Opinión

Los rebeldes con causa de Venezuela

Actualizado el 18 de julio de 2017 a las 10:00 pm

Los jóvenes salieron a las calles a pedir cambios y el gobierno respondió con palizas y balas

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WASHINGTON, DC – La imagen de Wuilly Arteaga llorando después de que las fuerzas de seguridad venezolanas destruyeran su violín ha sido vista por millones de personas en todo el mundo. Arteaga, de 23 años, se unió a las protestas contra el gobierno del presidente venezolano, Nicolás Maduro, tocando canciones patrióticas. Su mirada de desesperación habla de lo que muchos en Venezuela están sintiendo mientras se preguntan cuánto tiempo más su país debe sufrir la violencia y el desgobierno.

Al menos 115 manifestantes han muerto en Venezuela desde que comenzaron las protestas callejeras organizadas por la oposición el 1.° de abril. Más de 50 de ellos eran menores de 30 años y muchos eran solo adolescentes. Entre ellos se encuentran personas como Neomar Lander, un manifestante de 17 años que al parecer sufrió un disparo a quemarropa con un recipiente de gas lacrimógeno, y Yeison Mora, también de 17 años, que recibió un disparo en la cara mientras participaba en una manifestación en el suroeste del país.

Siempre es difícil estimar el tamaño y la demografía de los manifestantes, pero dos cosas están claras sobre las protestas estos días en Venezuela. En primer lugar, son mucho más amplias y más socioeconómicamente diversas que las protestas anti-Maduro en el 2014, que parecían estar compuestas principalmente por venezolanos de clase media. En segundo lugar, muchos de los manifestantes de hoy son jóvenes.

Los jóvenes han encabezado tres olas de protesta contra el régimen chavista, creado por el predecesor de Maduro, Hugo Chávez, antes de morir en el 2013. En el 2007, fueron los jóvenes los que dirigieron las protestas contra el gobierno de Chávez cuando cerró la popular Radio Caracas Televisión, reemplazándola con un canal de televisión estatal. Luego, en el 2014, se manifestaron contra la ola de crímenes violentos del país bajo Maduro y en apoyo a su propio derecho a protestar. Y ahora, una nueva generación de jóvenes se ha unido a los participantes de esas olas anteriores para exigir elecciones y el fin del régimen.

Las protestas actuales han durado más de 90 días. Los jóvenes venezolanos están haciendo oír su voz en contra del alto desempleo y la falta de oportunidades económicas. En el 2016, el 70% de todas las protestas estuvieron motivadas por preocupaciones económicas, y entre ellas una importante era la demanda de puestos de trabajo. El gobierno no ha informado las tasas oficiales de desempleo en más de un año. Pero está claro que los venezolanos –especialmente los jóvenes que no pueden pagar su comida ni vivienda– están sufriendo más que nunca con la crisis económica de su país.

Los jóvenes son particularmente peligrosos para el régimen porque no tienen nada que perder ahora, y todo que perder más tarde. Como dijo un líder estudiantil en el 2014, “tenemos que protestar porque el gobierno está robando nuestro futuro”. Por el contrario, las personas más adultas tienden a hacer el cálculo opuesto: no quieren arriesgar las posesiones y los medios de subsistencia que tienen ahora por un futuro incierto. Sin embargo, cuando sus propios hijos salen a la calle, a veces los siguen.

El régimen solo puede culparse a sí mismo por las protestas actuales. Como un Donald Trump latino, Chávez llegó al poder sobre una ola de populismo en 1998, y frecuentemente se jactaba de sus esfuerzos por reducir el desempleo. Su gobierno invirtió mucho en educación terciaria y, para el 2010, Venezuela ocupaba el quinto lugar en matrícula universitaria a escala mundial. Muchas de las nuevas universidades públicas fundadas en ese período estaban estrechamente alineadas con el régimen. En entrevistas, los estudiantes han dicho que el régimen requería su participación en manifestaciones progubernamentales, pero que también les prometió puestos de trabajo estatales después de graduarse.

Para cumplir con esta promesa, el régimen aprovechó los grandes ingresos petroleros del país en ese momento para expandir el sector público. Pero gastar los ingresos petroleros para educar a los estudiantes para empleos que dependen de los futuros ingresos por el petróleo no es un modelo económico sostenible, lo cual se hizo evidente en el 2014, cuando los precios del crudo comenzaron a desplomarse.

El colapso de los precios del petróleo, combinado con años de mala administración económica, ha dejado a los jóvenes venezolanos con grandes expectativas pero sin perspectivas reales. La única solución del gobierno de Maduro parece ser aumentar la represión.

Las lágrimas que Arteaga derramó por su instrumento y su país, como las imágenes de los deudos de los funerales de los manifestantes jóvenes, ilustran perfectamente esta dinámica: los jóvenes salieron a las calles para exigir cambios y oportunidades, y el gobierno (un gobierno que se apoya en promesas que no puede mantener) ha respondido con palizas y balas. Tras fracasar en el cumplimiento de sus compromisos, está traicionando a los hijos de sus simpatizantes con la violencia que una vez reservó a las élites del país.

La pregunta ahora es quién va a renunciar primero. El lema no oficial de las protestas del 2014 fue “el que se cansa, pierde”. Pero en esa ocasión, la oposición parpadeó primero, y las protestas fracasaron con el inicio de la Copa del Mundo.

Esta vez, la oposición ha hecho demandas más concretas, y ha prometido permanecer en la calle hasta que se cumplan. Pide al gobierno que haga elecciones presidenciales justas, libere a todos los presos políticos y abra un corredor humanitario para que el país reciba los alimentos y medicinas que tanto necesita.

Maduro ha culpado a los manifestantes por la escasez del país. Pero esta vez necesitará más que una retórica populista para calmar a la gente. Los venezolanos han hablado alto y claro: están cansados del populismo y no se cansarán de ocupar las calles.

Anne-Marie Slaughter es presidenta y directora ejecutiva de New America.

Fabiana Perera, candidata al doctorado de The George Washington University, es beneficiaria de la beca Foreign Policy Interrupted 2017. © Project Syndicate 1995–2017

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