Opinión

El realismo mágico de una partida

Actualizado el 28 de abril de 2014 a las 12:00 am

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El realismo mágico de una partida

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Con el estupor de una tarde que va entrando a un ritmo casi litúrgico, me encontré en Facebook (el lugar donde actualmente pareciera ocurrir la vida), la nublada noticia de que el tipo que me había presentado con formalismos diplomáticos la literatura de calidad, y de paso los sueños bien soñados; el que con cuatrocientas páginas me regaló en más de una oportunidad una nueva casa, un nuevo pueblo, una nueva familia, una nueva vida, una nueva historia, que en algo o en todo diferían de las mías, y que sonaban más coloridas; el que me había recetado, a punta de párrafos tan musicales como el mismo vallenato, noches de insomnio absoluto queriendo, sin nada de apuro, alcanzar un punto final que, palabra a palabra, parecía cada más un punto y principio; el que me había dado tanto partió de este mundo hacia un lugar mejor. O, peor, ¿qué sé yo?

Al enterarme, corrí de inmediato al estante de los libros y me encontré intactos: Cien años de soledad, El coronel no tiene quien le escriba, Doce cuentos peregrinos, El amor en los tiempos del cólera y Del amor y otros demonios .

Releí el primer párrafo de cada uno de ellos y llegué, sin necesidad de un desgastante proceso reflexivo, a dos conclusiones.

La primera, y a propósito de las fechas, que, si bien Jesucristo murió por nuestros pecados, Gabriel García Márquez vivió (y escribió sin cansancio) por los de una Latinoamérica herida de injusticias, hambre y violencia.

Magia viva. En la segunda reflexión, con gran temor de contradecir tantos post de Facebook y a los dueños de librerías que en este momento le deben estar subiendo el precio a las obras del maestro, concluí que Gabriel García Márquez no está muerto.

Mientras continúe lloviendo soledades en Macondo, mientras siga siendo la vida y no la muerte la que no tiene límites; mientras cientos de Santiagos Nasar sigan cayendo con las vísceras al viento en las puertas de las casas de sus madres (producto del narcotráfico, la represión o la violencia sin más etiquetas); mientras miles de coroneles y sus respectivas mujeres a lo ancho y largo de nuestraLatinoamérica (real-mágica) continúen, al cantar del gallo de la suerte, comiendo mierda; mientras algún niño de Fortaleza, de Cali, de Formosa o de Los Chiles se quede sin leer una página de La hojarasca por no saber hacerlo; mientras la correspondencia de la igualdad, la paz y el progreso siga sin llegar; mientras haya por qué luchar y, por lo tanto, por qué escribir: Gabriel García Márquez seguirá vivo.

Estará vivo y respirando a través de un sinnúmero de maravillosas letras, caminando por los turbios anaqueles de las librerías y bibliotecas, barrios y puertos, juzgados y manifestaciones, comiéndose los vacíos discursos de nuestros vacíos líderes. Gabo seguirá vivo en la leyenda mágica de una Latinoamérica mejor.

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