4 mayo, 2014

“Habría que confesar finalmente que la teología, de todas las escrituras, es la que causa mayor placer. Y no justa-mente el placer del texto, sino el placer –a menos que no se trate de gozo– de transgredir el texto: de los verba al Verbo, del Verbo a los verba , incesantemente y tan solo en teología, puesto que solamente en teología el Verbo encuentra en los verba un cuerpo. El cuerpo del texto no pertenece al texto, sino a aquel que toma cuerpo en el texto. Por ello, la escritura teológica no deja de transgredirse a sí misma, de igual modo que la palabra teologal se nutre del silencio en el que, finalmente, habla correctamente. […].

“La teología escribe siempre a partir de otro que no es ella misma. Desvía al autor de sí mismo (con toda buena teología, puede hablarse también de un desvío de la filosofía); la teología hace que el autor escriba desde fuera de sí mismo, incluso contra sí mismo, puesto que no debe escribir sobre lo que él es, sobre lo que sabe, con vistas a lo que quiere, sino en, para y por eso que recibe y que nunca domina” (Jean-Luc Marion, Dios sin el ser ).

Esta larga cita corresponde al inicio del libro del conocido filósofo francés. Estas palabras sorprenden por su contenido, que provienen de una persona formada en una sociedad laicista. Pero, sobre todo, estas palabras hacen pensar por lo que esconden en su lógica: la necesidad de liberarse de sí mismo para razonar correctamente. Se trata de una liberación urgente y necesaria, pues vivimos encerrados en un mundo demasiado autorreferencial que ha hecho de la individualidad el centro de cualquier manifestación racional. Esta tendencia ha generado una creciente carencia de autocrítica a muchos niveles. En el pasado, las ideologías políticas servían como catalizador del pensamiento individual, si bien exigían la sumisión a su estructura conceptual, como si se tratara de una verdad totalmente objetiva. Hoy, la opinión individual (fundada o no) ha ocupado el lugar de esas ideologías, haciendo imposible cualquier amago de crítica que no sea la visceral-emotiva.

Conflictos emocionales. Nos movemos en un mar de conflictos emocionales donde la verdad parece ser solo una razón de conveniencia. Si bien siempre el acto del pensar ha transparentado las perspectivas subjetivas de su autor, se tenía la ilusión de buscar algo que fuera objetivo y real por sí mismo. Las personas de esta época han comenzado a vivir al margen de semejante idea, para arraigarse poderosamente a la satisfacción del ego como criterio de verdad. Hemos dejado de ser constructores de utopías para convertirnos en mónadas que orbitan incesantemente sobre el eje del momento, del instante que exige de nosotros goce o deber. Nuestra vida se ha comenzado a fragmentar peligrosamente entre aquello que nos da placer y aquello que estamos obligados a hacer para sobrevivir o garantizar la otra dimensión de nuestra vida. Así, nos hemos vuelto esclavos de nosotros mismos, declarándonos personas sin interés en cualquier clase de trascendencia.

El agotamiento del pensar, por la centralidad opresiva del yo, hace de cualquier discurso un elemento meramente formal. Las únicas palabras que tienen densidad son “me gusta”, “no me gusta”, al estilo de Facebook. Es más, ni siquiera necesitamos palabras, solo dibujos prediseñados de un dedo que suplanta la comunicación. No hay matices, ni provocaciones, solo intermitentes momentos marcados por el gusto inmediato. De ahí, el placer que siente el filósofo francés, que no se contenta con la inmediatez, sino que se pregunta por lo que va más allá de los innumerables sentidos que pueden ser colegidos por la mente humana, reflejos de una realidad que nos sobrepasa, y que nos hace reconocer lo que trasciende a nuestra experiencia circunstancial.

Consecuencias políticas. Todo lo anterior tiene importantes consecuencias políticas. En primer lugar, porque necesitamos liberarnos de una vida entendida como consumo, y, en segundo lugar, porque es esencial reconstruir nuestros vínculos relacionales a partir de la donación de sí al otro. Hemos experimentado hacia dónde nos lleva el pensar solo en términos del ego que siente, o no, placer por algo: nos dividimos incesantemente, incluso nos fragmentamos en nuestro propio interior, haciendo de las relaciones humanas un mero objeto de uso. De todo ello surge la corrupción, la búsqueda de riqueza a cualquier precio, la indiferencia frente al futuro del otro y la utilización de las instituciones públicas como trampolín para satisfacer nuestros deseos.

Asimismo, el amor termina siendo sinónimo de disfrute de la sexualidad, se dividen las familias, se usan los hijos como campo de batalla de los progenitores que se distancian entre ellos, y se busca garantizar a toda costa el bienestar económico individual, como si nada más importante existiera en la vida.

Ego exaltado. Para poder pensar correctamente, es necesario ir más allá de nosotros mismos, e incluir como criterio de discernimiento la deconstrucción de nuestro propio ego. Esto solo se puede hacer sobre la base de la sinceridad y de la profundidad en el proceso de comprensión de lo que somos. Esa crítica, sin embargo, no es popular porque pone en crisis nuestra autoimagen. La falsedad en nuestra propia autodefinición es consecuencia de esa fragmentación existencial que acariciamos por conveniente, por cómplice de nuestro egoísmo. Es por esa mentira autoasumida que cualquier manipulación se puede convertir en autojustificación. Lo opinable, como sinónimo de verdad, no necesita de la lógica u objetividad, basta solo su enunciación para que reclame un lugar en el mundo. En otros términos, hemos hecho de los verba un “fluido de palabras” que es instrumento de ocultamiento del ego exaltado y endiosado. En lugar de remitir los verba al Verbo, que pone en evidencia la provisionalidad de nuestros discursos, hacemos de lo transitorio la definición última de lo real.

Los verba pueden transformarse en mecanismos de poder y de dominio. Pero los verba en confrontación permanente con el Verbo solo pueden ser humildes servidores a la causa de la justicia y la verdad. No son para nada armas de la imposición, sino vehículos de reflexión y de diálogo. Esos verba admiten incesantemente la provocación de otras palabras, de otras perspectivas y sentidos, que abren horizontes para renovar la pasión por acercarse al Verbo. ¡Cuánto nos hace falta ese deseo de curiosidad incesante, que no nos deja inmóviles, sino permanentemente inquietos por inquirir la realidad y comprender mejor nuestro interior!

Egoísmo ensordecedor. No podemos limitar el Verbo a los verba reduccionistas, porque con ello dejamos de lado la búsqueda incesante de lo que cuenta, de experiencias que nos hagan más humanos y menos competidores, más constructores y menos consumidores. Para ello necesitamos silenciar nuestro mundo, acallar tantos discursos vacíos y adentrarnos en la contemplación crítica de nuestra propia verdad interior y de nuestras acciones para con los otros.

El silencio no puede seguir siendo obviado, ni puede ser suplido por otros medios de “falsa raigambre espiritual”, porque son también meros objetos de consumo que generan más ruido. En efecto, lo que nos ensordece es solo el egoísmo, que nos aleja de la experiencia de la donación y, por ello, es también lo que no nos deja razonar con rectitud.