianías y las demasías se encuentra en tres de sus libros (Los intelectuales y sus mitos, El reto de la mediocridad y Camino de sensatez). Él piensa que la primera mitad del siglo XX fue mucho más excelente e imaginativa que la segunda, y que en el teatro del mundo domina ahora la medianía y el exceso de superficialidad, esto es, no el genio ni el perfecto inculto, no el ángel ni el demonio, no el sabio ni el idiota, no el inteligente ni el estúpido, sino el mediocre, ese ser domesticado por la publicidad y la seudo-educación, cuyo propósito no es otro más que vivir en rebaño y no complicarse la existencia.

Eco de sus miedos, “calladito es más bonito”, dice la mediocridad en su cima, y en ese ambiente dominan los hombres –y las mujeres– de un solo libro, una sola idea, una sola creencia, un solo color, una sola emoción, deambulando a la sombra de sus temores, imposibilitados para transitar la vida con el valor del héroe y el ardor del amante. De personalidad difusa, sumisa, tímida, confusa, el mediocre “no tiene voz, sino eco…, no habla nunca, siempre repite” (José Ingenieros), es el “hombre-masa” de lo impersonal (Francisco Álvarez), y así va por el mundo, nutriendo consignas, genocidios, complicidades, sumando vanaglorias.

Contrariamente al cantor de miedos y cálculos, Francisco Álvarez –cantor renacentista en tierras de la modernidad– entona el ideal del ser humano libre y de esperanza cierta, igual que lo hizo el poeta León Felipe: “… Romped/ romped todos los cuentos,/ que no quiero verme/ en el tiempo/ ni en la tierra/ ni en el agua sujeto./…Voy a contar mi sueño, narradores de cuentos./ Es un sueño sin lazos,/ sin espejos,/ sin anillos,/ sin redes/ sin trampas y sin miedo”. Francisco Álvarez contó su sueño en la vida que vivió, su proyecto, su estar-en-el-mundo, su-ser-con-otros, su temporalidad, su esperanza. Esa es la magnífica herencia de su rebelión.

Desde las entrañas. Un día, la conversación en su casa terminó al principiar la noche. Él, como de costumbre, me acompañó hasta la puerta de salida y, con un gesto entre paternal y severo, se despidió. Al cabo de los meses, sumados los minutos, aquilatados los gestos, interiorizadas las ideas y las utopías, el aprendiz de brujo y mozalbete, seducido por el acto de pensar, y de vivir y de sentir, supo que aquel tiempo se había hundido en sus entrañas y, desde ellas, ha escrito estas líneas en honor al maestro que ahora está más presente que nunca.

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