Las raíces de la crisis en la CCSS

La crisis de la Caja no es cuantitativa sino cualitativa

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No deseo abundar en todo lo que se ha dicho relacionado con la crisis en la Caja Costarricense del Seguro Social (CCSS), que ahora finalmente se hace pública, pero que se viene arrastrando desde hace muchos años. Quienes concibieron la institución, que ya no están entre nosotros, tuvieron esa gran visión social, casi producto de una inspiración suprema: ningún otro país en el mundo ha logrado un sistema de salud tan eficiente, tan equitativo, tan sustentable hasta ahora y tan a prueba de todo, como el de la Caja.

Lo que sí olvidó la dirigencia futura es que en su momento se debieron haber hecho las modificaciones necesarias para evitar la crisis por la que ahora estamos pasando. El frío no está en las cobijas: no es reduciendo los gastos en incapacidades mal controladas ni en el pago de horas extras ni de horas especialista como se va a controlar la crisis. Las raíces son mucho más profundas.

Uso político. A una institución tan querida y de tanta presencia social la han convertido con los años los políticos en un estandarte para ser enarbolado en campañas políticas y en gobiernos y, de hecho, son ellos quienes han manejado sus destinos.

Por eso inventaron la forma de nombrar a los presidentes ejecutivos, a los directivos y a los gerentes: para poder mantener el control de la institución. A ellos hay que pedirles cuentas ahora. Ahí han tenido una gran caja chica y cual pila de agua bendita han metido la mano: se han tomado fondos para construir casas con fines políticos y el destino de los préstamos finlandés y español no ha terminado de aclararse. Ahí está el caso de la “ebais-manía” en que, por mostrar muchos y muchos ebais a los electores, se desvirtuó el concepto para el que fueron creados. En fin, en lo atinente a la Caja, ningún Gobierno ha cumplido lo que prometió en campaña.

Debieron haberse tomado las primeras medidas cuando la Caja se hizo mayor de edad, allá por el tiempo en que ocurrió el traspaso de hospitales y luego cuando el Ministerio de Salud entregó a la Caja –para que lo guardara en un baúl hasta la fecha– la prevención y la promoción de la salud. Si en ese momento se hubiera planificado a un mediano y largo plazo la manera en que debían brindarse servicios de calidad eficaces y a un costo razonable, no estaríamos en las penurias por las que ahora estamos pasando. La planificación ha sido débil, inadecuada, inoportuna, mediocre y cortoplacista.

Una megainstitución de esas dimensiones como la que llegó a ser la Caja se convertiría irremediablemente en una empresa inmanejable, como ha ocurrido. Tampoco se tomaron las medidas para capacitar a los administrativos para hacer viable la desconcentración o la descentralización, como quiera llamársele, que pudo haber ayudado a paliar o a evitar la crisis. Los niveles superiores, de nuevo, probablemente, tuvieron el temor de perder el control político.

Una limosna. Ahora, al reventar el anuncio de la crisis, para un enfermo crítico, el Gobierno nos sale con una curita: una pequeña limosna –en papeles desde luego– para algunos gastos, por un tiempo y el nombramiento de una comisión para estudiar la problemática y así plantear soluciones. Resulta que la comisión, constituida por gente muy honorable no me cabe duda, se abocará al estudio de la crisis financiera. ¿Y la crisis en la calidad de la atención a las personas dónde quedará? Una vez más, la Caja nos recetará resultados cuantitativos y dejará de lado todo lo cualitativo, lo que más debería interesar. Nuevamente, tampoco han sido invitados en esta ocasión quienes conocen dónde se origina la crisis de la calidad de la atención.

¿Cómo es posible que una junta directiva con un presidente ejecutivo a la cabeza y respaldados por un cuerpo gerencial –que se supone deberían ser todos expertos en seguridad social para poder ser idóneos para esos cargos–necesiten de una comisión foránea para que les digan lo que deben hacer? No pareciera coherente.

La Caja es una gran empresa, igual a muchas otras, pero muy particular en sus objetivos: tiene ingresos, tiene egresos y un producto final que entregar; ni más ni menos que la salud de las personas, y éste debería ser no mediocre como ahora, sino de muy alta calidad.

Por eso me quedaría más tranquilo recibiendo observaciones de alguno de esos organismos o escuelas de alto nivel habituados a conducir exitosas empresas a buen puerto y no de una organización que, si fuera la adecuada, no permitiría que haya tanta desigualdad en los servicios de salud en las Américas.

Ordenen la casa, corten el despilfarro y la corrupción pero no traten de matar el fantasma del gasto con los ojos vendados, porque los asegurados requerimos de más inversión en planta física, en equipos, en más y mejores especialistas y donde se necesitan. Ordenen la red de servicios: que cada nivel de atención reciba lo necesario para resolver sus propios problemas, de acuerdo con su complejidad. No abandonen a los pacientes con cáncer cuyos costos de atención son muy elevados. Organicen como corresponde la prevención y la promoción de la salud, actividades también muy caras. ¡Por vida suya: permitan que les ayuden quienes conocen dónde están las raíces del cáncer de la mala calidad de la atención!

Que no se haga realidad mi premonición personal, que ya he manifestado públicamente: que por reducir los gastos en la Caja, se llegará a un punto de equilibrio, de bajo perfil, en el que se continúen brindando servicios, sí, pero de calidad mediocre para satisfacer las necesidades de quienes menos capacidad de reacción tienen, los pobres.

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