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¿No quiere ser presidente? Yeah right!

Actualizado el 23 de noviembre de 2012 a las 12:00 am

En políticaes más importantelo queno se ve

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Disculpado el anglicismo, debe reconocerse que quizá este no sea el artículo más inteligente que se pueda escribir por estos días, pero, sin duda, sí el más necesario.

Callar hoy, más que nunca, dejó de ser opción. Nuestra convivencia civilizada, por estos tiempos, exige que vayamos alzando la voz. Va siendo momento de que aquellos dejen de figurarnos con cara de tontos y más bien se vayan enterando de que las cosas están cambiando, que ya pasó su momento, ese en que decían cualquier burrada y quedaba impune, hacían cualquier trastada y quedaba impune, “sombrearse” diez años y quedaba impune, tenían un “buen” apellido y todo lo demás quedaba impune. Impune, todo impune.

Por eso al principio simplemente me causó gracia que Figueres dijera que no quiere ser presidente. Cínico, pero gracioso. Siempre ha sido un tipo con sentido del humor, a veces también con amnesia, según recordamos.

Pero después, cuando me detuve un poco, me molestó semejante estulticia. Pensé que, simplemente, no es aceptable que alguien se ausente diez años y después venga a decir, con alas de ángel que según él vienen sopladas por aires de salvador, que no quiere ser presidente. Ello, pese a saber cómo y creerse el mejor para arreglar este desastre del que es corresponsable histórico.

Poco creíble. Vamos a ver: ¿un político de nervio y sangre, es decir, de cuna, un sujeto que es expresidente, líder inesquivable del partido más grande del país y autoproducto de exportación que vive de y para la política, un tipo que tiene el cálculo de aparecer de pronto lloriqueando en televisión nacional porque le hacen falta sus tamales, solo para luego venir y colocar una primera imagen de él, precisamente, comiendo tamales, además con la astucia de desviar la atención inmediatamente después de la tamaleada hacia una supuesta veta académica que nunca le conocimos, fundando una seudoinstancia que viene a vendernos el hospital, después de que él y otros como él nos contagiaron la enfermedad, se da el tupé de decirnos descaradamente que no quiere ser nuestro presidente?

Quede claro, según él, es él el que no quiere, pero nosotros, cual rebaño incauto listo para ser conducido nuevamente al matadero, casi nos morimos por su “guía”.

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Pura casualidad, agrega, que sea el político por el que más costarricenses jamás votarían, según una medición científica que sería anunciada, casualmente también, al día siguiente al que “eligió” para anunciar que él no va, al menos esta vez.

Todo esto me recordó que en política es más importante lo que no se ve. Significa más lo que no se dice que lo que se dice. Por eso es tan peligroso no ponerle atención a la política.

¿No quiere ser presidente? Yeah right!

Los que no queremos más presidentes así, somos nosotros: los que nunca hemos militado en ningún partido político, los que tampoco dependemos de ningún partido político ni esperamos nada de político alguno, ni tenemos cola, ni nos autoexiliamos, mucho menos contamos con el recurso infiel de la doble nacionalidad, el doble discurso, la doble moral y quién sabe cuántas dobleces más. Somos nosotros los que, aunque no tenemos hoy –y desde hace mucho– por quién votar, tenemos claro que no queremos que gente como Figueres sea presidente.

Lo demás es bluff, ironía y no poca tontería. Y esto último es aceptable, pues siempre nos ha parecido un tipo simpático, y esa no deja de ser una gran cualidad. Sin embargo, no tan buena como para autorizarle el insulto de creernos tan tontos. Realmente pensó o le hicieron creer los espalda de bisagra que le rodean, que por volver disfrazado de salvador y santulón, le creeríamos (primera bofetada), solo para luego ofendernos nuevamente diciendo que es él quien no quiere (segunda bofetada), aunque sería el mejor (tercera bofetada). “Mucho con demasiado”, dirían por ahí.

Le bastaba el “no me acuerdo” para inscribirse en los anales de la historia, compartiendo silla con “el menos malo”, las palomas de la paz que con los años mutaron en águilas que paren caracoles y ya no vuelan, sino que viajan en motos BMW, las “consultorías” con cargo a la CCSS, el ICE o el BCIE, y la “firme y honesta” –que por cierto también es un subproducto del figuerismo–.

Pero no bastándole, decidió comprar doble asiento y sumarle a su “no me acuerdo” un ya legendario epitafio que grabaremos en su lápida: “No quiero ser presidente”.

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En Costa Rica, definitivamente, parte del problema ha sido la pérdida de límites. El cinismo es infinito, la mentira tampoco conoce límites, la desverguenza no asalta las conciencias y la tontera ya ni se mide.

Lo peor de todo es que hemos perdido la capacidad de asombro. Ya es “normal” rodar sobre platinas sin reparación, ver puentes caerse por imprevisión, tribunales fallar con desatención, trochas sin contención, crucitas sin sanción, tránsito sin legislación, cárceles con sobrepoblación, sicarios sin compasión y presidenta sin liderazgo ni planificación.

Por eso, este artículo, que, más que un simple escrito, es un rechazo que se erige como defensa cívica contra tanta bofetada.

¡No más, señores! Pónganse serios.

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