2 septiembre, 2014

Me espeluznó la posibilidad de que, a partir de un reciente reportaje en La Nación , el tren urbano semiimprovisado que tenemos fuera a dejar de operar por estar dejando pérdidas.

Salvo que me equivoque, la gran mayoría de los servicios de transporte urbano público o privado en el mundo, no importa su tamaño, requieren de alguna transferencia gubernamental para operar al menos en su punto de equilibrio.

Existe en el contexto de la administración pública el concepto de rentabilidad social frente a la rentabilidad privada. Lo ideal de todo proceso productivo es que se den ambos simultánea y complementariamente. No siempre es así: muchas veces, por causas estructurales, cuando el beneficio social es alto y las alternativas para solventar la necesidad no se dan –o no tan fácilmente–, los Gobiernos, como cuerpo de la sociedad encargado de la gestión de lo público, buscan la forma de financiar el faltante.

Un TREM. En el caso particular del trasporte intra- e interurbano, el proceder se justifica, y más aún cuando el tema se mira desde una perspectiva estratégica.

Con lo caro que se está poniendo el petróleo en términos reales, los problemas espaciales para acomodar vehículos automotores, especialmente los colectivos, la creciente contaminación, la voluntad del país de ser carbono-neutral, así como otros temas relaciones con la planificación urbana de carácter antropológico, no parece haber otra alternativa más que orientarse hacia un tren eléctrico metropolitano (TREM) moderno.

El actual servicio es casi que “hechizo”. Se armó durante varias años, a la carrera, pero a un gran mérito, pues poca fe se le tenía, con mínimo presupuesto y con modificaciones limitadas, al vetusto sistema ferrovial medio existente en el Valle Central.

Un TREM es “otro nivel”, como dicen ahora. Veo al actual servicio como parte de un proceso que, por la acogida que ha tenido a pesar de sus deficiencias estructurales, parece va “a pegar”.

Estimulo a las autoridades decisorias a realizar el máximo esfuerzo para hacer realidad el TREM, antes de que la gente se desanime por las limitaciones del servicio actual o que intereses contrarios logren que se cancele el proyecto.

Procedo igual con las autoridades que gestionan directamente el actual servicio, para que redoblen esfuerzos al enfrentar las deficiencias estructurales y mejoren la eficiencia –un proceso que debe de ser constante y beneficiado por el avance tecnológico en la materia– , así como la efectividad de servicio.

Veo difícil, por ejemplo, que con una sola vía férrea con tanto punto de intersección se pueda ofrecer un servicio puntual, mínimamente confortable y de alta seguridad.

Me parece que se está intentando, y vale la pena apoyar y estimular el esfuerzo.

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