Opinión

Y ¿nuestras raíces?

Actualizado el 23 de febrero de 2015 a las 12:00 am

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Y ¿nuestras raíces?

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Costa Rica ha sido un país afortunado en muchos aspectos. Tiene un auge cultural vanguardista en América Latina, evidente en la esfera musical. Posee una plétora de agrupaciones profesionales y cuenta con calificados solistas y compositores. La educación musical se está fortaleciendo y creciendo cada vez más, desde temprana edad hasta nivel universitario.

Al regresar después de ocho años fuera del país, cursando maestría y doctorado en dirección orquestal, me alegró ver que varias agrupaciones sinfónicas en el país incluyen en sus programas obras nacionales. No obstante, al analizar más de cerca, es una inclusión muy limitada en su variedad de compositores y estilos. Hice mi tesis doctoral en la Universidad de Nebraska-Lincoln sobre música costarricense con el propósito principal de difundir la música nacional. Sin embargo, mi sorpresa ha sido grande al descubrir que es muchísimo más fácil difundirla en el exterior que en Costa Rica. En el país, solo una fracción de los compositores nacionales es conocida y rara vez se hace música nacional que no sea de ellos. Definitivamente, es un problema en el ámbito de la música sinfónica, aunque me parece que se extiende al área instrumental y vocal igualmente.

Existe un vacío en la programación de la música orquestal en cuanto a incluir obras basadas en la riqueza musical de nuestras culturas indígenas. No así la música folklórica de Guanacaste, la música afrocaribeña y las tradiciones del Valle Central, las cuales han estado presentes de alguna manera.

Hay una gran necesidad en Costa Rica no solo de darle la importancia debida a nuestra música y a nuestros compositores, sino de tener agrupaciones e instituciones que fomenten esas iniciativas. Más aún, la música nacional que se ejecuta –muy limitada, dicho sea de paso– es mayormente de tradición europea. ¿Y nuestras raíces? Es hora de rescatar lo propio.

Música autóctona. A pesar del maltrato del cual son víctimas los indígenas costarricenses, hay organizaciones e interés público en ayudar a suplir sus necesidades y respetar tanto su dignidad como sus derechos. Desde hace décadas, científicos sociales (antropólogos, sociólogos e historiadores) investigan el legado cultural de estas etnias. Pero ¿y el bien irremplazable de su cultura musical? ¿Por qué casi no está presente en los repertorios orquestales costarricenses? Es el momento de dar importancia a esta música autóctona.

Varios países latinoamericanos, desde hace muchas décadas, han fomentado el desarrollo, la valoración y la difusión de las culturas musicales de los pueblos originarios. El nacionalismo de la primera mitad del siglo XX dio como fruto repertorios quizás un poco estereotipados, que desde las perspectivas más críticas fueron considerados “tarjetas postales” con rasgos exóticos para mostrar y vender en el “primer mundo”: sinfonías indígenas, malambos, huapangos, sambas sinfónicas. Sin embargo, también surgieron obras maestras de gran envergadura. Entre ellas se puede citar Sensemayá y La noche de los mayas , del gran compositor mexicano Silvestre Revueltas.

En la década del setenta, paralelo al boom literario latinoamericano, se dio un auge de la música del Altiplano, que le dio la vuelta al mundo bajo el ala del Cóndor pasa . Melodías, instrumentos, ritmos, danzas y armonizaciones autóctonas fueron valoradas como expresión de las etnias andinas.

Las investigaciones en la selva amazónica, a cargo del connotado compositor brasileño Heitor Villa-Lobos, permitieron llevar a la sala de concierto el mundo mágico de las sonoridades de zonas recónditas del Brasil. Otros compositores se inspiraron en las imágenes acústicas de esos paisajes fascinantes, plasmando en sus obras contemporáneas el espíritu originario.

Pero en Centroamérica también nos llevan mucha ventaja... El maestro guatemalteco Joaquín Orellana ha creado un patrimonio musical con recursos modernos a partir de las raíces indígenas. Orellana tiene un compromiso con los ciudadanos de las distintas etnias de nuestro país vecino. En su música se escuchan las vicisitudes que ellos han vivido a través de la historia y con estos elementos sonoros construyen obras orquestales, corales y de cámara.

En Costa Rica no solamente hay boleros y marchas militares, sino también cantos y música indígena en plenitud. Una parte considerable de nuestros esfuerzos y recursos deberían ser destinados a rescatar esas tradiciones antes de que sea tarde. Hay multitud de maneras en las que esto se puede lograr. Ya algunos de nuestros compositores hacen obras basadas en cantos indígenas; sin embargo, esa música ha sido estrenada en países europeos y norteamericanos, y no en casa. Espero que en un futuro cercano los músicos costarricenses tomemos un papel activo para promover la música de raíz indígena, tanto orquestal como vocal e instrumental solística.

¡Rescatemos tradiciones y construyamos oportunidades en casa!

El autor es director de orquesta.

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