Opinión

No al racismo

Actualizado el 16 de julio de 2013 a las 12:00 am

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No al racismo

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No al racismo dijo Nelson Mandela. No al racismo, dice la FIFA. También lo dijo San Pablo.

En mi juventud, la Santa Misa se celebraba en latín y los feligreses eran testigos pasivos de los ritos que realizaba el sacerdote, quien la mayor parte del tiempo les daba la espalda. A partir del Concilio Vaticano II, el oficio cambió al idioma de cada lugar, español en nuestro caso, y fue como ver la aurora. El celebrante pasó a conducir la ceremonia de frente a los feligreses y todo era más comprensible. Quiso con ello el concilio que los cristianos “no asistan a este misterio de la fe como extraños y mudos espectadores, sino que, comprendiéndole bien a través de ritos y oraciones, participen consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada”.

Noto otros cambios. El Gloria tenía un pasaje que decía “gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”. Eso cambió para decir “gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”, lo cual amplió el número de beneficiarios de la paz. También tuvo modificación la parte del Padre Nuestro que decía “perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”. Ahora es “perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. ¡No, señores: el banco no les va a cancelar el saldo del préstamo de vivienda contra los pocos pesos de su cuenta corriente!

Paso ahora a comentar otra aclaración importantísima, fruto del análisis de Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazaret (Tomo II de una trilogía) sobre lo que él considera el verdadero mensaje del versículo 25, capítulo 27 del evangelio según San Mateo, que sigue al lavado de manos de Poncio Pilato. Dice el versículo: “Y todo el pueblo respondió: ¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!” Por mucho tiempo esto se interpretó como que todo el pueblo judío, y su descendencia, había asumido la responsabilidad por la muerte de Jesús. El “Deicidio”, como lo denominan algunos. Pero, nos dice Benedicto XVI, eso no es así.

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El Antiguo Testamento está cargado de pasajes de sangre y de culpabilidad. Por ejemplo, el libro del Levítico dice “Si alguno maldice a su padre o a su madre lo matarán; su sangre caiga sobre él” (Lv 20:9). También –en un versículo que el diputado Justo Orozco debe tener muy presente– sentencia Lv 20:13 que “Si un hombre se acuesta con otro hombre, los dos morirán; su sangre caiga sobre ellos”. El lavado de manos, como el de Pilato, era una forma judía de manifestar la inocencia que éste debió haber tomado a préstamo. “Mis manos lavo en la inocencia y ando en torno a tu altar” dice el Salmo 26:6.

La Santa Misa recuerda la Última Cena, que tuvo lugar antes del encuentro de Jesús con Pilato, quinto prefecto de la provincia romana de Judea. En esa comida, Jesús partió y dio el pan a sus amigos y les dijo que era su cuerpo. Y después tomó el cáliz lleno de vino y les dijo: “Beban todos de él, porque esta es mi sangre de la Alianza Nueva [y eterna] que será derramada por todos” y agregó “para el perdón de los pecados” (Mt 26:28). Vale destacar que el propósito del derramamiento de sangre (i.e., el perdón de los pecados) no lo mencionan las cartas de Pablo ni los otros evangelios, sólo el de San Mateo.

Jesús no culpó a nadie de su muerte. Los católicos reconocen en la oración que la pasión y muerte de Jesús fue “voluntariamente aceptada” por El y que lo hizo como sacrificio para el perdón de nuestros pecados. Por tanto, el derramamiento de la sangre de Jesús que menciona Mt 27:25 no significó una condena para el pueblo judío, sino un perdón.

Con Pablo, también reconocen los cristianos que “no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, sino uno en Cristo Jesús” (Ga 3:28). El racismo es incompatible con el cristianismo.

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