Opinión

No quiero morir

Actualizado el 20 de noviembre de 2015 a las 12:00 am

El mundo seguirá imperturbable: “Y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando…”

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No quiero morir

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El individuo compra su permanencia en la vida matando sus más frágiles células (el mecanismo de la apoptosis). La especie compra su pervivencia matando a los individuos.

La evolución compra su dinámica biológica matando a las especies. La célula, el individuo y la especie pagan con su vida esa entelequia que llamamos “evolución”. Bien por ella, atroz para la especie, el individuo y la célula. Yo, como individuo –me importan un bledo la célula, la especie y la evolución–, declaro mi disconformidad profunda con tal estado de cosas.

Así pues, ¿no sería yo más que la moneda, el viático con que la especie asegura seguir a bordo de la vida, y la evolución continúa escribiendo su macronarrativa que no me interesa en lo absoluto? ¡Indigno, humillante, inaceptable!

La vida inventó la muerte a fin de pervivirse: ¡Es a ella a quien deberíamos odiar! Fue ella quien puso en marcha el proceso de la evolución, que es el trasunto biológico del devenir de Heráclito (el ser es como un queso gruyère: está lleno de huecos, de cosas que permanentemente dejan de ser: el “devenir” es el más piadoso eufemismo que el hombre ha creado para aludir a la muerte).

Magnífico negocio para la evolución, menos bueno para la especie, francamente malo para la célula, pero para el individuo humano –el único consciente de su finitud y capaz de angustia ante la muerte–, la pesadilla de las pesadillas.

Nos ha sido asignado el peor papel en esta comedia de relevos. Saber que debemos dejar vacante nuestro lugar en el ser para el que viene de camino, saber que la vida es un plazo, y lo propio de todo plazo es expirar; saber que debemos ser aniquilados para que la vida pueda reverdecer, retoñar, volver a florecer, y ello sobre el detrito de nuestra propia carroña. Y pensar, además, que hay que celebran tal estado de cosas, y nos exigen cantar sus loores (o tal cosa pretenden, por lo menos).

Los pájaros. Los poetas aceptan su finitud con una especie de serena melancolía, de jubilosa nostalgia, y de nostálgico júbilo. Ahí tenemos a Juan Ramón Jiménez, cuya respuesta podría describirse como “resignación activa”: “Y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando…” . Y la infinita tristeza de saberse prescindible. Que el mundo seguirá imperturbable sin nosotros. “Y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando…”.

El relevo de la vida: “El don de vivir ha pasado a las flores”, de Valéry. De nuevo: bello para la vida: atroz para el individuo. “Y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando…”.

Sí, los malditos pajarracos, que nunca sintieron la aprensión del morir ni fueron víctimas del deplorable anhelo de inmortalidad. Por lo menos una cosa me queda clara: Dios quiere más a sus pájaros que al ser humano. “Y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando…”.

¿Qué puede a mí importarme la supervivencia de la especie, cuando yo voy a ser desintegrado: acaso fui nunca “especie”? Todo para ella, para el individuo nada… “Y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando…”.

Moriré, sí, porque el mundo no me necesita, y tal parece que a los pájaros sí. Mi dolor, mi rabia son infinitos, en el límite de lo expresable. “Y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando…”. Sí, como el “cuando muera dejad la ventana del balcón abierta”, de Lorca; y como el “mis queridos amigos, cuando muera, plantad un sauce en el cementerio. Amo su lánguido follaje, su palidez me es dulce y cara, y su sombra ligera planeará sobre la tierra en que dormiré”, de Alfred de Musset.

Los votos postreros, algunos concedidos, otros no. “Y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando…”. Viejo refrán, “Grito repetido por mil centinelas” (Baudelaire). ¿No debería morir todo y todos –el universo entero– con mi muerte? “Y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando…”.

Y ese canto, ¿seré todavía yo, transformado en música? Nada más me parece aceptable. “Y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando…”.

Conocimiento inane. La ciencia es eminentemente útil –qué duda cabe– para construir un helicóptero. Pero no para ayudar a un hombre a morir (me refiero a la aceptación de su anéantissement, no a los analgésicos que, ciertamente, pueden atenuar su sufrimiento físico).

¿Ustedes creen que un hombre a quien viene de diagnosticársele un cáncer con metástasis en diversos órganos, y le han dado tres meses de vida, pueda confortarlo el hecho de que la física haya proclamado la existencia de una partícula subatómica llamada neutrino? Se alzará de hombros, reirá amargamente, y dirá: “¿A mí qué diantres me importa eso?”. ¿Qué podría ayudarlo? La religión, la fe, si tiene alguna. El amor, si cuenta con un sistema de soporte capaz de rodearlo de ternura.

El pensamiento mágico, si no es un pedante incapaz de ver en él otra cosa que mera superstición o no comprende lo que este significa. El poder curativo de la poesía, la música, la belleza –revelaciones a un tiempo estéticas y místicas– si es sensible en grado sumo a ellas.

La naturaleza, si tiene acceso a ella –caso cada vez más infrecuente en nuestros días–. El sentido de tener aún una misión que concluir sobre la tierra, toda vez que sea un homo ethicus (Kierkegaard), y no un cínico o un desencantado.

Todo esto puede ayudar, sí. ¿Pero la ciencia? No, no: eso es apenas bueno para construir cacharros. En la era del maquinismo –basamento de la Revolución industrial y del capitalismo– los constructores de cacharros fueron, comprensiblemente, deificados. Cito al inmenso Unamuno: “¿Cómo es posible que no nos hayamos dado cuenta de que la razón seca y desnuda solo nos sirve en situaciones ordinarias, y no en nuestras grandes penas?”.

Tánatos y yo. No, no quiero morir. Sé que, contrariamente a lo que muchos podrían pensar, no coincido en este sentir con la totalidad de la especie humana. Hay una vocación, un llamado, una urgencia de muerte que va mucho más allá de la mera pulsión tanática de Freud, y que habita a incontables seres humanos. Ellos sí quieren morir. Deberían hacerlo –es mi parecer al respecto–. Pero yo no, no quiero morir. Ni hoy, ni mañana, ni nunca. Bastará, supongo, con escribir cada día, en mi agenda: “No morir”.

La muerte no sería tan incivilizada e irrespetuosa como para concertar una cita conmigo, cuando mi agenda está llena de conciertos y libros por escribir, ¿no es cierto?

Es tremebunda, pero asumo que no califica como una vieja inculta y entrometida, capaz de autoinvitarse a mi vida. Sí, creo que eso es lo que haré. Ya les contaré cómo me va. Y si no pudiese contárselos, no dejen un balcón abierto, no planten un sauce en el cementerio, no oigan a los pájaros cantar, no vean las flores que heredarán la vida: escuchen el Träumerei de Schumann: ese sería un hermoso homenaje. Sobre todo si se trata de mi propia versión: es la más bella del mundo.

El autor es escritor y pianista.

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